100 años de Roald Dahl

Roald Dahl nació en Gales el 13 de septiembre 1916. Fue un cuentista y novelista británico, cuyas obras han trascendido hasta nuestros días y se han consagrada gracias al sinfín de adaptaciones cinematográficas que se han producido.

Antes de iniciar su vocación literaria, Roald renegó de la escuela: prefería el mundo del boxeo que un sistema educativo tan rígido como el que padeció. En 1939 se alistó en la Royal Air Force inglesa para participar en la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo, al siguiente año, se vio obligado a realizar un aterrizaje forzoso y abrupto en el desierto, lo que le ocasionó fracturas en el cráneo y la nariz, además de perder la vista.

Su vocación literaria nace después de su recuperación, una vez que es enviado por Churchill como agregado de la embajada de Washington. Su primer relato fue Los gremlins. Y años después, cuando su carrera ya lo tenía consagrado, escribió algunos guiones de cine y televisión, para regresar de nueva cuenta a la literatura infantil, momento en el que escribiría sus obras maestras como: Charlie y la fábrica de chocolate, El gran gigante bonachón, Las brujas y Matilda.

En 1990, Roald Dahl sufrió las consecuencias finales de la leucemia. Hoy, sin embargo, celebramos 100 años del natalicio de este gran escritor que dejó muchas historias que siguen sorprendiéndonos, como la de Charlie y la fábrica de chocolates, de la que les dejamos un extracto:

—Vaya, vaya, vaya —suspiró el señor Willy Wonka—, hemos perdido a dos niños traviesos. Quedan tres niños buenos. ¡Creo que lo mejor será que salgamos en seguida de esta habitación antes de perder a otro!

—Pero, señor Wonka —dijo ansiosamente Charlie Bucket—. ¿se pondrá bien Víolet Beauregarde o se quedará para siempre convertida en arándano?

—¡La exprimirán sin pérdida de tiempo! —declaró el señor Wonka—. ¡La harán rodar dentro del exprimidor y saldrá de él delgada como un hilo!

—¿Pero seguirá siendo de color azul? —preguntó Charlie. —¡Será de color púrpura! —gritó el señor Wonka—. ¡De un hermoso color púrpura de la cabeza a los pies! ¡Pero qué vamos a hacer! ¡Eso es lo que ocurre cuando se masca un repugnante chicle todo el día!

—Si opina que el chicle es tan repugnante —dijo Mike Tevé—, ¿por qué lo hace usted en su fábrica?
—Me gustaría que hablaras más alto —dijo el señor Wonka—. No oigo una palabra de lo que dices. ¡Vamos! ¡Adelante! ¡Seguidme! ¡Volvemos otra vez a los corredores!

Y diciendo esto, el señor Wonka se dirigió a un extremo de la Sala de invenciones y salió por una pequeña puerta secreta escondida detrás de un montón de tuberías y fogones. Los tres niños restantes, Veruca Salt, Mike Tevé y Charlie Bucket, junto con los cinco adultos que quedaban, salieron tras él.

Charlie Bucket vio que estaba ahora otra vez en uno de aquellos largos corredores pintados de rosa del que salían muchos otros corredores iguales. El señor Wonka corría delante de ellos, torciendo a la derecha y a la izquierda y a la derecha, y el abuelo Joe estaba diciendo: —No te sueltes de mi mano, Charlie. Sería terrible perderse aquí.

El señor Wonka decía: —¡No tenemos tiempo que perder! ¡Jamás llegaremos a ningún sitio al ritmo que llevamos!—y siguió adelante por los interminables corredores rosados, con su chistera negra en casquetada en la cabeza y los faldones de su frac de terciopelo color ciruela volando detrás como una bandera al viento.

Pasaron delante de una puerta en la pared.—¡No tenemos tiempo para entrar! —gritó el señor Wonka— ¡Adelante!

Pasaron delante de otra puerta, y luego de otra, y de otra más. Ahora había puertas cada veinte pasos a lo largo del corredor, y todas tenían algo escrito, y extraños sonidos metálicos se oían detrás de varias de ellas, y deliciosos aromas se filtraban a través de los ojos de sus cerraduras, y a veces, pequeñas corrientes de vapor coloreado salían por las rendijas de debajo.

Charlie y el abuelo Joe debían andar a toda velocidad, casi corriendo, para mantener el paso del señor Wonka, pero pudieron leer lo que decía en algunas de las puertas a medida que pasaban delante de ellas. “ALMOHADAS COMESTIBLES DE MERENGUE”, decía en una de ellas.

—¡Las almohadas de merengue son estupendas!—gritó el señor Wonka al pasar por allí—. ¡Harán furor cuando las envíe a las tiendas! ¡Pero no hay tiempo para entrar! ¡No hay tiempo para entrar!

Agradecemos a Penguin Random House Grupo Editorial y al sello Alfaguara infantil-juvenil por este extracto. @Megustaleermex

Roald Dahl y la fábrica de libros en gandhi.com.mx

MasCultura 13-sep-16

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