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Acerca de una década prodigiosa que nunca viví

Tengo una relación ambigua con los años sesenta. Crecí en un ambiente jipiteco-comunistoide-liberal de izquierda moderada, donde la sombra del 68 se proyectó siempre sobre nuestro hogar. No viví esa década. Nací en 1972 cuando, aun terminada, sus ecos seguían reverberando por el mundo. Durante mi niñez, México, que siempre llega tarde a todo, se asemejaba más a los cincuenta que a los sesenta.

El denominador común de mi generación fue la lectura de los libros de Rius. Imposible entender los sesenta y sus secuelas sin sus libros maravillosos. Desde La panza es primero, Cómo suicidarse sin maestro, La Revolucioncita Mexicana, así como sus compilados Los Agachados y Los Supermachos, su presencia acuariana iluminó mis primeras lecturas y mi temprana politización. Hoy tengo el privilegio de ser su amigo.

Otra voz anidada en el inconsciente colectivo fue la de José Agustín. Este maestrazo, rockero y macizo, fue quizás una de las primeras voces jóvenes de la literatura mexicana. Sí, sí, ya sé que ahí estaban también Gustavo Sainz y Parménides García Saldaña, pero de todos ellos, los bautizados por Margo Glantz como la literatura de la onda, fue J. A. el que se posicionó en el corazón de los lectores –para usar una frase cursi de mercadotecnia.

No conozco hogar mexicano donde se lea que no tenga una copa de De perfil. La novela escrita por un jovencísimo novelista sobre su despertar a la vida desde un jardín en Narvarte. Hasta ese momento, nuestra Literatura Nacional había crecido de espaldas a la juventud, todo era solemnidad y voces engoladas. No sé si José Agustín fue nuestra primera voz juvenil, el pionero en darle voz a los aún imberbes, pero sin duda sí fue uno de los más amenos.

(Y quizá esa fue su condenación. Los lectores lo siguieron viendo como un eterno chamaco, alguien que escribía novelas juveniles aunque no escribiera novelas juveniles. El hoy septuagenario autor acapulqueño sigue siendo percibido como un escritor de jóvenes, lo cual no es todo preciso.)

Por Bernardo Fernández BEF

Sigue leyendo la columna de BEF aquí.

MasCultura 29-feb-16
 

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