Generación XX: recuerdos para armar

Generación XX: recuerdos para armar

06 de octubre de 2020

Itzel Mar

Esa eres tú, un sábado en la mañana, sentada frente al televisor junto a tu hermano, riendo estruendosamente con los dibujos animados. La vida consiste en una sucesión de arrebatos que culminan casi siempre en el estreno: un disco de vinil, una docena de coloridas pulseras de plástico, la gravitación de algún pronombre, un peinado alborotado o la curiosidad. Son los años ochenta. Esa eres tú, con los pantalones bien ajustados a la cintura y una blusa holgada con hombreras, los labios pintados de rojo brillante y un pañuelo de colores amarrado en la muñeca.

Esa eres tú, llamando a tus amigos desde el teléfono gris de disco que se encuentra en medio de la estancia, bajo la mirada indiscreta de tu madre. Aburrida, sí, en la clase de química, intentando arrastrar los instantes para que suene la chicharra de salida antes de lo esperado y concluya el suplicio. Esa eres tú, desenredando la cinta de un casete de plástico para volver a escuchar esa música que grabaste y te gusta tanto. Ecléctica selección: Queen, Michael Jackson, The Police, Miguel Ríos, Van Halen, Madonna, U2, Mecano, Kiss, George Michael, Bruce Springsteen, Billy Joel, Caifanes, Charly García y Pablo Milanés.

Esa eres tú, no sólo pensando, sino tratando de pensar lo mejor posible para no equivocarte sobre el teclado de la Olivetti STUDIO 46: una vez que la tinta estampa la letra en el papel es casi inútil desdecirse sin dejar un rastro; ese estigma que mancilla el ritmo de las palabras y ofende el impecable blanco de la hoja, a pesar del auxilio del apestoso líquido blanco que intenta maquillar el error, pero termina dejando una plasta que lo señala todavía más.

Esa eres tú, egocéntrica, indecisa, exacerbada, cursi, pueril, rebelde, saludable, musical. Escuchas sobre el asesinato de John Lennon, las tensiones de la Guerra fría entre Estados Unidos y la Unión Soviética, la muerte de Bob Marley, el surgimiento del SIDA, la proliferación del terrorismo en el mundo, la implantación del primer corazón artificial en un humano, el fin de ciertas dictaduras en América Latina, el nacimiento del primer bebé de probeta a partir de un embrión congelado, el hallazgo de los restos del Titanic, la incierta y cuestionable cifra de muertos provocada por el sismo de 1985 (con epicentro en Michoacán), la erupción del Nevado del Ruiz en Colombia, la caída del Muro de Berlín. Esa eres y tu sangre remonta con la misma fuerza tras el paso de la furia y la belleza del mundo.

Treinta años después, esa eres tú, con los recuerdos en las yemas de los dedos. La memoria se funda constantemente a través del tacto. Por eso, de vez en cuando, ordenas meticulosamente esos casetes que no podrás escuchar más por estar destartalados, al igual que los aparatos en extinción donde solías reproducirlos; sin embargo, tener esas cintas en las manos te devuelve la certeza: tu querida música permanece intacta, esperándote. De la misma forma, insistes en conservar la Olivetti para conjurar algún tramo de añoranza al pulsar el teclado que rechina como tus articulaciones.

También te da por resucitar esas fotos despintadas, a las que les inventas rostros y guiños con sólo tocarlas. Esa eres tú, atrapada entre el apresuramiento y la nostalgia, en plena crisis de la mediana edad —porque todo medio tiempo amerita un recuento: ¿qué has logrado?, ¿qué falta?—, con cuarenta años o quizá unos cuantos más… Activa. Quieres conciliar todo: trabajo, pareja, familia, aficiones. Estás envejeciendo pero se te prohíbe verte vieja. Para eso existen los gimnasios, las clases de yoga, las vitaminas y el bótox.

Hay que revertir las estrías que deja el tiempo. Creciste escuchando la afirmación: “Ahora las mujeres pueden lograr lo que desean”. Te repites la frase como si fuera un mantra. Pero tantas posibilidades hacen aún más agotadora la doble jornada impuesta a tu género.

Esa eres tú, ambiciosa y estresada, con los antidepresivos al alcance de la mano y acechada por la menopausia. Las estadísticas dictan que probablemente morirás de problemas cardíacos o de un infarto cerebral. Digna representante de la Generación X (1965-1979), o mejor dicho: XX por aquello del doble cromosoma.

Esa eres tú, devota de la aspiración. Pero la realidad te devuelve el miedo a ser invisible, a que el bienestar sea una necesidad insatisfecha. Esa eres tú, buscando algo que sume sentido a tu existencia. La cercanía de otras mujeres. La empatía. Lees autoras contemporáneas. Escarbas en las palabras. Teoría de la gravedad de Leila Guerriero te encuentra. Y no hay manera de escapar de ti misma en sus páginas, de lo que no sabes que sientes. De eso que olvidaste pero persiste. La autora escribe mirándote a los ojos y el encuentro se vuelve íntimo, de una inquebrantable complicidad. Entonces la escuchas decir: “La casa navegando como un barco hacia el verano. Y yo, en medio de todo, feliz de una manera perfecta y peligrosa. Con la única clase de felicidad que iba a salvarme. Con la clase de felicidad que iba a matarme cuando me faltara”. Esa eres tú. Esa eres yo. +

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