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Cien años de ser suffraggettes

Cien años de ser suffraggettes

04 de noviembre de 2020

Adriana Romero Nieto

El lugar común “Las feministas de hoy ya no son como las de antes” constituye la prueba del oscurantismo que persiste en torno a la historia de este movimiento. A cien años de la victoria de las sufragistas en Estados Unidos −conmemoración por la cual, el pasado agosto, se erigieron las esculturas de Susan B. Anthony, Elizabeth Cady Stanton y Sojourney Truth en Central Park–, dicha frase todavía resuena en las redes sociales y en los medios cada vez que un grupo de mujeres participa en una manifestación, protesta o mitin.

Y es que, a pesar de lo mucho que se habla de esas terribles “feminazis”, poco se sabe de cómo y de dónde surgieron estos entes del horror, estas odia hombres, estas lesbianas bigotudas. Los personajes y eventos que forman una de las luchas sociales más sostenidas y extensas de la historia mundial son casi desconocidos por la mayoría de los críticos de café y sillón.

Por fortuna, la lucha por el derecho al voto de la mujer es precisamente una de las que sí forman parte del imaginario colectivo; ya sea gracias a clásicos como el documental Les Suffragettes, ni paillassons, ni prostituées, de Michèle Dominici, o a versiones más recientes como la película de ficción, Las sufragistas, de Sarah Gavron. Como sea, cuando estas mujeres, en 1848, en una capilla metodista de un pueblecito al oeste de Nueva York, leyeron por primera vez la Declaración de Seneca Falls, marcaron el inicio de la segunda ola feminista y, desde luego, de una revolución mundial.

Como bien lo describe el libro clave y más recomendado para iniciarse en estos temas, Feminismo para principiantes, de Nuria Varela, en el que se traza de forma ágil pero rigurosa la cronología del feminismo, la primera ola −no sin dejar de mencionar la impronta de la poeta y filósofa Christine de Pizan y del sacerdote Poulain de la Barre−, ocurrida durante el Siglo de las Luces, inició con la Declaración de los derechos de la mujer y de la ciudadana de Olimpia de Gouges y la Vindicación de los derechos de la mujer de Mary Wollstonecraft.

Pero fueron las sufragistas anglosajonas, como cuando las norteamericanas, en 1917, rodearon por meses la Casa Blanca y cuando las británicas, miembros de la Women’s Social and Political Union (WSPU), en 1906, protestaron fuera de la Casa de los Comunes, las que literal y simbólicamente hicieron explotar los cimientos del arcaico principio −establecido por el Código Civil Napoleónico, sucesivo a la Revolución francesa− de la inferioridad de la mujer.

Y empleo intencionalmente la metáfora “explotar” para describir las consecuencias de sus actos pues, como se sabe, sus tácticas para llamar la atención pública no fueron siempre pacíficas: en Gran Bretaña, la militante de la Women’s Freedom League (WFL), Muriel Matters, usó un dirigible para lanzar proclamas feministas sobre Londres; Marion Wallace Dunlop grabó en los muros del Parlamento la Declaración de Derechos; Leonora Cohen rompió la vitrina que resguardaba las joyas de la Corona en la Torre de Londres y miembros de la WSPU destruyeron escaparates de tiendas, quemaron casas señoriales, escupieron a políticos, enviaron cartas bomba y bombardearon la Abadía de Westminster.

Por su parte, en Estados Unidos, Alice Paul y el Partido Nacional de las Mujeres organizaron grandes marchas, como aquella de 1913 en la que más de ocho mil mujeres se manifestaron el día de la toma de posesión del presidente Woodrow Wilson, o cuando se encadenaron a las puertas del tribunal de Minneapolis.

La osadía de estas sufragettes, como despectivamente fueron nombradas por el Daily Mail a inicios del XX para diferenciar entre las “buenas” y las “malas” mujeres que reivindicaban el derecho al voto, traspasó fronteras y tiempos. Se convirtieron en un ejemplo internacional de resistencia política. La muerte de Emily W. Davison, tras ser aplastada por el caballo del rey Jorge V de Gran Bretaña cuando intentaba ponerle un cartel sufragista, y el tormento y horror que varias militantes, como lo relata la líder de la WSPU, Emmeline Pankhurst, en su libro My Own Story, vivieron en la cárcel no fue en vano. Es cierto que la mayoría de ellas murió antes de que pudieran ver el cambio por el que luchaban; sin embargo, dejaron la huella para las que les sucedieron y fueron el paradigma de sus coetáneas en todo el mundo.

Las feministas mexicanas

En nuestro país, por ejemplo, Elvia Carrillo Puerto –que estudió a teóricas como a la ya mencionada Wollstonecraft, la francesa Flora Tristán, autora de Feminismo y utopía: unión obrera, y la líder del sufragio femenino norteamericano, Victoria Woodhull– fundó en Yucatán la primera organización de mujeres campesinas en 1912. Posterior a esto, la “Monja Roja”, como también la llamaban, participó en la fundación de las Ligas de Resistencia Feministas, en las que convocaba a las mujeres a organizarse en pro de la lucha por el derecho a la alfabetización, la higiene, el control de la natalidad y, como buena aprendiz de suffragette, el voto. Para Carrillo Puerto era imperativo que el tema del sufragio femenino se debatiera en las cámaras legislativas. Por ello, en 1919, durante el gobierno de Venustiano Carranza, creó la Liga Rita Cetina Gutiérrez.

Por desgracia, sus colegas socialistas masculinos no la tomaron en cuenta. En 1923, durante un corto periodo, Carrillo Puerto fue elegida diputada municipal y puso de nuevo sobre la mesa la discusión en torno al sufragio de las mujeres. Por desgracia, tras la muerte de su hermano perdió el cargo y tuvo que abandonar Yucatán. En el exilio en la Ciudad de México, la “Monja Roja” continuó su lucha con la Liga de Acción Femenil, por medio de la cual envió una carta, firmada por muchas de sus partidarias, a la Cámara de Diputados en la que exigía una reforma al artículo 34 Constitucional para aprobar el voto femenino. Finalmente, en 1953 y a diferencia de varias de sus preceptoras anglosajonas, Carrillo Puerto sí pudo atestiguar cuando el presidente Adolfo Ruiz Cortines presentó la modificación a la Constitución para reconocer a las mujeres como votantes en las elecciones del país.

Suffragettes alrededor del mundo

La sublevación y rebeldía sufragistas también reencarnaron en Moscú aquel febrero del 2012, cuando el colectivo ruso Pussy Riot lanzó un concierto improvisado al grito de “Madre de Dios, ¡Fuera Putin!”, en la Catedral de Cristo Salvador. Y al igual que las mujeres del siglo XIX, Maria Aliójina, Yekaterina Samutsévich y Nadezhda Tolokónnikova fueron encarceladas por “socavar el orden social”. El caso, como se sabe, tuvo una enorme resonancia mediática. Amnistía Internacional y Human Rights Watch calificaron la condena como un golpe a la libertad de expresión en Rusia y un ejemplo de su régimen totalitario. La indignación fue tal que personajes como Yoko Ono y Bianca Jagger, entre otros, escribieron cartas de apoyo -documentos reunidos en Desorden púbico: una plegaria por la libertad de expresión (Editorial Malpaso)- y estas jóvenes se convirtieron en iconos feministas.

Desde el México de inicios del XX hasta el Moscú en el XXI, el ejemplo de las suffragettes palpita. A las feministas todavía se les califica de “feas y solteronas” −o ahora con adjetivos más ampulosos aunque igual de carentes de imaginación− como lo hacía el movimiento antisufragio fundado en 1908 por la novelista Mary Humphrey Ward, se les intenta callar y se les acusa de revoltosas y vándalas.

Las críticas y los medios para amordazar la lucha feminista no han cambiado; por fortuna, el contexto de muchas mujeres alrededor del mundo sí se ha transformado. Cierto, “ya no son las de antes”, las de hoy −de ciertas sociedades democráticas y en el eje superior de la interseccionalidad− tienen derecho al voto, a la educación superior, acceso al trabajo y a sus bienes, entre otros. Sin embargo, las de hoy no olvidan que son las orgullosas nietas de aquellas que hace cien años, en una pequeña capilla, iniciaron la revolución más larga de la historia. +

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