LUKA Y EL FUEGO DE LA VIDA, de Salman Rushdie: Una historia de tradición épica y videojuegos

Como debes estar enterado, desde finales de los ochenta pesa sobre la cabeza de Salman Rushdie una condena de muerte por haber escrito Los versos satánicos (esa enorme novela, que rebosa más fantasía y menos blasfemia de lo que suponen sus persecutores). Lo interesante del caso es que en medio de ese episodio convulso (donde lo mismo hubo una fatua que bombazos, traductores asesinados y quemas públicas de sus libros), Salman decidiera publicar a continuación una novela para jóvenes, Harún y el mar de las historias, en la que un chico emprende una aventura para devolverle a su padre el don de la fabulación. Precisamente, por ser el primer libro de Rushdie tras su affair, Harún puede leerse como una respuesta en clave alegórica a la intolerancia religiosa (“Al fin de al cabo”, apuntó un crítico del NYT, el héroe de este libro “estaba luchando contra las fuerzas decididas a silenciar la narración de historias”).

Veinte años más tarde, en un mundo no menos peligroso que en tiempos del ayatola, Rushdie vuelve al universo mágico que ya había desarrollado en Harún. Su segunda novela para niños y jóvenes, Luka y el fuego de la vida, recupera el elenco, el tono fantasioso, la mitología de aquel libro, pero enfrenta, me parece que con éxito, la circunstancia de que los jóvenes de ahora ya no son los mismos de los de 1990. Por eso, el autor no sólo acude a la tradición épica para construir su relato sino a los videojuegos, la forma contemporánea que tienen los adolescentes de experimentar una hazaña.

La trama es más o menos la siguiente: Rashid Khalifa, el mejor fabulador de Alifbay, cae de repente en un sueño profundo muy parecido a un coma, del que nada ni nadie consigue despertarlo (Rashid es el típico sujeto al que “le suceden cosas” que alguien tiene que venir a solucionar, como cuando en Harún y el mar de las historias pierde la capacidad de contar cuentos). El hijo menor de Rashid, Luka, descubre que para salvar a su padre debe viajar al Mundo de la Magia y robar el llamado “Fuego de la Vida”, algo que nadie ha logrado antes.

El desafío, aunque mayúsculo, no resulta del todo desconocido para el chico. Luka ha pasado buena parte de su vida rescatando princesas, atravesando realidades paralelas y combatiendo amenazas espaciales, gracias a los juegos de video que lo han entrenado en el arte de la ficción de una manera única. Acompañado de un perro llamado Oso y un oso llamado Perro, Luka ingresa al Mundo de la Magia, una tierra que se muestra a la vez extraña y familiar. Al tiempo que se trata de un mundo creado con las historias de su padre también da la impresión de ser un auténtico videojuego en donde el héroe puede acumular vidas y ascender en niveles de dificultad. Sin embargo, este universo no se reduce a un mero cartucho de Super Mario Bros, salpicado con el ingenio verbal de Rushdie y seres extraídos de mitologías universales y personales diversas. Después de algunas peripecias, Luka comprende pronto la importancia de conducir él mismo los acontecimientos, crear sus propias historias y no sólo limitarse a seguir los caminos fantasiosos ideados por su padre.

De ese modo, parece decirnos nuestro autor, ninguna experiencia de fabulación se salva si los más jóvenes no están dispuestos a actualizarla. “El hombre es el Animal Fabulador”, le explica a Luka uno de los personajes. “Sólo el hombre arde en deseos de leer”.

En conclusión, con esta aventura el señor Rushdie demuestra que no sólo es un tipo realmente feo que sale con modelos, aparece en películas de Bridget Jones y tiene a algunos fundamentalistas pisándole los talones. Es algo más: un imaginativo, diría que indispensable, escritor.

Por Eduardo Huchín

Imagen: Portada del libro Luka y el fuego de la vida de Salman Rushdie.
Mascultura 07-Nov-12

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