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Rock de cinco letras

Si la relación entre hoteles y literatura les parece amplia, diversa y llena de interesantes datos, la que se teje entre ‘los cinco letras’ y el universo paralelo del rock raya en lo demencial. La culpa, por supuesto, es de las giras.

Montar a un grupo de rock en cualquier transporte para llevarlo a correr mundo fue, al mismo tiempo, la mejor y la peor idea que se le pudo ocurrir a alguien. Las víctimas, casi siempre, son los hoteles, pero lo cierto es que a lo largo de los años esa relación de amor y odio llenó la historia de la música de un sinfín de anécdotas, a cada cual más estrafalaria.

Tenemos, por ejemplo, aquella historia que uno de los más emblemáticos hoteles del rock presenció: una noche de 1968, en el ascensor del Chelsea Hotel, dos desconocidos se encontraron. Él era un poeta que recién ingresaba al mundo de las canciones e iba en busca de Brigitte Bardot. Ella era una cantante apunto de grabar uno de sus más importantes álbumes y trataba de encontrar a Kris Kristofferson. Cuando bajaron del ascensor, era claro que Leonard Cohen y Janis Joplin pasarían la noche juntos.

Así nos lo contó Cohen en su canción “Chelsea Hotel #2”, tema que junto a “Chelsea Morning”, de Joni Mitchell; “Chelsea Girl”, de Lou Reed y “Third Week in the Chelsea”, de Jefferson Airplane, rinden homenaje a ese cinco letras tan especial para el rock.

Está también la polémica que gira en torno al más gran éxito de The Eagles, “Hotel California”, cuyos detractores ven en ella referencias satánicas y los excesos durante el cumpleaños número veinte de Keith Moon en el Holiday Inn de Flint, Michigan, que incluyeron, cuenta la leyenda, una guerra de pastel entre los invitados, al propio Keith vaciando un extintor por los pasillos, rollos de papel higiénico volando por las ventanas y un automóvil aparcado en el fondo de una piscina. Ahí donde ‘rock’ y ‘hotel’ se crucen en la misma frase, es probable que encontremos historias similares.


¿Existe el “Hotel California”?

En la portada de aquel mítico álbum, Hotel California, figura una foto del Beverly Hills Hotel, mejor conocido como Pink Palace. Para tomar dicha fotografía, David Alexander y John Kosh, se elevaron 18 metros en una grúa. Sólo así fue posible capturar el ocaso sobre los árboles.


Sin embargo, hay dos anécdotas que han pasado a la historia no tanto por su carácter demente, sino por la influencia que, supuestamente, ejercieron en el devenir del rock. La primera de ellas tuvo lugar en el Hotel Delmonico de Nueva York, el 28 de agosto de 1964. Esa noche, el periodista Al Aronowitz concertó una cita donde los Beatles conocerían a Bob Dylan. En aquel entonces, Dylan era la figura más importante del folk y los ‘Fab Four’ aún ocaban con demasiada miel. Durante el encuentro, Dylan ofreció a los ingleses cierta hierba mágica.

Sin gastos por destrucciones que cubrir ni excesos legendarios, los músicos recuerdan aquel encuentro con mucho cariño. Lo curioso es que, luego de aquella noche, las carreras de ambas figuras tomaron un derrotero completamente distinto: los Beatles dejaron atrás su época de rocanroles cursis para grabar el legendario Rubber Soul y Dylan comenzó a explorar la electrificación de sus canciones, cambio que muchos de sus fans consideraron una completa y atroz traición.

La segunda anécdota involucra a dos bandas de leyenda y a dos hoteles suizos. Sucedió en diciembre de 1971. Por aquel entonces, Deep Purple estaba a punto de grabar su sexto álbum de estudio, Machine Head, y decidieron hacerlo en el Casino de Montreaux, donde habían tocado unos meses antes. El Casino estaba a punto de cerrar una temporada de conciertos con Frank Zappa como broche de oro.

Así fue que en una orilla del Lago de Ginebra, Deep Purple reposaba en el Hotel Eden Au Lac mientras que, en otra, Zappa & The Mothers of Invention tocaba en el casino. Cerca del final del concierto de Zappa, alguien del público lanzó una bengala al techo y el casino se incendió. Por fortuna, no hubo víctimas fatales, pero al otro lado del lago, el fuego y la columna de humo se reflejaban sobre el agua ante la mirada atónita de Ian Gillian, voz de Deep Purple.

Así nació una de las más grandes rolas de la historia del rock: “Smoke on the water”. Y aunque al incendio debemos el origen de la canción, lo cierto es que les complicó horriblemente la vida a los miembros de Deep Purple, pues ya no podrían grabar ahí.

Auxiliados por Claude Nobs, el promotor de conciertos del casino, probaron distintas localidades para grabar hasta que dieron con la definitiva: los salones de Grand Hotel. Fue ahí donde, finalmente, dieron vida a Machine Head. Un año más tarde del lanzamiento de este álbum, el sencillo “Smoke on the water” salió a la venta, convirtiéndose en un éxito tal que, hoy día, junto al lago, una escultura rinde homenaje a la emblemática canción.

Este texto fue escrito por Fabián Aranda y publicado originalmente en el número 111 de Revista Lee+. Pueden leerlo en su versión digital dando clic aquí o en su versión física, disponible en todas las Librerías Gandhi del país.

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