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Querétaro petogrado “febrero de 1917”

Febrero de 1917. En Querétaro se reúne el Congreso Constituyente para firmar la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos, tras dos meses de gestación; en Petrogrado, hoy San Petersburgo, explotan las primeras huelgas de la Revolución de 1917, que conducen meses después a la democracia liberal que presiden Gueorgui Lvov y Aleksandr Kérenski, ante la abdicación del zar Nicolás II, y más tarde, en octubre, según el calendario juliano, a la Revolución bolchevique. A pesar de su encadenamiento en procesos históricos distantes, la simultaneidad de ambos hechos invita al cotejo. Ambas revoluciones populares —las pioneras del siglo xx— abren una era de movimientos que llega a su cúspide con la Revolución cubana, y a su ocaso, una década más tarde, con los polvorines de 1968, el encaminamiento hacia la época neoliberal en la siguiente década y el derrumbe de la utopía socialista en los ochenta bajo la perestroika —que coincide con el sexenio de Miguel de la Madrid. Después, el telón: del lado de allá, la caída del Muro de Berlín; del de acá, la presidencia de Carlos Salinas de Gortari.

En este ciclo que he esbozado a grandes rasgos quiero regresar a febrero de 1917 para establecer correspondencias históricas.

Tanto en la Revolución mexicana como en la rusa fue fundamental el problema agrario. Millones de campesinos en situación semifeudal eran explotados ya en el Volga o en Veracruz, ya en Michoacán o en Ucrania. Las condiciones terribles del campesinado mexicano y ruso tenían su contraparte en los inmensos latifundios y, hacia el final del siglo xix, en la inversión extranjera; en el caso ruso, la inversión extranjera fue de la mano con la industrialización acelerada que impulsó el ministro de Hacienda de Nicolás II, Serguéi Witte —su José Yves Limantour—, y que permitió la creación de un proletariado incipiente. Este proletariado jugó un papel importante en las huelgas que se levantaron en la primera década del siglo xx en ambos países.

El campesinado se encontraba en situación deprimida a pesar de las respectivas reformas liberales que se habían llevado a cabo en la década de los sesenta en México y Rusia. En 1861, Alejandro II abolió la esclavitud de los siervos, pero en la práctica la sumisión se mantuvo. Por otra parte, el mismo año concluyeron en México las reformas de 1857 —que estipulaban la separación de Iglesia y Estado—, tras las cuales, con la derrota del imperio de Maximiliano en 1867, se logró que se templaran los conflictos que provenían desde la Revolución de Independencia y se condujo a la pax porfiriana, pero no se resolvieron los problemas económicos de fondo; al contrario con Díaz esos problemas se agudizaron. Tanto Nicolás II como Porfirio Díaz tuvieron mano dura. Las huelgas de febrero de 1917 (y en particular las de 1905) hacen pensar en las de Cananea y Río Blanco debido al tipo de demandas de las clases trabajadoras y, en varios casos, la represión sangrienta.

Se ha acentuado la falta de ideas vigorosas en la Revolución mexicana —con algunas excepciones, naturalmente, como el pensamiento de los hermanos Flores Magón—. Esto resalta más si se compara con la fuerza de las mentes que participaron en la Revolución rusa de 1905 y la de 1917: pensadores que eran herederos de la intelligentsia, el grupo de intelectuales radicales que en Rusia llevaron las ideas revolucionarias hasta el límite. En contraste, la formación del Congreso Constituyente en febrero de 1917 supone la concreción discursiva de algunas de las demandas de los grupos que combatieron desde el inicio de la lucha armada en medio de un caos ideológico. En esa línea, la Carta Magna sentó las bases, al menos en términos de la ley, para una mayor representatividad democrática y para que las demandas de sectores sociales que hasta entonces habían sido ignorados —el campesino y el obrero, sobre todo— jugaran un papel más relevante en la arena política.

A pesar de las diferencias profundas entre el sistema soviético y el mexicano, no es posible dejar de advertir una similitud: ambos países edificaron instituciones estatales que intervenían intensamente en los distintos rubros de la agenda política; en el caso de la Unión Soviética, esa intervención era absoluta. En términos de culto, se ensalzó la lucha de los revolucionarios contra el antiguo régimen y se impulsó, sobre todo en México, el nacionalismo.

Visto desde la perspectiva de la coyuntura histórica, febrero de 1917 significó en nuestro país el impulso de un modelo que rompía con el pasado. En Rusia, ocurrió el viraje hacia un sistema democrático; el desgaste del gobierno provisional y el aumento del poder de los bolcheviques radicalizó con el paso del año la situación política y más tarde provocó la guerra civil, en la que vencieron los bolcheviques. En ambos casos, al nuevo régimen le esperaban más agitaciones y sangre. En ambos casos, también, las últimas semanas del invierno de 1917 fueron un parteaguas, aunque de diferentes dimensiones: con la Constitución de 1917 inició una nueva época para nuestro país; los eventos de 1917 en Rusia, comparados con los de la Revolución francesa, cambiaron radicalmente la historia del mundo. +

Por Rodrigo García Bonillas
sitiadoenmiepidermis@gmail.com

MasCultura  09-may-17

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