DOCE AL PATÍBULO, una docena de anti capitanes américa

Con tanto bombardeo visual sin razón de ser, sustentado todo en efectos visuales vacíos y apantalladores (o vacíos POR apantalladores), se echan mucho de menos las películas en las que los guionistas se tomaban la molestia, mínima pero indispensable, de decirnos cómo ejecutarían los personajes cualquier cosa que se tuviera que hacer.

Un ejemplo. En la actual versión de Capitán América, el héroe recién nacido es comisionado para trabajar en equipo con los británicos, viajar a Alemania y patearle el trasero a Hitler, un trasero que tiene la cara de Jonathan Schmidt (o Red Skull). Pero nunca sabemos cómo lo va a hacer, no nos enteramos en qué momento entran unos y salen otros. Si existe un plan, a nosotros que pagamos el boleto nunca se nos informa del mismo. Es decir, la tensión porque no falle el plan, porque un eslabón se rompa, porque el último clic del reloj no suene, simplemente no surge.

Doce al patíbulo, que es como siempre conocí a Dirty Dozen, es todo lo contrario y desde ese (y muchos otros puntos de vista) es cinematográficamente más completa. Una docena de anti capitanes américa —reos condenados a muerte—son escogidos para llevar a cabo un plan en el que muchos oficiales nazis tienen que morir. Las altas esferas del Nacional Socialismo alemán se reunirán en una enorme casa de campo y estos pobres que no tienen nada que perder, deben entrenarse duramente, viajar hasta allá y deshacerse de cuanto personaje con banda roja y negra en el brazo se encuentren.

Muy simple, muy sencillo, elemental si en términos de drama hablamos. Conforme el entrenamiento se desarrolla se nos desvela el plan a grandes razgos; es cuando los condenados están cerca de su destino que sabemos lo que tienen qué hacer, la coordinación, los peligros, la necesidad de que los errores nunca aparezcan. Es, sí, un plan suicida. Pienso de nuevo en esa otra pequeña maravilla, Bastardos sin gloria de Quentin Tarantino, que tanto le debe a esta y otras películas bélicas.

¿Más elemental?, ¿más sencillo?, ¿más simple? No son soldados profesionales, buscan su redención sin patrioterismos (eso sí, Capitán América 2011 tampoco lo es), su lucha es por ellos mismos y es ahí donde el plan que sonaba muy bien en papel presenta sus fallas. La tensión crece con cada corte en la película y el final es realmente desgarrador. Aparecen los detalles fuera de plan, hay un par de imprevistos, nada podía ser tan fácil como para ser real. Y el ritmo al final, repito, es trepidante.

Por: Erick Estrada www.cinegarage.com

Doce al patíbulo de Robert Aldrich en Gandhi

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