Wall Street: La América ambiciosa

Por alguna extraña razón, 2010 fue un año que entregó segundas partes atípicas, no del estilo tradicional de la enorme maquinaria de producción que es Hollywood. Una fue Tron, el legado (separada 28 años de su primera parte), y la otra Wall Street 2, el dinero nunca duerme (separada 23 años de su correspondiente primera mitad). Fue con Wall Street 2 que muchos valoramos primero, el enorme oficio cinematográfico de Oliver Stone, su director, la madurez de su estilo y, después, la enorme joya que representa ese primer Wall Street.

Ubicada en los Estados Unidos de fines de los ochenta, Wall Street se convirtió casi de inmediato en un referente del modo de vivir de entonces, claro, para la gente de entonces y para quienes podemos revisarla ahora. Era el país y el mundo de la especulación y el individualismo, del poder y la avaricia (como fue bautizada la película en México); se trataba del mundo que después en un delirio de cocaína magnificaba de excelente forma Breat Easton Ellis en American Psycho, la novela.

Stone construyó con su personaje Gordon Gekko un arquetipo que preveía no solamente el endiosamiento de ese caracter, sino de lo que a la larga se convirtió en la enorme crisis que aún nos tiene tambaleando. Lo hizo de manera tan efectiva que la segunda parte se hizo presente justo en la segunda mitad de esa crisis, con las bolsas tambaleantes y el efectivo fuera de alcance.

Si estas dos películas las hubiera dirigido alguien sin la visión autocrítica hacia Estados Unidos como la que tiene Oliver Stone; alguien sin el poder visual y la malicia en el guión para hacernos simpatizar con personajes tan violentos; alguien sin la inspiración seca para hacer cine como él, el resultado habría sido un melodrama insoportable. En lugar de eso existe un retrato cruel de la América que muchos quieren olvidar, excepto los Gordon Gekko que aún quedan vivos.

Erick Estrada Director editorial de www.cinegarage.com

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