Cuento Inédito: “Instructivo para encontrarle formas a una nube”

Rogelio extiende el brazo y apaga la alarma del despertador a las siete de la mañana. Abre los ojos y permanece inmóvil, boca arriba. Contempla el techo; para él un manto blanco sobre su cabeza. Ve pequeños puntos negros titilar sobre el yeso. Escucha el barullo que viene de la calle en forma de motores encendidos y voces ininteligibles.

Recuerda que cuando comenzó a perder la vista le dijeron que desarrollaría un oído prodigioso, pero eso no ha sucedido. De todos modos, sus hijas insisten en que, a su edad, remarcan esto último como si fuera un logro llegar a los ochenta y ocho años, debería estar agradecido de que su único padecimiento sea la degeneración macular. Incluso una de ellas, la mayor, le dijo que ya había visto demasiado. Los puntos negros dejan de agitarse y se transforman en manchas que cambian de forma según se les vea. Escucha su respiración y recuerda el resoplido de una máquina a punto de desmoronarse.

Su cuerpo insistiendo en despertar todos los días. 

Rogelio sopesa la posibilidad de no levantarse de la cama. Hace años que no tiene que llegar a ningún lugar y todos los días son réplicas exactas del día anterior. Nadie espera que Rogelio se levante, sin embargo él sigue programando la alarma a las siete de la mañana. Esta vez no se pone los lentes enseguida. En las últimas semanas le ha agarrado gusto a escudriñar las sombras, las figuras nebulosas que envuelven y transforman todas sus pertenencias en otra cosa; el armario en un oso erguido, la lámpara en un hongo gigante, el cuadro de un tren que atraviesa el desierto en una oruga abriéndose paso por el interior de una manzana. Lo de la oruga es nuevo, le causa gracia y lo lleva, por un instante, de regreso a su infancia. Rogelio era de esos niños a los que le gustaba ver las nubes y encontrarles formas durante los días de verano; también era de aquellos a los que les aterraba la vida que adquirían las sombras por las noches. Solía imaginar que lo estaban acechando todo tipo de alimañas. Ahora le parece gracioso. Nadie le dijo que las luces se irían apagando de esa forma. En cuanto al miedo, con la edad aprendió a perderle el temor a las bestias y a ganárselo a las personas. La gente es la que hace la guerra, pone bombas y mata por dinero, piensa. 

Quiere hacerle una pregunta a Ofelia y gira la cabeza hacia su derecha. Se encuentra con un vacío verde y plano, la continuación del edredón de lana que lo ha cobijado por décadas. Recuerda de pronto que ese lado de la cama lleva vacante algún tiempo. A veces olvida que su esposa está muerta, le sucede sobre todo por la mañana. 

Cada vez que abre los ojos tiene que revisitar los últimos eventos de su vida para contextualizarse. Rogelio empieza por lo más obvio, el inventario de las articulaciones que duelen: la espalda, el cuello, la cadera un poco del lado izquierdo. Después se pregunta por el trabajo, por el paradero de sus hijas, eventualmente recuerda el entierro de Ofelia. Evoca el evento. Le pareció excesiva la ceremonia pero a él nadie le preguntó nada. Sus hijas se encargaron de todo porque habían decidido que su padre no tendría cabeza para otra cosa. Parecía como si quienes se estuvieran quedando ciegas fueran ellas, que no notaban que él no había muerto. Fueron a enterrar a su esposa vestida con un trapo que ella detestaba, se lo había regalado su hija menor en un cumpleaños. Ofelia sentía que era exagerado, barroco, llegó a comentar. Por eso lo había refundido en un rincón del armario hasta el día en que se le ocurrió morirse. Hasta el día en que la hija menor concluyó que, de entre todos los vestidos en los que se sentía cómoda su madre, debía llevarse precisamente ése a la tumba.

Todavía no es tiempo de ponerme los lentes, se dice Rogelio y acaricia la almohada de Ofelia, ha perdido el dejo a aceite y avena que ella le impregnaba a todas las cosas. Rogelio no sabe si el olor simplemente se desvaneció o si fue él quien olvidó a qué olía su mujer. La olvida por partes, como si la memoria fuera una película a la que el tiempo le censurara tomas furtivamente hasta borrar escenas enteras. Ha perdido la capacidad de reproducir la voz de Ofelia en su cabeza, no recuerda a qué sabía su sexo y confunde con frecuencia el color exacto de sus ojos. Las manchas negras del techo se escurren hacia las paredes.

Una idea ridícula lo asalta: tal vez dejó de ver los contornos que hay fuera para verse por dentro. Apenas lo considera, ríe. Se siente estúpido. Cree que se está volviendo un viejo sentimentaloide. Decide que es tiempo de levantarse y extiende la misma mano con la que apagó la alarma del despertador hacia el buró. Va en busca de los lentes. Su mano no encuentra nada, palpa la superficie del mueble pero no halla nada. Maldice. Se contextualiza. Repasa las actividades del día anterior. Imposible hacerlo. Todos los días son iguales, todos los días son el mismo. Regresa. A las ocho de la noche cenó pan dulce y un vaso de agua porque se acabó la leche. Después prendió la tele. Vio una película en blanco y negro en el canal que retransmite todas las que estrenaron cuando era joven, cuando en el cine exhibían una o dos cintas, y no lo sobresaturaban de basura como ahora. 

¿Y de los lentes? De eso no recuerda nada. Podría ponerse de pie y abrirse paso entre los muebles y llegar al teléfono. ¿A quién llamarle? Si le habla a la mayor no recibirá más que sermones, sugerencias que suenan a órdenes. La menor se mostrará angustiada pero no tanto como para visitarlo con más frecuencia o hablarle de su vida, del tipo con el que vive o de las drogas que consume. No, Rogelio no necesita una cuidadora y sí, puede limpiarse el culo solo. Le sorprende que lo traten como a un niño. Tan imbécil no podía ser, después de todo, sacó a una familia adelante y se partió el alma trabajando sesenta años. Pero a ellas se les olvida. Olvidan que su padre fue quien les enseñó a lidiar con el mundo. Ni hablar, eso sucede.
Rogelio decide no llamar a nadie. Considera que conoce bien cada detalle de su casa. Se dice que puede hacer su vida como si no pasara nada aunque no pueda verse ni el contorno los dedos a unos centímetros de sus ojos. Al carajo los lentes.
Lo primero es el café. Llega a la cocina con torpeza. Inventario: un esquinazo en la cadera con el comedor y un golpe en el empeine del pie derecho con el filo de la puerta, éste duele como si su extremidad estuviera en llamas. No acierta a presionar el botón de On en la cafetera, ¿es esa la cafetera? Esto no va a modificar mi vida, afirma en voz alta para ganar confianza. Luego, para probarse autosuficiente, saca algo obvio, una olla grande que apesta a todos los caldos que una vez cocinó, la pone a llenarse debajo del grifo. Espera mientras escucha correr el agua. Siente de súbito ganas de orinar. Piensa en el trayecto que ha de recorrer para llegar a su meta: la puerta, el comedor, el sillón, otra puerta. Se asoma al corredor para evaluar la dificultad de la empresa. Sus muebles son trampas, bestias hambrientas y escondidas que se revelan sólo bajo el velo macular de sus ojos. No vale la pena, puede aguantarse, no es un niño.

El empeine le sigue doliendo, baja la vista y atisba una mancha roja que se extiende con densidad por sus calcetines. Localiza los cerillos en el cajón de siempre, prende uno y una imagen lo asalta: mece una luciérnaga entre las manos. Olvida la incandescencia y se quema los dedos. Maldice. Toma otra cerilla, esta vez prende el fuego de la estufa y pone a hervir el agua. Una sensación punzante debajo del estómago le recuerda que tiene que orinar. Pero él puede aguantarse. El agua burbujea, siente las ondas de vapor. Orinar. Rogelio gira la perilla de la estufa. Sabe que no podrá llegar ileso al baño pero no va a mearse en los pantalones. Agarra a tientas un paño para manipular la olla pero no acierta a tomar la agarradera. Da un manotazo desesperado, instintivo, y ve caer el agua humeante sobre su cuerpo. Aturdido, sigue con la mirada aquella sombra que cubre su cuerpo, un dolor abrasador desciende por su estómago, alcanza sus testículos y se escurre entre sus muslos. Antes de desmayarse, Rogelio ve animales en la cocina; una jirafa en miniatura donde estaba una silla y una serpiente plateada en lugar del grifo. Rogelio es de esos ni- ños a los que les gustaba encontrarle forma a las nubes. Por fin está acompañado. Se calma y siente sobre la carne quemada un alivio fétido que moja, aún más, sus pantalones.

 

Paulina Del Collado

Ciudad de México, 1990.

Estudió Lengua y Literaturas Hispánicas en la unam. Ha sido becaria de la Fundación Antonio Gala para Jóvenes Creadores (Córdoba: 2014-2015) y del programa Jóvenes Creadores del Fonca (2015-2016). Su novela El extraño caso de Santi y Ago le valió el XIX Premio de Novela Infantil El barco de Vapor (SM, 2014).

MasCultura 27-nov-2016
 

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