El antiguo camino del rock progresivo mexicano

El antiguo camino del rock progresivo mexicano

17 de septiembre de 2020
Víctor Vallejo

La historia de la música contemporánea en México —para no caer en el consabido nombre de rock nacional— es un constante sube y baja de encuentros y desencuentros. Su trama es el resultado de la importación de un ritmo proveniente de los Estados Unidos al que sus intérpretes y defensores siempre buscan darle una identidad nacional que por momentos halla eco en una generación, en una década, y que de pronto también desaparece. El rock mexicano, con todas sus variantes, siempre resulta ser el extranjero, el incomprendido, el niño terrible que inquieta a la sociedad.

El Festival de Avándaro (1971) está considerado como el momento de ruptura que convierte al rock en algo proscrito, lo cual no le permitió desarrollarse debido a una juventud juzgada y condenada por un gobierno autoritario, represivo y controlador. Los rockeros de entonces fueron lanzados a las periferias de las ciudades, alejando a esta música de las clases privilegiadas, para transformarla en el medio de desfogue de las clases más oprimidas.

Sobre el Festival de Avándaro, José Agustín señaló que “no era un acto de acarreados para echarle porras al gobierno o al MURO (Movimiento Universitario de Renovadora Orientación), sino una impresionante y significativa manifestación de contracultura que, naturalmente, tuvo repercusiones políticas; tan fue así que se le satanizó al instante y el gobierno apretó la represión contra todo tipo de evento rocanrolero”.

En los albores de la década de los ochenta, el rock nacional adquiere cierto atractivo para la clase media. Regresa con sus estrellas e intérpretes extranjeros a programarse en la radio y con un puñado de músicos con visión, mayor preparación académica y artística. Se hace también de costosos equipos musicales, con la intención de modernizar el panorama artístico de un país mayoritariamente joven (70% de la población era menor de treinta años).

Los espacios y presentaciones para esta generación de músicos dejan de ser los terrenos baldíos, las canchas de frontón o los estacionamientos de los barrios populares. Se ocupan museos, foros culturales, teatros y plazas universitarias para las actuaciones y la escucha de otro rock, uno fantasioso, metafórico y menos ligado a la protesta social.

La caricia auditiva de Chac Mool

“Todo era como en el año 10 Conejo”. Así inicia la crónica “1981” de Tiempo transcurrido (Crónicas Imaginarias) de Juan Villoro, un libro en el que recorre desde 1968 hasta 1985, las visiones y fantasías de la juventud mexicana influida por el rock. “1981” cuenta la historia de Güicho, un melómano, adorador del cine de terror, quien busca a toda costa producir e incluir en los sellos disqueros la presencia de rockeros nacionales. Villoro dota de un halo mágico y personalidad especial a Güicho, quien es capaz de crear los elementos necesarios para luchar en contra de la indiferencia de los zares de la entonces avasallante y malinchista industria del disco. Este capítulo está dedicado a José Xavier Navar, amigo de Villoro y también mánager y jefe de prensa de Chac Mool. El cuento tiene un final místico y que viene muy a propósito para contar la historia del grupo y su entonces manejador.

En 1984 apareció el cuarto y último álbum de la banda de rock mexicano Chac Mool, titulado Caricia digital. En la portada se ve una imagen impactante a color, un still de Robert de Niro golpeado y sangrante, una escena que formaba parte de la película Raging Bull (El toro salvaje). Aporte directo y cinematográfico de Pepe Navar, que en mucho ayudaba en la visión de la banda. Este era el primer trabajo de Chac Mool para WEA, un álbum avanado en muchos aspectos —calidad sonora, grabación, concepto de portada y presentación al mercado—, el cual marcó un nuevo camino en el terreno musical.

Las letras de Caricia digital hablan de lo cotidiano, aunque se permitían jugar con las metáforas como en sus primeros discos, y también aparecía una colaboración del célebre compositor tamaulipeco Jaime López, en “Piel de hielo”.

Chac Mool era un milagro en el panorama musical mexicano. A principios de los años ochenta fue una de las primeras bandas firmadas por una disquera internacional, Discos PolyGram. El grupo tenía una fuerte presencia y prestigio en la escena, cuyo trabajo le había permitido llevar a buen puerto tres primeros discos: Nadie en especial, Sueños de Metal y Cintas en directo. Una de sus metas de esa época era hacerse de más escuchas fuera del Distrito Federal. Por ello realizaron conciertos en el interior de la república, que a la larga construyeron una numerosa audiencia.

En Caricia digital Chac Mool estuvo formado por Jorge Reyes en la voz y la guitarra, Carlos Alvarado en los teclados, Armando Suárez en el bajo y Eduardo Medina en la batería.

El rock progresivo fuera de México

El rock progresivo tenía una cuna inglesa y americana surgida a mediados de los sesenta. Sin embargo, la década de los ochenta recibía esta corriente musical con un nuevo rostro. Habían surgido a la par otras agrupaciones de renombre y fama en Alemania, Francia e Italia, que de alguna manera animaron a los mexicanos a adentrarse a esta nueva ola y crear algo original. Sin el auxilio de tanta parafernalia escénica o auxilio tecnológico, se escribía este capítulo en los años ochenta, tiempo en que parece tener más participantes y simpatizantes.

Chac Mool

Álbum de “Decibel”

Álbum de “Al universo”

Álbum de “Nuevo México”

Avándaro

En otros países, grupos leyenda del rock progresivo se adentraban por terrenos menos elaborados y más comerciales. Genesis se reducía a un trío con la voz del baterista Phil Collins, logrando célebres sencillos en la radio. Yes abandonaba las fantásticas portadas de Roger Dean y se abría a panoramas más dentro del pop. Quizás los únicos grupos ocupados en defender la trinchera y cuidar la escuela del progresivo eran Pink Floyd, Jethro Tull, Kansas y Emerson Lake and Palmer, quienes se mantenían firmes, quizá sin el éxito del pasado. Marillion, desde la lejana Buckingham, aparecería en 1985 como la nueva esperanza del progresivo con su disco Misplaced Childhood.

Antes de Chac Mool, Nuevo México, Al Universo y Decibel

Los registros de los coqueteos con el progresivo en México corresponden a bandas que de alguna manera agregaron orquestación o se aventuraron por parajes más allá del blues para incorporar nuevos sonidos, estructuras y arreglos. Además, cantaban en español y hacían a un lado la tendencia de cantar en inglés, propagada sobre todo por otras bandas que buscaban su internacionalización por este medio.

En 1971, Carlos Mata y su Nuevo México firmaron un contrato con Polydor. Ellos eran la primera propuesta musical en el terreno progresivo, con la participación de Jorge Reyes en la guitarra y flauta, así como Armando Suárez en el bajo. Ambos, más tarde, fueron participantes fundamentales de Chac Mool. Carlos Mata y Miguel Suárez completaban el cuadro. Por su parte, Al universo, con un primer trabajo llamado Viajero del espacio (1979), también abría la puerta a la finura y la experimentación, en la que predominaba el uso de teclados y flautas que dieron lugar a la participación conjunta con Carlos Alvarado en los teclados, Reyes y Suárez y el chelista Mauricio Bieletto.

El poeta del ruido (1979) fue el primer trabajo de la banda Decibel. Ellos apostaban por las atmósferas electrónicas y alucinantes, sin voces. Estaban más ocupados en los efectos generados por sus teclados. Esta banda evolucionaría a otros proyectos orientados a las corrientes del punk y el new wave, bajo el nombre de Size.

El noble camino de la independencia

La búsqueda sonora no encontró eco en las casas discográficas. En ese momento existía una buena cantidad de rockeros que no deseaban entrar en el cartabón de la música comercial. Debido a esto, el progresivo halló en la independencia una manera de hacerse escuchar mediante la programación en radiodifusoras públicas, mayormente universitarias, y como se mencionó antes, conciertos y presentaciones en foros culturales.

La naciente década de los ochenta presenta un listado de agrupaciones que, en ciertos casos, iniciarían una larga trayectoria, algunos aún en activo. Tal es el caso de Iconoclasta, con treinta años de antigüedad, High Fidelity Orchestra, Caja de Pandora, Nobilis Factum, Delirium, Nazca, Banda Elástica, Aleación 0.720, Flüght, Manchuria y la lista podría continuar con ejemplos de otras bandas que por momentos coquetearon con sus propuestas o proyectos alternos de los mismos grupos, tanto en la Ciudad de México como en Guadalajara y otras ciudades. Algunas de ellas no dejaron registros sonoros por falta de recursos.

La revancha prehispánica

Si bien es cierto que el progresivo se enfrentaba a las limitantes tecnológicas del tercer mundo, y no podía igualar la sonoridad de otras latitudes, la respuesta consistió en volver la vista a las raíces culturales prehispánicas. Luis Pérez y Jorge Reyes, cada uno por su lado, lo entendieron así y con mucha visión llevaron el camino de lo progresivo y la fusión a lo que llamaron Etno Rock. Una rama en la que el sonar de los secuenciadores y guitarras eléctricas se combinaba con la percusión de los teponaxtles, los flautines y los instrumentos de viento, combinado con el canto y voces en náhuatl. Los conciertos eran un happening, un performance en el que muchas veces se agregaban danzantes, maquillajes, copales y demás elementos que hacían una experiencia mística y musical.

Esto provocó que el rock nacional se abriera a otra dimensión, permitiendo el avance hacia una nueva dirección que iba muy en la ruta de la fusión musical, corriente que empezaba a cobrar fuerza a mediados de los ochenta.

Una postdata desde Mexicali

Hace algún tiempo, durante una charla con el músico y escritor Rafael González (conocido como el Señor González y autor de tres volúmenes llamados 60 años de rock mexicano), reflexionábamos sobre la escucha de la música como un acto subversivo. Ambos coincidimos en que, en los tiempos del streaming, del uso de reproductores de mp3, de plataformas musicales como Spotify y otras, nos han quitado ese antiguo placer que se equipara al de la lectura completa de una novela.

En la época en que la radio se había convertido en la reproducción constante de éxitos, el poner sobre la tornamesa un disco representaba la oportunidad de escuchar, por espacio de casi una hora, lo que era un concepto o una idea en un puñado de canciones concebidas por un grupo. En el progresivo, muchos de sus discos son obras y conceptos redondos apreciados desde su arte, el cual se inicia desde la portada, y culmina con las canciones y la música.

La etiqueta de lo progresivo quedó en el pasado y se convirtió en motivo de nostalgia. Continúan sus seguidores, músicos y algunos proyectos sobreviven. Pero curiosamente, a partir de los noventa, en Baja California, surgió con fuerza la banda Cast, interpretando en un estilo muy particular rock progresivo, lo cual le permitió ser una de las más productivas y reconocidas fuera del país.

En activo y con 17 álbumes, Cast asegura haberse fundado desde 1978, y debe su permanencia y éxito a la propagación del progresivo y a la creación del festival Baja Prog, que duró cerca de 14 emisiones. En ese evento se reunían intérpretes y artistas legendarios del género. Sin ser profetas en su tierra y con sus actuaciones fuera del país, Cast halló un sendero viviente en el antiguo camino del progresivo.

No podemos negar la existencia de un rock progresivo nacional y original, el cual nació a partir de los años setenta y que también escribió su historia gracias a la crítica de intelectuales, que convirtieron esas décadas del rock en “música de culto”. No por nada, y como escribiría Juan Villoro, el milagro del rock nacional depende de un “instante mágico”. Ese “milagro” que, como una estrella fugaz, cruzó el cielo mexicano demasiado rápido como para ser apreciado y valorado por más oídos. Volviéndose una música de nostálgicos y melómanos conocedores. +

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