El misticismo de la ciencia ficción

El misticismo de la ciencia ficción

07 de enero de 2021

Gilberto Díaz

No conocerás el miedo. El miedo mata a la mente. El miedo es la

pequeña muerte que conduce a la destrucción total. Afrontaré mi

miedo. Permitiré que pase sobre mí y a través de mí. Y cuando haya

pasado, giraré mi ojo interior para escrutar su camino. Allá donde haya

pasado el miedo ya no habrá nada. Sólo estaré yo.

“Letanía contra el miedo”, Dune

Frank Herbert

Se podría decir que en el 2020 se ha celebrado el centenario de la ciencia ficción, debido a que conmemoramos el nacimiento de tres de los más importantes autores del género: Isaac Asimov, quien, en la época de mayor auge de este género literario, nos habló sobre la trascendencia humana a través de la tecnología; de Ray Bradbury, que con su narrativa retrató la condición humana –principalmente en sus Crónicas marcianas– como un elemento innegable que siempre acompaña nuestra evolución; y para completar la trifecta de centenarios, la celebración del nacimiento de Frank Herbert, de quien podría decirse que en su pluma condensó las inquietudes de Asimov y Bradbury, en una obra que ha trascendido silenciosamente pero con un impacto contundente en la cultura popular.

Hablemos de Frank

Frank nació el 8 de octubre de 1920 en Tacoma, Washington, pero radicó gran parte de su juventud en Salem, Oregon, lugar en donde se enrolaría en el trabajo periodístico haciendo distintas funciones, para después participar como fotógrafo en los batallones de construcción en la marina de los Estados Unidos. Pero no sería en el frente en donde encontraría el sentido de su existencia. Tras la guerra, tomó un curso de escritura creativa en la Universidad de Washington, siendo él y su esposa los únicos de la clase en ser publicados, esto lo llevaría de vuelta a la vida del periodismo, en la que llegaría a laborar en hasta cuatro distintas publicaciones.

Frank Herbert en entrevista

Esta vida de periodista lo acercaría a los conocimientos que serían clave para su narrativa. Mientras trabajaba para un diario californiano en Santa Rosa entabló una fuerte amistad con los psicólogos Ralph e Irene Slattery, quienes lo llevarían por el camino del pensamiento de Heidegger, Freud y Jung, así como sus primeras nociones acerca de la meditación y la práctica del budismo Zen.

El mismo Herbert confesaba que había empezado a leer sobre ciencia ficción apenas diez años antes de empezar a escribir sus propias historias, pero es innegable el efecto que ésta tuvo en su escritura. A menudo combinaba su trabajo periodístico con sus relatos, otorgando una voz cada vez más propia a sus crónicas y reportajes; mientras que su trabajo de ficción se volvía mucho más incisivo en la investigación previa, sin perder la simpleza de su lenguaje que poco a poco adquiría un tono entre la poesía y la dialéctica.

Así fue que a principios de los sesenta estaría por escribir la obra que redefiniría la forma de entender la ciencia ficción.

Dune: la vanguardia

Puede decirse que Herbert ya se encontraba en la vanguardia de los que buscaban una manera de elevar su conciencia. Sus artículos periodísticos se concentraban en preocupaciones por el medio ambiente, a menudo trataba con la comunidad científica y procuraba entender y comunicar la importancia de un entorno equilibrado. Paralelamente, se había empleado como redactor de discursos para un político mccartista. En su primera novela, El dragón en el mar, se refleja mucho de esta experiencia: la tensión psicológica de su trama y el escalamiento de los conflictos que llevarían a una crisis mundial de combustible, de alguna manera terminaron por casi predecir con exactitud los eventos que suceden en la actualidad, casi 50 años después de haber sido publicada.

En 1960, tras trabajar en un reportaje acerca de las dunas del estado de Oregon que nunca se concretó, Herbert encontró la fuente de inspiración para canalizar todos sus intereses, esa voz constante búsqueda de significado y trascendencia espiritual. Seis años profundizó en su investigación, en los que se adentró no sólo en el ecosistema árido, sino en la mente; preocupaciones e inquietudes de una humanidad lejana, en un futuro que ha trascendido las

esferas terrenales, para expandirse en una colonización perpetua del Universo y que, sin embargo, mantiene los mismos rasgos de conflicto, ambición y poder entre sus pares.

Dune es una obra que sintetiza todo el aprendizaje de Frank Herbert en cuanto a filosofía, política, religión, ecología y psicología. En la novela se condensa la idea de una humanidad futura que ha logrado romper los límites de la mente y que, al mismo tiempo, mantiene sus dilemas existenciales y el cuestionamiento de su propósito en el Universo. A diferencia de otras novelas de ciencia ficción, en las que la regla son las descripciones exactas de cada situación y evento, Dune es una inmersión en la psicología de los personajes y los pensamientos que desencadenan los conflictos, los cuestionamientos de índole filosófica y la confrontación de ideales políticos en un sistema que se equilibra a sí mismo.

Frank Herbert escribió Dune con un ritmo y musicalidad poética que atrapa al lector desde su lado más inconsciente, porque transmite ideas y emociones con una profundidad que no podrían explicarse con objetividad, y sin embargo se comprenden desde la naturaleza del ser, por que las emociones de Paul Atreides –el protagonista–, con sus dudas, son las mismas que las de cualquier lector.

Lo mismo ocurre con la naturaleza de los conflictos y conspiraciones políticas, pues en Dune hay mucho de las guerras de Corea y Vietnam, la depredación política y económica de los recursos naturales y un ecosistema que se abre paso a sí mismo. Podría decirse que en muchos sentidos, Dune se contrapone a la trilogía de la Fundación de Asimov.

Dune al cine

La ficción de Herbert no consiguió el éxito inmediato y se encontró –como muchas otras obras– a punto de pasar inadvertida por el poco interés de las editoriales, pero aun así logró abrirse paso con su publicación en una editorial enfocada en los manuales de mecánica automotriz, Chilton Book, y ganar el naciente premio Nebula en 1965, así como el premio Hugo en 1966.

El peso de Dune es tal que se le equipara en importancia con El señor de los Anillos. De la misma forma en que la obra de Tolkien ha tenido que recorrer un camino largo y complicado hacia su adaptación en los medios audiovisuales, la obra de Herbert tuvo que pasar por el ambicioso y fallido intento de adaptación por parte del cineasta y psicomago Alejandro Jodorowski, así como el posterior intento, por parte del productor italiano Dino De Laurentiis con Ridley Scott, y la infame versión de 1984, de la que el mismo David Lynch reniega hasta la fecha.

Pero, paradójicamente, a pesar de las dificultades que significaron adaptar la complejidad metafísica y filosófica de Dune, la influencia de la obra de Herbert ha sido contundente en los medios audiovisuales, pues existen un sinfín de referencias en series de televisión  como Star Trek–, animación y videojuegos que se atreven a explorar el universo (interior y exterior) creado por Frank Herbert; incluso el “romance espacial”, por algunos conocido como “ópera espacial”, ha retomado constantemente las ideas y la profundidad existencial y espiritual de Dune.

Dune, la película

La influencia más notoria y evidente de todas, sucede en una galaxia muy, muy lejana, donde un imperio galáctico se encuentra en decadencia y el elegido para traer balance al Universo carga con el peso de una profecía que va más allá de su alcance. Efectivamente, Star Wars no hubiera sido posible sin Frank Herbert, sin su exploración espiritual y sin su conciencia de un equilibrio humano que vaya de la mano con el avance tecnológico y el respeto al entorno natural.

Dune se convirtió en una saga literaria de seis novelas que se ha colocado como una de las más importantes del género y que ha dejado su huella en toda la ciencia ficción escrita desde entonces, convirtiendo nuestra exploración del universo en un necesario viaje al interior de nosotros mismos.+

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