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El fin de la energía nuclear. Por Jeremy Rifkin

Autor de La civilización empática (Paidós, 2010)

Se acabó. La fusión parcial de un reactor de energía nuclear tras el reciente terremoto y tsunami en Japón ha desencadenado un sismo político en todo el mundo. Ya no se hablará de energía nuclear “limpia”, lo que es, a fin de cuentas, un oxímoron. La energía nuclear nunca fue limpia. Los materiales y desechos radiactivos siempre han presentado una amenaza grave para la salud de los seres humanos, las demás criaturas que pueblan este planeta y el medio ambiente.

Debimos haber aprendido la lección hace 30 años, después del accidente en la planta nuclear de Three Mile Island en Pensilvania, Estados Unidos, y poco después, en 1986, con la explosión del reactor de la central nuclear de Chernobyl en Rusia.

En casi todo el mundo dejaron de construirse plantas de energía nuclear en la década de 1980 y empezaron a retirarse del servicio activo las centrales nucleares existentes. Por desgracia, la memoria pública suele ser de muy corta duración. La industria nuclear se ha reinventado en los últimos años: aprovechando el debate sobre el cambio climático para sacar partido de él, hoy se argumenta que es una alternativa “limpia” a los combustibles fósiles porque no emite CO2 y, por tanto, forma parte de la solución para hacer frente al calentamiento global. La realidad es que la energía nuclear constituye menos de 6% de la mezcla energética global. Sin embargo, para tener siquiera un “efecto marginal” en el cambio climático, sería necesario que las centrales nucleares generaran cuando menos 20% de la energía que se consume en el mundo. Esto requeriría sustituir las 443 centrales eléctricas viejas que funcionan en la actualidad y construir otras 1 500 plantas, para un total de casi 2 000 centrales nucleares, a un costo de billones de dólares. Para realizar esta tarea formidable, tendríamos que iniciar la construcción de tres centrales de energía nuclear cada treinta días en los próximos sesenta años: una hazaña que incluso las empresas que producen y venden electricidad en el mundo consideran un sueño imposible. La idea de construir cientos, incluso miles de centrales nucleares en una época en que proliferan los conflictos regionales parece descabellada. Por un lado, a los Estados Unidos, la Unión Europea y buena parte del resto del mundo les asusta la mera posibilidad de que sólo dos países, Irán y Corea del Norte, pudieran apropiarse del uranio enriquecido de sus programas de construcción de centrales de energía nuclear y utilizaran el material para fabricar bombas atómicas. Por el otro lado, los Estados Unidos, el Reino Unido, Francia y otros gobiernos están impacientes por difundir la construcción de centrales de energía nuclear por todo el mundo y colocarlas en todos los rincones del planeta. Esto implicaría el tránsito de uranio y desechos atómicos por todas partes y su acumulación en centros improvisados, a menudo próximos a zonas urbanas demente pobladas. Las preocupaciones relativas a la seguridad se vuelven todavía más controvertidas ante la posibilidad de que la energía nuclear se use para enriquecer uranio y extraer plutonio del combustible atómico residual. La idea que el plutonio caiga en manos de grupos terroristas y países amenazadores hace estremecer aun a los más templados analistas de seguridad. Las centrales nucleares son el objetivo por excelencia de los ataques terroristas. Y luego está la cuestión de la disponibilidad de agua dulce para enfriar los materiales radiactivos contenidos en el núcleo del reactor. Quizá sorprenda al público enterarse de que más de 40% de toda el agua dulce que se consume en Francia cada año se emplea para enfriar reactores nucleares. El agua caliente que se devuelve al medio ambiente deshidrata ríos y lagos, y constituye una amenaza para la viabilidad a largo plazo de los ecosistemas locales. En Japón, el terremoto y el tsunami subsiguiente cerraron las fuentes de agua dulce de la central atómica y obligaron al gobierno a tomar medidas precipitadas para inyectar agua de mar con el fin de tratar de enfriar los reactores. La aplicación de agua salada inutiliza permanente la central nuclear.

Por último, luego de 60 años de energía atómica, e incluso con las mejores técnicas de ingeniería, aún no sabemos cómo transportar y enterrar sin riesgo los desechos nucleares. El gobierno de los Estados Unidos gastó más de ocho mil millones de dólares en el transcurso de 18 años para construir una bóveda de contención a prueba de fallos para depositar desechos radiactivos en la región de Yucca Mountain. Se suponía que la bóveda protegería contra fugas de radiación durante 10 000 años, la vida media de los desechos radiactivos. Por desgracia, el gobierno descubrió que la instalaciones ya tienen fugas, incluso antes de alojar ningún desecho radiactivo. Tengo la sospecha de que, si se realizara una encuesta entre el público mexicano en la que se preguntara si aprobaría la construcción de una central de energía nuclear en su patio trasero, la respuesta sería un contundente “no”. Es tiempo de dejar atrás esta fuente de energía vieja y fallida del siglo XX para avanzar hacia una etapa ecológica de energías renovables distribuidas. La Tercera Revolución Industrial está en puerta. Ahora necesitamos cruzar el umbral y dejar de mirar atrás a una época que ya pasó.
 


Jeremy Rifkin (Denver, EEUU, 1943) es divulgador clave de nuestros tiempos que analiza el impacto económico, ambiental, social y cultural de las nuevas tecnologías en la economía mundial. Es profesor de la Wharton School. Es el creador de la teoría de la Tercera Revolución Industrial, basada en las Tecnologías de la Información.
Fundador y presidente de la Fundación para el estudio de Tendencias Económicas, se licenció en Economía en la Wharton School de la Universidad de Pensilvania y en Asuntos Internacionales en la Fletchen School of Law and Diplomacy de la Tufts University.
Ha ejercido de consejero a distintos gobiernos durante sus presidencias de la Unión Europea en la década pasada: del presidente Nicolás Zarcozy de Francia, de la canciller Alemana Angela Merkel, del Primer ministro José Sócrates de Portugal, del Primer Ministro Janez Jansa de Slovenia, en temas relacionados con economía, cambio climático y seguridad energética.
Actualmente asesora varias Comisiones Europeas y el parlamento Europeo y a otros jefes de estado de la Comunidad Europea incluyendo a la Canciller Angela Merkel de Alemania y al Primer Ministro José Luis Zapatero de España.
Rifkin es el principal arquitecto de la Tercera Revolución Industrial del Plan desarrollo sostenible de largo plazo que analizan el triple reto de la crisis económica global, energía, seguridad y cambio climático.
Escribe columnas de opinión en los principales periódicos de varios países: Los Angeles Times, The Guardian, Die Süddeutsche Zeitung, El Mundo, Clarín…
Ha participado en multitud de foros y conferencias, en más de 200 universidades, en 30 países en los últimos 30 años.
Los bestsellers de Rifkin publicados en Paidós son: El fin del trabajo, El sueño europeo, La era del acceso, La economía del hidrógeno y El siglo de la biotecnología.

En la imagen, Jeremy Rifkin.

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