Calle de León: “Madrid se lee andando”

Por la calle de General Pardiñas deambula sin tiempo la sombra de Alfonso Reyes. Dobla la esquina en Ayala y en el cruce con Conde Peñalver parece levitar Martín Luis Guzmán –quizá apresurado por escribir alguna nota sobre México de lejos, México ensangrentado visto desde Europa al filo de una guerra. Vuelve uno la vista, y con la yema del dedo índice, el dron de la lectura amplía la imagen del edificio intacto donde vivía Federico García Lorca en ese triángulo pintado de verde limón donde se cruza Alcalá con Goya. Allí escuchó el estallido de la guerra no de Europa, sino de España y apresuró equivocadamente la idea de que estaría a salvo en Granada, donde lo delataron, encarcelaron y fusilaron sin que aparezca a la fecha. El dedo sigue entonces la raya tenue de un renglón que ha de llevarlo por el Parque de El Retiro donde se ve que pasea entre árboles altos la sombra de Pío Baroja, enfundado en un abrigo y bajo una boina vasca, como si estuviese en un bosque del Norte y no en el corazón de Madrid, parque de sístole y diástole donde una familia anónima improvisa un día de campo sobre un discreto prado para que un abuelo lea en voz alta párrafos del Quijote.

Andando, la lectura cruza el Retiro y decide no entrar por hoy al Museo del Prado. Mejor, subir la cuesta de la calle Huertas por donde campean invisibles los versos de por lo menos tres vecinos ilustres: allí adelante, los sonetos invisibles de Lope de Vega y al cruzar la calle de León, el manco llamado Cervantes discute con Quevedo algo que se dejó escuchar en el mentidero de los artistas, a pocos pasos del convento de las Trinitarias. Más arriba, en la Plaza del Ángel dicen Calderón que camina de tarde en tarde, quizá sabiendo que en el antiguo corral de comedias hoy llamado Teatro Español hay quienes piden autógrafos a Jacinto Benavente sin saber siquiera si ha muerto. El rodeo marea las letras y sin saber rumbo se abre el callejón del Gato donde Max Estrella lleva de la única mano al esperpento en espejo de Ramón María de Valle Inclán. Baja la mirada y pasa la página entonces para llegar a la Puerta del Sol, donde acaba de bajar de la tercera planta de un hostal el joven Jorge Luis Borges, aún con vista y visión, para encontrarse con su maestro Rafael Cansinos Asséns y juntos caminar hasta la Plaza Mayor donde Ernest Hemingway esperaba ver una corrida de toros habiendo huido del Hotel Florida en Gran Vía donde acaba de pelearse a limpio puñetazo verbal con John Dos Passos, ambos recién desempacados de una salida hacia la calle Princesa, allá por Moncloa hasta llegar a la Ciudad Universitaria y atrincherarse con las tropas para dispararle a algún fascista necio que insiste en tomar Madrid.

Princesa en su rara esquina con Rodríguez San Pedro marca las flores de un edificio bombardeado donde vivió Pablo Neruda, a media cuadra de donde Benito Pérez Galdós se fotografió en el balcón con un perro que parece pastor. Sube entonces la cuesta de Meléndez Valdés y en una tarde de suerte te toca ver que vienen en sentido contrario Julio Cortázar y Gabriel García Márquez (que acaba de inventar el cuento de unos niños que navegan en la inundación de luz de un piso sobre Castellana). Vienen del Museo del Escritor donde se resguarda la dentadura intacta de Juan Carlos Onetti, dos sombreros de Adolfo Bioy Casares, la pajarita de Lugones y la estilográfica de Oliverio Girondo. Demasiado museo para quien sigue leyendo la calle que de pronto se suelta en lluvia, como para deletrear esa cosa que siempre sucede en el ayer. Llora entonces Madrid sobre Alberto Aguilera hasta llegar a lo que fuera el Café Comercial cerrado por desidia, habiéndose quedado ya para siempre en una de sus mesas Tomás Segovia y un café solo. Métase entonces la página por el barrio de Malasaña donde no son pocos los dramaturgos que siguen apuntalando el heroísmo de un Dos de Mayo, a la sombra de la mole Telefónica que revela Sol brillante sobre Gran Vía y baja al Metro en el sentido inverso a los versos de Joaquín Sabina para ir desde allí hasta Tirso de Molina y descubrir el párrafo donde abre todos los días el Café Barbieri con música en directo para que sigan hilando en sus cuadernos los poetas anónimos esos versos que quizá no rimen y se vuelvan crónica o párrafo de cuento o simiente de novela, cuando son no más que recuerdo de un recorrido consuetudinario de todo aquel que asuma el placer de vivir en una ciudad que se lee andando

Por Jorge F. Hernández

MasCultura 21-jun-16
 

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