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Guerra por la paz (interior)

El narrador de “El poeta de Gaza” de Yishai Sarid quiere escribir una novela. Una novela sobre un comerciante judío de la antigüedad que, tras la destrucción del Templo, viaja a una isla griega en busca de cidras para llevarlas a Israel. Para lograrlo busca la ayuda de Dafna, una mujer madura, autora de un par de libros, uno de ellos célebre y bien recibido por la crítica sobre su infancia en Tel Aviv y otro, sombrío y pretencioso, sobre la relación amorosa entre una joven (¿ella misma?) y un hombre casado.

Sin embargo, el narrador de “El poeta de Gaza” no quiere en realidad escribir una novela. Si busca la ayuda de Dafna es por razones completamente ajenas a la literatura. Dafna tiene un amigo árabe, Hani, un poeta viejo y enfermo (¿el hombre casado de su segundo libro?), varado en Gaza. Hani padece cáncer de páncreas y está en fase terminal, le quedan pocos meses de vida. El narrador, por su parte, se dedica al espionaje. Agente de los servicios de seguridad del Estado de Israel, está acostumbrado a interrogar detenidos, ablandar sospechosos, escuchar conversaciones telefónicas y revisar expedientes con el único objetivo de prevenir ataques terroristas. El narrador busca a Dafna para llegar a Hani y, con él, a su hijo, un reconocido líder árabe, autor intelectual de atentados en los que han muerto niños israelíes. Al mismo tiempo tiene problemas con Sigui, su esposa, porque el trabajo lo absorbe y le impide convivir con su hijo de cuatro años. Dafna también tiene un hijo, Yotam, un joven inteligente, hipersensible y drogadicto amenazado de muerte por Noji Azaria, un narcotraficante local. Así, mientras el agente se vale de Dafna para entrar en contacto con Hani, ésta se vale del agente para arrancar a Yotam de las garras de la mafia.

Con una prosa sobria y directa, mucho más enfocada a describir los estados de ánimo de sus personajes que sus acciones, Yishai Sarid nos ofrece en “El poeta de Gaza” una historia sobre la guerra interior emprendida por un hombre que busca proteger a los suyos de un peligro virtual: los cinturones-bomba que no se ven pero que caminan por las calles de Israel todo el tiempo, los ataques de radicales árabes que terminan con la vida de seres inocentes todos los días. Sin embargo, no se trata de una novela maniquea ni chovinista.
La historia narrada por Sarid podría ser bastante ramplona si su protagonista no sintiera remordimientos al hacer su trabajo, si no pensara, si no tuviera ideas propias, si sólo fuera un producto del autoritarismo israelí. Conciente del rol que le ha tocado jugar en la sociedad, sabe que el bien y el mal anidan de forma indistinta en terroristas y agentes encargados de extraer datos por medio de la intimidación y la tortura. Que todos son, a su manera, soldados, guerreros y, por lo tanto, asesinos que utilizan con eficacia los medios a su alcance: “La razón —le dice a un terapeuta luego de haber presenciado la muerte de un interrogado y golpeado sin razón a un detenido— no tiene lugar en el trabajo de ellos, ni en el nuestro; dos grupos de gorilas apaleándose.
Es como en Odisea 2001 de Kubrik, sólo que nuestros bastones son más perfectos. Utilizamos satélites espías para olfatear el eructo que sale de la boca de un joven de Jenin cuando ha comido humus con habas y cebolla. Acaba haciendo daño a la piel, a los nervios, a la bolsa fétida, a las manos atadas con unas bridas que se clavan en la carne. Para que no tengas necesidad de usarlo, ellos deben tener un miedo mortal de lo que les puedas hacer. Pero no tienen tanto miedo. Han oído hablar de los medios de tortura que tenemos a mano. Por eso, de vez en cuando debemos hacer algo excepcional, brutal, para que el rumor se extienda.”

De este modo, si algo demuestra la novela de Sarid es que detrás de toda calma se encuentra siempre una extrema paranoia y que existen individuos encargados de cargar con ella toda su vida. Individuos capaces de emprender todos los días una guerra sin cuartel en nombre de la paz interior de sus semejantes.

Teniendo como trasfondo el conflicto palestino-israelí, en “El poeta de Gaza” Yishai Sarid reflexiona sobre la tranquilidad artificial de aquellas personas que están acostumbradas a vivir en un perpetuo estado de sitio. Tranquilidad que se refleja no en los discursos vacíos de los políticos sino en la lealtad y el cariño. En efecto, a fuerza de convivir diariamente, de tomarse el tiempo para escucharlo, de verlo morir y pensar, el agente israelí va sintiendo una fuerte amistad por Hani que le obliga a sabotear la misión que le ha sido encomendada por sus superiores. En medio de múltiples guerras —la de Yotam que no logra reconciliarse con la vida, la de Dafna que no puede sacar a su hijo de las drogas, la de Hani contra el cáncer y la del propio agente que termina perdiendo a su familia— quizá sea ese lazo de afecto primordial el único capaz de aniquilar, de una vez por todas, el odio ciego e impersonal que divide y aísla a los pueblos.

Yishai Sarid: “El poeta de Gaza”. Traducción de Roser Lluch i Oms, México, Mondadori, 2013, 202 pp.

Por: Lobsang Castañeda
 

Imagen: Portada del libro “El poeta de Gaza”, de Yishai Sarid.
Mascultura 17-Feb-14

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