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Una conversación con Guillermo Arriaga

Una conversación con Guillermo Arriaga
12 de mayo de 2020
José Luis Trueba Lara

Me gusta la incorrección política de Guillermo Arriaga. Proclamarse cazador en los tiempos de PETA, Greenpeace y los perrhijos es una acción mucho más que valerosa. Aunque a los defensores de los animales le dé el patatús, él tiene claro que los vínculos entre esta actividad y la literatura son antiguos y, por supuesto, se hacen presentes en sus páginas y sus películas como una marca perenne.

— Seguramente —me dice Guillermo con una certeza que no admite discusiones—, las primeras historias que se contaron fueron las que ocurrieron durante las cacerías. Ellas no solo eran el centro de los rituales que podemos imaginar al mirar las cuevas donde las pinturas rupestres las revelan. Los animales que ahí se representan casi siempre fueron flechados en las rocas antes de que se iniciara su caza. A mí no me cuesta trabajo creer que las palabras de los cazadores que exageraban sus triunfos o minimizaban sus derrotas se contaban alrededor de las hogueras donde se reunía la gente. Ahí, al calor del fuego, nació la primera literatura. Ella era una estrategia para sobrevivir, para encontrar alimentos y ritualizar la naturaleza.

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— No encuentro ninguna razón para oponerme a tus palabras —le digo—, el ritual y la aventura son indispensables en las historias que contamos. Pero ¿qué pasa con tu literatura: sigue vinculada con la cacería?

— Yo cazo con arco y flecha, para lograr una presa tengo que esperar mucho tiempo. Lo que ocurre en esos momentos en nada se parece a las malas películas en las que los animales brotan incesantemente de los matorrales. Jamás le he disparado a lo primero que pasa: yo busco los venados machos con cornamentas desarrolladas, las hembras no pueden ser tocadas por mis flechas. De ellas y de los jóvenes machos depende que la naturaleza siga su curso.

Mientras estoy ahí solo puedo contemplar la naturaleza y descubrir sus signos de belleza y crueldad. La idea de que solo lo natural es hermoso y pacífico es completamente falsa. La muerte es una de sus características: los halcones se alimentan de los conejos y los búhos de las serpientes. Pero la naturaleza no se conforma con mostrarme esto, gracias a ella también puedo adentrarme en la condición humana: en su belleza y su crueldad, en sus bajezas y sus momentos sublimes. Sin estos ingredientes no habría podido crear ninguno de mis libros… ellos son hijos de la naturaleza y la cacería.

— Efectivamente, esto se nota desde Escuadrón guillotina —tu primera novela, que antes tenía un título largo y maravilloso— hasta El salvaje y Salvar el fuego. Es más, en todas ellas el amor siempre tiene un papel brutal…

— Sí, los amores que narro son destructores, brutales, subversivos. Tal vez por eso, en muchas ocasiones los amantes que aparecen en mis libros deben ser castigados. A mí me gustan los amores que cortan, que encienden y hieren.

— El amor es doblemente peligroso –interrumpo con ganas de completar su idea–, no solo desafía a las convenciones, pues abre la posibilidad de que los amantes, en el espacio infinitesimal de una habitación construyan un universo. Ellos se bastan a sí mismos, ellos pueden mandar al diablo el poder, las leyes, a Dios y a la humanidad… y eso merece un castigo. El amor es tan brillante como sacarse un premio. ¿Cómo te sientes después del Premio Alfaguara?

— Con los premios hay que tener cuidado. Son iguales a ser designado el empleado del mes. Durante varias semanas todo parece maravilloso, pero un día te topas con la verdad de las cosas: hay que chingarle, hay que seguirle chingando. Los escritores que se creen ganadores pierden la batalla.

Piénsalo… el verdadero reto de ser escritor es subir la apuesta, intentar cazar una presa más difícil. Si un libro salió bien, el siguiente tiene que ser mejor; si el que sigue ganó un premio, como Salvar el fuego, el próximo debe llegar mucho más lejos.

— Yo estoy convencido que la complejidad de los personajes implica la unión de muchas cosas: la observación del cazador de la que ya hablaste, una apuesta siempre perdida por un conocimiento que trata de asomarse a todos los espacios para tratar de comprenderlo todo y, aunque parezca extraño, un grado en inconsciencia al momento de escribir.

— Cuando yo estaba joven —me responde Guillermo— tenía la idea de que era posible lograr un conocimiento renacentista, que era posible saber de todo y que ese todo se quedaría marcado en lo que escribiría. Por eso estudié Ciencias de la Comunicación, nada había más amplio que eso en la oferta de carreras y, después, por esa misma razón estudié la maestría en Historia. Esa era una manera en la que podría asomarme al mundo como una totalidad. Pero en ahí me ocurrió algo extraño: las rebuscadas teorías me parecían huecas, lo que yo quería era contar historias. Solo algunos de mis profesores –como Elías Trabulse o Edmundo O’Gorman– eran capaces de narrar en las clases, ellos en cierta medida me abrieron el camino que me llevaba a recorrer las historias sin ganas de especializarme en una rama.

El asunto de lo inconsciente también es cierto: el que escribe es el inconsciente. En ese acto la razón y la voluntad pierden su sentido, no funcionan. Los textos tienen una vida propia que se niega a seguir las órdenes de la razón del autor y en ellos aparecen personajes no pensados, lenguas no imaginadas, situaciones que no te habían pasado por la cabeza.

— A mí me sucede algo muy parecido –le comento–. Cuando empiezo a escribir apenas tengo una vaga idea de lo que sucederá, el texto siempre toma su camino y muchos de los personajes nacieron sin que me lo hubiera propuesto. Pero, en tu caso, ¿qué pasa con el cine?

— Creo que en este sentido soy especial: soy incapaz de pensar que el cine y la literatura son actos separados. Cada vez que escribo un guión estoy convencido de que estoy escribiendo literatura y, por eso mismo, mis guiones no son otra cosa más que una literatura que se traducirá en imágenes. Entre ambos existen puentes… mundos que se cruzan.

— Cuando vi Amores perros, por ejemplo, yo sentí que estaba ante una estructura idéntica a la de uno de tus libros que más me gustan: Retorno 201. Es más, me parecía que la mejor literatura estadounidense también estaba en esas imágenes.

— Efectivamente, ese es el punto: los guiones son idénticos a mis novelas, a mis cuentos y, por supuesto, en ellos se nota la influencia de algunos autores que me han marcado, como William Faulkner. A él le debo mi búsqueda, algunos de mis hallazgos de las estructuras narrativas…

— Pero… ¿Y el cine?

— También me marca.

— Te confieso que en algunos momentos de mi lectura no puedo dejar de pensar en El mariachi de Robert Rodríguez.

— Algo de eso es cierto… El mariachi me pegó duro, es más, una vez cacé en el rancho de Joaquín Almeida.

El tiempo de terminar la llamada había llegado. Aunque no lo sé a cabalidad, supongo que Guillermo tenía una larga fila de personas que estaban a nada de entrevistarlo por el Premio Alfaguara. Ser el empleado del mes tiene ese precio y nuestra conversación tenía que terminarse.+

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