Un trago para Edgar Allan Poe

No sobran las adicciones dentro del mundo de la literatura. Infinidad de personajes dentro del campo cultural tienen sus debilidades. Algunos son los Burroughs que se inyectan el resto de su vida en alguno de sus brazos. Otros son los Kerouac que viven en un constante estado etílico. Nuestro homenajeado de hoy pertenece a este último grupo.

Nació el 19 de enero de 1809 en Boston. A los pocos años de edad quedó a la deriva junto con su hermana. Su padre los abandonó y su madre murió joven, por lo que ambos niños fueron adoptados por familias distintas. El apellido “Allan” lo tomó de su padrastro John Allan, con el que no tuvo una relación tan estrecha.

Ya en la Universidad de Virginia contrajo varias deudas de juego y se incrementaron cuando ingresó a la Academia Militar West Point, en 1830. Ahí dentro pasaba la mayoría del tiempo bebiendo, siempre con el deseo de ser expulsado. En 1831, lo corrieron de la Academia. El alcohol fue la ruta rápida para conseguir que le formaran un consejo de guerra por “incumplimiento flagrante del deber”. Y no solamente lo echaron de ahí, también su padrastro lo amenazó y le dijo que no volviera.

Un compañero universitario de Poe escribió: “su pasión por la bebida era tan poderosa y peculiar como la que tenía por las cartas […]. Se metía en el cuerpo un vaso entero de un solo trago sin pestañear”. Poco antes de morir, desapareció durante cinco días. Cuando lo encontraron estaba frente a una taberna, ebrio y casi inconsciente. Pocos días después falleció por un síncope que sufrió.

El 7 de octubre de 1849 partió uno de los grandes escritores estadounidenses, cuyos cuentos y hazañas siguen sacándonos, a veces, un susto. Hoy, a 165 años de su muerte, recordamos con un trago –y estas breves palabras– a Edgar Allan Poe.

Con información de: “Vidas secretas de grandes escritores” de Robert Schnakenberg.

Mascultura 19-ene-2017

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