POSAR DESNUDA EN LA HABANA, “Todas las mujeres tenemos una Anaïs Nin dentro, unas la aceptan, otras no”

“La mitad de mis alumnas de literatura hubiera querido llamarse Anais; la otra mitad, Clarice”, solía decir un profesor, que a su vez quería parecerse a Henry Miller, aunque –según consenso – lo único que alcanzó a copiarle fue la calvicie.

Sea cierto o no, la figura de la francesa Anaïs Nin parece encontrar eco en otras mujeres, sobre todo en aquellas dedicadas a la escritura. O al menos es lo que ha sostenido la cubana Wendy Guerra en una entrevista: “Todas las mujeres tenemos una Anaïs dentro, unas la aceptan, otras no”. Posar desnuda en La Habana, su novela más reciente, es la puesta en práctica de esa afirmación.

En 1922, Anaïs viaja a La Habana y deja constancia de esa visita en sus páginas personales. Wendy Guerra ha querido recrear la voz de la autora francesa para contar aquello que su diario deja fuera. No sólo las percepciones de una ciudad nueva, de un idioma que suena “como lo haría una cuchara de postre rozando el Baccarat”, sino también las contradicciones que conllevan sus propias raíces en la isla (sus padres, Rosa Culmell y Joaquín Nin, se conocieron en Cuba).

La historia de Anaïs en La Habana es también la historia de sus hombres: los perdidos, los lejanos, los repentinos. Por un lado está el Padre que los abandonó, por quien la chica siente desdén y fascinación; por otro, Hugo, el novio europeo, que ha recibido de su familia la amenaza explícita de romper con Anaïs, si es que quiere conservar su herencia. Y de presencia no menos impactante tenemos por ejemplo a Julián, aquel cubano con cuerpo de semidiós y elegancia de gentleman, que es capaz de meterse en una fuente y salir empapado sólo para pescar una flor que regalar. En el fondo, cada uno de esos hombres y lo que representan le devuelve a la protagonista una imagen de sí misma. “Soy una mujer común con estrafalarias intenciones”, termina por admitir un día.

Lo valioso de estas confesiones es que el lector nunca pierde de vista la relación de la autora francesa con su escritura íntima. Anaïs no olvida en ningún momento las responsabilidades de llevar un diario, de hacer de él un elemento vital: lo llama “amuleto”, “fetiche”, “surtidor”, “mi droga”, “mi vicio secreto”. Se disculpa ante sus páginas por no contarle demasiadas cosas de Cuba. Y fundamentalmente lo ama porque representa su anhelo de hacer literatura (aunque el diario exija –al modo de un dios antiguo- un sacrificio: en este caso, el de renunciar a cualquier atisbo de vida doméstica).

En un pasaje por demás hermoso, la protagonista cuenta que la primera imagen que recuerda de sí misma en un espejo es la de una niña disfrazada de María Antonieta. Nada ajena a representar papeles (de Carlota Corday a Juana de Arco), Anaïs asume que los espejos le han servido para inventarse y reconocerse en cada una de esas invenciones. La escritura personal –la de Anaïs, la de Wendy Guerra o la de este libro que es un poco de cada una- prolonga ese doble propósito.

Nin es una de las diaristas por excelencia que dejó el siglo XX y también una de las más prolíficas: unas 35 mil páginas dan cuenta de su atribulada vida en París, Nueva York o Los Ángeles. Más que la rescritura de un episodio biográfico, más que las sensaciones y opiniones de una artista influyente, más que la descripción de una Cuba de “decoraciones ordinarias y primitivas”, Wendy Guerra ha querido dejar constancia de su Anaïs personal. Es un homenaje, un ajuste de cuentas, pero es en mayor medida el disfraz que ha elegido la también autora de Todos se van para mirarse al espejo.

Por: Eduardo Huchín

Posar desnuda en La Habana de Wendy Guerra en Gandhi.

Imagen 1-2: Portada del libro Posar desnuda en La Habana de Wendy Guerra.

Mascultura 27-Ene-12

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