Cuento Inédito: "Ágata"

Lo primero que Íñigo notó en el anciano que cruzó la puerta de la jefatura fue el color de la bufanda que le cubría la mitad del rostro. Poseía un tono rojo intenso y estaba sucia. En realidad, todo él lucía desaliñado: había rastros de tierra en el restringido espacio de piel comprendido entre la bufanda y el gorro, sus guantes estaban gastados y el abrigo y el portafolio tenían manchas de lodo.

El primer vagabundo de la noche, sentenció Íñigo al instante mientras continuaba balanceándose sobre las patas traseras de la silla de madera. Pensó que tal vez se iría, pero su falta de interés no lo disuadió; el desconocido siguió avanzando con parsimonia, arrastrando los pies en cada paso y restregando los puños continuamente contra la tela del pantalón, como si ese movimiento le confiriera la energía suficiente para mantenerse andando.

—Mi esposa desapareció ayer por la mañana.

Íñigo dejó de mecerse; el peso venció al equilibrio y la silla regresó a su posición natural con un golpe seco. Entornó los ojos y volvió a inspeccionar al individuo frente a él, buscando en su rostro alguna evidencia de la veracidad de sus palabras. No la halló, por supuesto, pero de todas maneras se levantó y le ofreció su silla. El interrogatorio formaba parte del protocolo y, aunque habitualmente uno o dos indigentes inventaban un crimen para tener resguardo durante algunas horas por la noche, descartar una declaración de tal índole, por más dudosa que ésta fuera, resultaba impensable.

El recién llegado no se movió. Íñigo le acercó la silla para alentarlo, pero siguió de pie, con ambas manos apoyadas en el respaldo de madera.

—Permítame ayudarlo.

Al tomarlo del brazo, Íñigo notó que temblaba incontrolablemente debajo del abrigo húmedo. No lo soltó ni lo animó a sentarse. En lugar de eso, empleó la mano libre para apartar la silla del camino y se valió de la otra para soportar el peso del hombre durante el trayecto hacia una de las oficinas, donde el viento helado no podría alcanzarlos.

Una vez ahí, lo ayudó a acomodarse en uno de los dos asientos ubicados frente al escritorio y salió en busca de un par de tazas de café, no sin antes haber indagado su nombre: Lyov Alakev. Los pasillos de la jefatura estaban vacíos. Subió las escaleras que lo separaban de la cafetera y, al llegar, se encontró con Rita, su compañera, preparando una nueva dotación de café. Ella le sonrió, como siempre, y extrajo dos tazas de un estante.

—Tres —corrigió Íñigo—. Un hombre abajo dice que su esposa desapareció. Se está congelando.
La mujer alineó la tercera taza con las otras dos. Un par de minutos después tomó la jarra y vertió el contenido humeante:

—¿Crees que te dijo la verdad o estás haciendo tu buena acción de la noche? Él se encogió de hombros, tomó las bebidas y bajó las escaleras. Rita lo siguió. Al llegar a la oficina, él entró y ella se quedó atrás, apoyada en el marco de la puerta. Sin gorro, bufanda, guantes ni abrigo, Lyov lucía irreconocible. La camisa a cuadros y los pantalones negros, aunque un poco húmedos, estaban íntegros y limpios, y su rostro, a pesar de la tierra, no mostraba señales de haber pasado mucho tiempo sin resguardo. Incluso su cabello, completamente blanco, lucía bien cuidado.

—Lo siento, detective. No suelo presentarme mojado y sucio en lugares tan respetables.
Recibió la taza.

—No se disculpe. Hizo bien en venir.

—Todo esto es mi culpa. Debí de haberla llevado al asilo como me dijo el doctor pero fui muy necio y creí que podía cuidarla yo solo. Con los hijos y los nietos lejos, ella está muy triste y no quise abandonarla en un lugar así.

—No es momento de buscar culpables, señor Alakev. Lo más importante es encontrarla lo antes posible y para eso necesito de su ayuda. ¿Cuál es el nombre de su esposa?

—Ágata Castell.

Íñigo le hizo un gesto a Rita para indicarle que tomara nota del nombre y averiguara lo posible. Ella asintió, cerró la puerta y se fue. El detective la vio alejarse a través del cristal en la parte superior de la puerta. Después volvió a enfocar su atención en Lyov.

—¿Es la primera vez que Ágata desaparece?

—No. Ella está enferma, ¿sabe? A veces sale de casa y no recuerda cómo volver, pero nunca había estado perdida tanto tiempo. La busqué ayer hasta muy tarde y hoy desde que amaneció. Hubiera seguido toda la noche, pero empezó a llover. Íñigo no creyó del todo las palabras del anciano. Su apariencia delataba una fragilidad incompatible con la búsqueda exhaustiva que él describía, incluso cuando su ropa y su actitud reafirmaban sus palabras. En cualquier caso, al menos en un inicio, el investigador estaba más interesado en conocer el contexto que rodeaba a la desaparición de Ágata que en las posibles proezas que Lyov había llevado a cabo para hallarla.

—Necesito que me cuente a detalle lo qué sucedió. Desde el inicio.

Lyov suspiró y cerró los ojos por un momento, como si de esa manera los recuerdos se condensaran en su cabeza y adquirieran coherencia.

—Nos conocimos hace sesenta años.

—No es necesario remontarnos tanto tiempo atrás. Con una o dos semanas es más que suficiente.

Lyov no lo escuchó; repitió la frase y retomó la historia. Íñigo lo interrumpió y le pidió de nuevo que narrara hechos más recientes. Una vez más, Lyov lo ignoró y siguió hablando. Según relató, Ágata y él se conocieron en una cafetería ubicada en la esquina formada por dos calles sin nombre, cuando él tenía veintisiete años y ella, veinticuatro. Aunque el local era pequeño, siempre gozaba de clientela, así que Lyov, recién llegado a ese país extraño y con sus poemas antiguos como único medio de sustento, pasaba ahí sus tardes, vendiendo retazos de papel con sus palabras plasmadas.

Ágata encontró la cafetería un miércoles de lluvia. Llegó poco antes que los truenos y se estableció en la mesa de la esquina, donde un lápiz, una goma y un registro de cifras acompañaron a su expreso doble. En un inicio Lyov no se acercó a ella, por miedo a interrumpirla. Recorrió las demás mesas hasta dos veces, intimidado, y sólo se atrevió a robar el asiento frente a ella cuando no tuvo más opción. Ágata, entonces sin nombre para él, alzó la vista y arqueó una ceja. Él comenzó balbucear una explicación, pero ella lo interrumpió diciendo que en su cabeza no había espacio para nada más que números y que si pretendía mostrarle tonterías sentimentales, lo mejor era que molestara a las personas de otra mesa. Lyov tomó sus escritos, dejó la butaca y se alejó. Se detuvo después de unos cuantos pasos, dio media vuelta y regresó. La miró directamente a los ojos y le dijo que si no podía entender que la literatura era tan infinita como los números, estaba perdida. No durmió esa noche. Aunque no sabía cuándo vería a Ágata de nuevo, planeaba estar preparado para demostrarle su error. Escribió por primera vez en años. Las palabras escaparon de sus venas y se tatuaron en el papel sin que él pudiera contenerlas. De la nada, nació un poema.

Ágata volvió a la cafetería tiempo después. Al divisarla, Lyov caminó directo a ella. Sin ninguna delicadeza, usó ambas manos para abrir camino entre el revoltijo de papeles y colocó el poema que había escrito para ella en el espacio recién creado.

—Números. Números y poesía.

Incapaz de escapar de la mirada inquisidora de Lyov, la mujer tomó la hoja y la alzó con precaución, como si temiera que ésta pudiera morderla. Se obligó a fijar la vista y notó con sorpresa que cada letra había sido sustituida por un dígito, de tal manera que los versos, formados por cifras, podían leerse como cualquier otro texto.

—La literatura es maleable —explicó él—. Puede vivir incluso si se modela en los materiales más extraños. Lo único que intento con todo esto es demostrarte que tu pasión y la mía no son tan distintas después de todo.

Ágata asintió y leyó en silencio. Una. Dos. Tres veces.

—No sé nada de arte. ¿Tú podrías enseñarme?

—El arte no se enseña, se siente.

—¿Puedes ayudarme a sentir?

—Puedo intentarlo.

Se encontraron de nuevo la tarde siguiente y partir de entonces, pasaron incontables horas juntos. Cada día, Lyov llegaba a casa de Ágata al amanecer, la escoltaba al trabajo y volvía más tarde por ella. La tarde transcurría sin prisas y, con el arribó la noche, se despedían. Lyov caminaba de regreso a su hogar y usaba la madrugada para escribir el poema que Ágata leería por la mañana. Así, poco a poco, conforme ella se fue acercando a las letras, menos números hicieron falta y él pudo borrarlos paulatinamente de sus escritos, hasta tener de vuelta todas las letras que creía olvidadas.

—Recuerdo una noche en especial —mencionó Lyov, quien parecía más viejo con cada segundo que pasaba en la comisaría—. La primera que pasamos juntos. No pudimos dormir. Nos quedamos recostados frente a frente, mirándonos a los ojos. “Descríbeme”, me dijo de repente. “Nunca me ha descrito un poeta”. Yo me reí y le expliqué que no conocía ningún idioma lo suficientemente extenso. Ella me besó en la nariz. “Entonces usa muchos”. Le advertí que si lo intentaba, podría tener errores. “Sólo descríbeme”, me respondió.

»Yo la besé en la frente y recorrí su rostro con las puntas de los dedos. Luego apoyé mi palma en su mejilla y clavé mis pupilas en las de ella. “In diesem Moment, während du mich siehst, habe ich endlich das Gefühl, dass ich komplett bin”. No entendió mis palabras así que hice lo posible por traducir fielmente la frase para ella: “En este instante, mientras me miras, finalmente me siento completo”.

»“É como se nunca tivesse sido ninguém, e agora, só por voce aprendo a ser eu mesmo”, continué. Tampoco comprendió del todo. “Es como si no hubiera sido nadie y ahora, sólo por ti, pudiera aprender a ser yo mismo”.

»Ágata me sonrió y me pidió que la siguiente frase estuviera en italiano. Yo cumplí con su capricho: “Ti guardo e mi accorgo che hai i capelli spettinati e le guance accese. Anche se mi impegno non trovo traccia alcuna della notte insonne.” Y fue ella quien, pasados unos segundos, trajo la frase al español: “Te observo. Veo tu cabello revuelto y tus mejillas encendidas pero, por más que busco, no hallo en ti los estragos de la noche en vela”.

Buscó mis labios y no los dejó ir. Entre respiros murmuró la palabra “francés” y yo, sin apartarme, le contesté: “Tu as l’air reposée, alerte, belle”. Supe que, en su cabeza, las palabras habían tomado forma: “Luces descansada, alerta, hermosa”. »Intentó hablar, pero la besé de nuevo y usé la distracción para regalarle un nuevo idioma, holandés: “Je ogen verleiden, de sproetjes op je wangen betoveren, je sleutelbeenderen maken me verliefd, je taille ontwapent me en je enkels maken me gek.” Me miró. La miré. Nos miramos. Luego traduje: “Tus ojos seducen, los lunares en tus mejillas encantan, tus clavículas enamoran, tu cintura desarma y tus tobillos enloquecen.”

»Acaricié su cabello, sus pómulos, sus costillas, su ombligo. “Красота твоя не идеальна – чуть неправильные зубы, чуть неровный нос, на левом ухе я вижу крошечный шрам”. Como era lo esperado, ella no le encontró sentido a las frases y sus ojos me exigieron una explicación. “Te encuentro algunos defectos. Tus dientes son irregulares, tu nariz no es simétrica y hay una cicatriz en tu oreja izquierda”.

»Odió mis palabras. Me golpeó fuerte en el estómago y se giró molesta en la cama. Me dio la espalda. Yo me acerqué con cautela, me apoyé en su hombro y le murmuré al oído: “Ma tutti questi piccoli difetti ti rendono la creatura più meravigliosa del pianeta”. Ella volteó la cabeza para verme y sonrió genuinamente. Conocía esas palabras: “Pero estas pequeñas fallas te hacen la criatura más maravillosa del planeta”.

»“Ты смотришь на меня, и в твоих глазах я вижу отражение всех моих мечтаний”, pronuncié en ruso y repetí en español al instante: “Porque al final, me miras y en tus ojos veo mis sueños”. “Parce que quand je me réfugie dans tes lèvres, une seconde ne se passe pas avant qu’ils me manquent”: “Porque cuando me refugio en tus labios, no pasa ni un segundo antes de que vuelva a extrañarlos”. “Want als mijn hard snel tekeer gaat, is het om te leren om met de jouwe samen te kloppen”: “Porque si mi corazón se acelera, es para aprender a latir a la par del tuyo”.

»Entonces volvió a girar y anidó en mi pecho, con los dedos escalando hacia mis hombros y las piernas entrelazadas con las mías. “Я- твой, и ты- моя. Je suis à toi et tu es à moi. Eu sou teu e voce é minha. Ich bin dein und du bist mein. Sono tuo e tu sei mia. Ik ben van jou en jij bent van mij. Soy tuyo y tú eres mía”.

La historia del anciano prosiguió. Íñigo no intentó detenerlo porque para ese momento ya había entendido que parte de la ayuda que tenía que brindarle al hombre era escucharlo. Lyov narró algunos eventos relevantes y otros completamente insulsos. Le habló de una comida en un restaurante chino donde los dos recibieron la misma suerte en la galleta de la fortuna; le contó de una tarde en la que hornearon el pastel más asqueroso del mundo y se retaron mutuamente a comerlo; le relató una noche en la que él pintó versos completos de Shakespeare sobre la piel de ella.

De cualquier manera, todas esas andanzas no fueron más que el prólogo de la mejor historia del mundo. Se casaron dos años después de haberse conocido. No hubo misa ni festejos llamativos, sólo una recepción modesta en la cafetería que los unió en un inicio. Tuvieron tres niñas: Andrea, Adriana y Alejandra. Ágata siempre creyó que hacía falta un niño pero su vida había peligrado en el último embarazo y ninguno de los dos quería correr el riesgo. En realidad, Lyov nunca creyó que su familia estuviera incompleta. Bien pudieron haber tenido niñas, niños, monstruos o quimeras: en cualquier caso los hubiera amado.

Las niñas crecieron mucho más rápido de lo que Lyov hubiera querido. La primera en dejar la casa fue la menor. Las otras dos la siguieron poco después. Y fueron ellas, sus hijas, quienes cumplieron el deseo de Ágata de tener un niño. Siete nietos, todos varones.

—Los nietos nos hablan seguido, sobre todo los niños de Adriana. Últimamente, desde que Ágata se enfermó, llaman todavía más.

—¿Cuándo comenzó a mostrar síntomas?

—Uno o dos años.

—¿Y cuándo se perdió por primera vez?

—Hace unos seis meses.

—¿Cuántas veces ha sucedido?

—Siete sin contar la de ayer.

—¿Por qué no siguió el consejo del médico de recluirla en algún lugar más seguro?

El señor Alakev se quedó callado por un momento. Abrió con cuidado el portafolio que llevaba con él y extrajo un libro. Con calma fue pasando las hojas amarillentas y rescató de entre ellas varios pedazos de papel.

—Creo que hay algo que no le he dicho —aseguró el hombre—. Algo que explica lo que Ágata verdaderamente significa para mí.

El anciano tomó una hoja y se la mostró al detective. —Mire este escrito. Aquí describí la sonrisa que llenó su rostro cuando le pedí matrimonio. Ahora éste otro—cambió de papel—. Aquí relaté lo bella que lucía cuando me explicó que tendríamos un bebé.
El hombre fue eligiendo más y más escritos. En cada uno de ellos describía a Ágata en distintos momentos de su vida:

Ágata y su encanto en las siestas de verano. Ágata en los desvelos durante su viaje por París. Ágata en las comidas familiares y en la cotidianidad de un paseo por la calle. Ágata y los gestos graciosos que acompañaban sus lecturas. Ágata en cada una de sus pláticas. Ágata jugando con sus hijas y más tarde con sus nietos. Ágata hermosa con el cabello más gris que castaño. Ágata con algunas arrugas en el rostro y en las manos, bellas porque hablaban de la vida en la que se habían acompañado. Ágata decayendo demasiado rápido. Ágata perdida por primera vez. Ágata inocente, esperando a su amado en la cafetería. Ágata incapaz de reconocerlo a ratos. Ágata, su siempre amada Ágata.

—La última descripción que hice de mi esposa no está entre estas hojas viejas, detective. Está aquí, guardada en mi cabeza. Ayer, antes de esfumarse, me pidió que la describiera de nuevo, sin tinta, sin papeles, sin intermediarios. Como la primera vez.

»Yo le tomé la mano y la acerqué poco a poco a mis labios para besar sus nudillos. La amo así, como es, como fue, como siempre será para mí. Se trata de mi musa, de la mujer que le dio vida a mi poesía. ¿Cómo describirla? ¿Cómo expresar todo con un lenguaje que incluso entonces me parecía tan pobre? Acaricié su rostro y besé su frente. "Eres hermosa" le dije. Ella me abrazó y nos quedamos así hasta que nos dormimos. Pasadas las diez de la mañana, sentí como su peso abandonaba la cama. Creí que prepararía el desayuno y volvería por mí en unos minutos. Pero nunca regresó. Se desvaneció, detective. Desapareció.

Un golpe en el cristal de la puerta sorprendió a Íñigo. Él le pidió un momento al señor Alakev y salió. Rita lo esperaba con los brazos cruzados, observando al hombre sentado impaciente frente al escritorio de la oficina. Conociendo a la detective, seguramente ella había esperado el momento en el que Lyov terminara de narrar su historia para llamar a su compañero.

—¿Cómo vas a decírselo? —murmuró ella.

—¿Decirle qué?

—Que Ágata Castell está bien, en casa, con su marido, sus tres hijos y sus siete nietas; que ella recuerda que hace sesenta años, un tal Lyov Alakev intentó venderle un poema en una cafetería, pero niega haber hablado con él desde entonces. ¿Crees que los años finalmente hicieron mella en él? Iñigó negó con la cabeza:

—Su vida entera es un delirio.

Por Lourdes Walls Laguarda (1993). Nació en la Ciudad de México. En 2012 su cuento “Seis balas, tres cerillos y una vela” obtuvo el premio El Mecanismo del Miedo, convocado por Random House Mondadori y en 2013 ganó el II Certamen Internacional de Narrativa Breve del Fondo Internacional de las Artes y Fundación Ureña Rib. El mismo año publicó su primera novela, A la zaga del Tarot, y en 2015, Causa de muerte, una colección de relatos. En la actualidad, estudia la carrera de Médico Cirujano en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM).
 

MasCultura 15-sep-16
 

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