Artículo: Fotografías, esos extraños sistemas de navegación

Gracias a Instagram cualquiera se cree Cartier-Bresson, o cualquier otro gran fotógrafo que venga a la mente. Sin saber nada del proceso, los usuarios son artistas del instante. Si no somos asiduos a museos donde exhiban fotografías, es decir, a ser consumidores de arte o estudiosos del tema, no podemos —pese a ello— dejar de notar el embeleso ocasionado por su ejecución cotidiana.La fotografía fascina tanto. Como si no tuviera importancia, como si fuera lo más natural subir a las redes fotos de lo que comen, lo que ven, lo que visten; comprobar que están ahí, aquí, donde sea que estén. Los sitios de interacción virtuales son la prueba máxima de que la fotografía es un medio de “expresión” y de “triunfo”, de revelación de la vida. Existe una relación estrecha entre bienestar y felicidad y la necesidad de darlo a conocer. No se trata de ningún modo de ser verídicos. La verdad es una ficción que se vuelve contra sí misma: creemos tanto en lo que vemos y en lo que otros quieren mostrar que olvidamos cómo se construye desde el inicio esa imagen de bonanza aparente.

Susan Sontag, escritora estadounidense del siglo xx, escribe en su ensayo Sobre la fotografía que las fotografías ofrecen pruebas. Las imágenes están puestas ahí para hacernos volver, reconstruir el pasado, sustituir lo que ya no está. Ya como arte o como medio de observación periodística —testimonio, las fotografías suplantan la mirada—. Vemos con los ojos de alguien más y tenemos que confiar en que eso es verdad. Lo que alcanzamos a percibir. La reconstrucción de la belleza, de eso tratará por mucho tiempo la historia del arte, y de la fotografía. Es mucho después que el interés se posará en lo grotesco, lo real, lo humano, lo vulnerable. Pero, a diferencia del arte, en la vida cotidiana la gente sencilla buscará otra cosa: hacer constar el instante de la satisfacción, hacer saber a conocidos y extraños lo bien que estamos, lo bien que nos va, lo bello que es el segmento de vida retratada.

Tenemos una obsesión por ver. Quizá el sentido con mayor autoestima, antes que tocar, oír, oler, probar, sea el que puede “comprobar”. La fotografía es elemento de prueba judicial, el documento legal. Aun si la imagen se altera, la realidad podría ser otra cosa. Sontag refiere a ese mundo que también limita. La fotografía sustituye el recuerdo. Confiamos tanto en ella que olvidamos la memoria propia.

John Berger toma el ensayo de Sontag como piedra fundacional para sus inquietudes, y a su vez, escribe sobre el tema. Compila veinticinco ensayos en Para entender la fotografía, donde se centra no sólo en la parte teórica o incluso técnica, sino en analizar algunos temas como la vida cotidiana, los usos políticos del fotomontaje y la visión popular de la fotografía. Su texto sobre Cartier-Bresson no es un ensayo, más bien es una entrevista con él: “Nada se pierde, todo lo que uno ha visto se queda para siempre con él…”, luego dice que la fotografía es un impulso espontáneo, resultado de estar “perpetuamente” mirando. Es un libro de una belleza única: su preocupación es dialogar con los objetos aparentemente inertes como las fotografías, inventar historias, contar el proceso de la captura de esas fotos únicas.

Sobre estos seres obsesionados con la búsqueda y el cuidado de la verdad histórica, Guillermo Chao escribe una novela: un sobreidealizado Renato Leduc en París, quien se ve involucrado en una trama donde se perderían las fotografías de Robert Capa sobre la Guerra Civil española. La maleta mexicana hace el recuento del mundo intelectual de los años treinta-cuarenta. Los surrealistas, Remedios Varo, Leonora Carrington, todos aparecen ahí en una historia de migraciones urgentes, y una maleta que viaja con permiso diplomático a través del tiempo. Setenta años después, tres cajas de cartón con las fotografías de Capa serían encontradas en un departamento en la Ciudad de México. Pese a su romanticismo, la novela tiene información muy valiosa. Lo que sabemos de la historia está marcado por lo que se documenta en los archivos múltiples de los medios disponibles.

La fotografía no existe sólo para la reconstrucción de hechos, de datos duros, de recordar ciudades, calles, rostros; sirve también para —a partir de una sola imagen— reconstruir la historia personal. Eso hace Héctor Aguilar Camín en Adiós a los padres, en un íntimo análisis sobre la desintegración familiar. Todo surge por una sola foto: sus padres juntos cuando eran jóvenes. Lo que vendría de esa unión amorosa lo marcaría en su vida adulta. La novela es un intento de construir lo que pasó en esa fotografía. Llenar el hueco de esa información sentimental e intelectual. Una foto como sinécdoque de la vida que tendrían sus padres y que en ese momento fijo de la imagen ellos no alcanzan a sospechar. Es el hijo quien regala a los padres su propia historia. Su deber hacia él mismo es rendirse cuentas. Todo comienza en un origen, parece decir, y para él, ese origen es la fotografía de sus padres sonrientes. Luego, todo se vendría abajo, pero eso no tiene la menor importancia. Susan Sontag dice que la fotografía es un acto de memoria. Sólo por eso conviene verlas; ver, que es leer de otra manera. Leer esa memoria que nos juega el truco de la memoria propia. Las infinitas fotografías personales que inundan la vida diaria demuestran que no quieren olvidar el salmón a la parrilla, el café, la fiesta, el vestido, los zapatos. En esos ridículos gestos repetidos podríamos hallar la memoria que se nos fue.

Por Brenda Ríos.

MasCultura 08-may-16
 

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