El escritor John Katzenbach lee en voz alta el primer capítulo de su novela "El profesor".

Katzenbach visitó México a principios de noviembre de 2010 como parte de su campaña de promoción, y dijo lamentar no hablar español al ver la gran cantidad de lectores que tiene en México., en donde sus libros se venden como pan caliente.

El profesor cuenta cómo Adrian Thomas, un profesor universitario retirado al que le acaban de diagnosticar demencia degenerativa, es testigo del secuestro de la adolescente Jennifer Riggins, lo que lo lleva a emprender la búsqueda de la joven y a postergar su maquinado suicidio. Así, se sumerge en el oscuro mundo de la pornografía ilegal por Internet y se enfrenta a un mundo perverso que pone en juego sus certezas y conocimientos. 

Lee el fragmento en español de la lectura que John Katzenbach hizo del primer capítulo de su libro El profesor.

El Profesor

Capítulo 1

Adrian supo que estaba muerto en cuanto se abrió la puerta. Podía verlo en los ojos —que rápidamente evitaban la mirada—, en los hombros ligeramente encorvados, en el aspecto nervioso y apresurado del médico, mientras atravesaba velozmente la habitación. Las únicas preguntas verdaderas que de inmediato le venían a la mente eran: ¿Cuánto tiempo tenía? ¿Cuán malo iba a ser?

Observaba mientras el neurólogo revisaba los resultados de las pruebas antes de escurrirse detrás de su gran escritorio de roble. El médico se echó hacia atrás en su silla y luego se balanceó hacia adelante, antes de levantar la vista y decir:

—Señor Thomas. Los resultados de las pruebas eliminan la mayoría de los diagnósticos de rutina…

Adrian había esperado esto. Resonancia magnética, Electrocardiograma. Electroencefalograma. Sangre. Orina. Ultrasonido. Escaneo cerebral. Una batería de estudios de las funciones cognitivas. Habían pasado más de nueve meses desde que había notado por primera vez que se estaba olvidando de cosas que eran normalmente fáciles de recordar: una visita a la ferretería en la que se sorprendió a sí mismo ante las estanterías de las bombillas eléctricas sin tener la menor idea de lo que iba a comprar; una vez, en la calle principal del pueblo, cuando se encontró con un compañero de trabajo y al instante olvidó el nombre de aquel hombre que había ocupado la oficina junto a la suya durante más de veinte años. También, un mes atrás, había pasado toda una tarde conversando tranquilamente con su esposa, muerta hace mucho tiempo, en la estancia de la casa que habían compartido desde que se trasladaron a Massachusetts. Ella incluso se había sentado en la silla estilo Reina Ana, su favorita, tapizada y estampada con diseño de cachemira, ubicada cerca de la chimenea.

Cuando pudo reconocer con claridad lo que había pasado, tuvo la sospecha de que nada relacionado con la estructura de su cerebro iba a aparecer en los informes impresos de las computadoras o en una fotografía a color. Sin embargo, había pedido un turno de urgencia con un médico clínico, quien lo mandó de inmediato a un especialista. Respondió pacientemente a todas las preguntas y permitió que lo auscultaran, lo pincharan y le hicieran radiografías.

En aquellos primeros minutos, cuando se dio cuenta de que su esposa muerta había desaparecido de su vista, supo simplemente que se estaba volviendo loco. Una manera desprolija y carente de rigor científico de definir la psicosis o la esquizofrenia. Pero resultaba que no se había sentido loco. Se había sentido realmente muy bien, como si las horas pasadas conversando con alguien que estaba muerto desde hacía tres años fueran algo rutinario.

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