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Si yo hubiera entrevistado a Roberto Bolaño…

Si yo hubiera entrevistado a Roberto Bolaño…
Fabián Aranda

“Ojalá el arcón de Roberto Bolaño nunca se cierre.” Así remata el prólogo que Christopher Domínguez Michael dedicó a El espíritu de la ciencia-ficción, uno de los tantos trabajos de Bolaño publicados de manera póstuma. Tal frase resulta esperanzadora para muchos e irritante para tantos otros. Y es que en los 15 años que hemos caminado sin el escritor chileno –este 15 de julio es la fecha conmemorativa-, no sólo se publicaron las dos obras que Bolaño estaba por concluir —su novela 2666 y la colección de cuentos El gaucho insufrible—, sino que de ese arcón ha brotado una cantidad nada despreciable de textos inéditos, algunos de los cuales eran considerados por el propio autor como trabajos ‘irregulares’.

Para beneplácito de sus fans, porque Bolaño los tiene y son a ultranza, la chistera aún trae conejos, palomas, pañuelitos de colores y vaya usted a saber qué más. Tal ha sido el revuelo causado por la revelación de esas magias que incluso, en 2016, fuimos testigos de diversos jaloneos, recriminaciones y sombrerazos entre editores y personas cercanas al escritor. Pero aquella tormenta no opacó ni tantito la memoria y el talento de quien es considerado el mejor escritor de su generación… y varias anteriores… y varias posteriores.

Como en cada aniversario luctuoso acabado en cero o en cinco, toca dedicarle unas líneas a manera de homenaje, ya sea revisitando su obra, resaltando sus aportes o elogiando aquello de su técnica que consideremos sui generis. Siendo honesto, cualquiera de esas tareas me resulta pavorosa. En parte porque hay quienes ya lo han hecho, y lo seguirán haciendo, de mejor manera de la que yo pudiera ofrecerles, y en parte porque la lectura de Los detectives salvajes (Anagrama), hace algunos años ya, me alejó por un muy buen rato de la lectura y de las ganas de escribir.

Y como ya sabemos que Los detectives salvajes y que Estrella distante y que Llamadas telefónicas y que todo lo demás también… mejor escapo por una tangente no menos interesante: la de Bolaño como entrevistado. Sí, ya sé que en Bolaño por sí mismo podemos darnos una idea de lo singular que resultaba el autor cuando un periodista intentaba aguijonearlo con preguntas de lo más rebuscadas o personales, pero el blanco y negro de los libros, en este caso, oculta algunos detalles que personalmente me hubieran puesto a temblar si me hubiese tocado la fortuna de dialogar con Bolaño.

Para empezar, estaba su mirada. Detrás de los anteojos moraba esa mirada aguda y sobria al mismo tiempo. Ese par de ojos que sin chisporroteo alguno revelaban que Bolaño ya sabía hacia dónde iba una pregunta y qué tan ingenua resultaba. Esa misma mirada que se anclaba a horizontes imaginarios mientras el autor respondía y que, repentinamente, asaltaba a la de su interlocutor con cierto aire de complicidad condescendiente, a medio camino entre el “te he dado más de lo que esperabas” y un “¿me estás siguiendo?”.

No es que Bolaño fuera soberbio o lapidario, como tantos otros autores que utilizan su erudición para machacar a los periodistas, sino que manejaba como pocos aquello que llamamos ‘sentido común’. Lúcido y reflexivo, Bolaño dejaba caer las palabras tan invasiva y parsimoniosamente como el humo de los cigarros que encendía de vez en cuando. Y el periodista de turno, sin que nadie le dijera ‘agua va’, terminaba desnudo frente a una ventana sin saber si estaba viendo o estaba siendo observado.

Bolaño nunca estuvo dispuesto a negociar una respuesta. No era el fulano fácil que tratara de encontrar un punto medio entre las intenciones del otro y sus propias cavilaciones. A menudo respondía con un sí, para después largar un soliloquio mucho más profundo que el que pudiera esperar quien lo entrevistase. A menudo, también, le daba un giro sutil a la pregunta para alejarse de los lugares comunes.

Sumemos otro atributo al Bolaño entrevistado: su pleno dominio de las inquietudes literarias. Antes que nada, Bolaño era un lector monstruoso. Su arsenal de conocimientos no sólo se limitaba a la acumulación de datos y obras, sino también de las vidas de los escritores, de sus búsquedas personales, de su calidad como seres humanos. Y cuando digo escritores se incluyen ahí los clásicos, los medianos, los raros, los mediocres, sus contemporáneos y los que pujaban por ganar un espacio en el quehacer literario. Como si fuesen personajes salidos de su pluma, Bolaño podía ver a través de ellos.

Bolaño entendía como pocos, y esta fue una de sus grandes obsesiones, los entresijos de la vida literaria, de ese “oficio miserable practicado por gente que cree que es un oficio magnífico. El oficio de escribir es un oficio poblado de canallas, eso más o menos todo el mundo lo intuye, pero también poblado de tontos que no se dan cuenta de la fragilidad y de lo efímero que es”. Para cada ‘ideal’ de la vida literaria, Bolaño tenía una respuesta que nos llevaba de vuelta a una mundanidad en ocasiones pasmosa y en ocasiones vulgar.

Pero, sin duda, lo que más me hubiera aterrado de entrevistar a Bolaño es que era dueño de eso que Andrés Calamaro llamó honestidad brutal. Ora con risas, ora con molestia, ora con melancolía, Bolaño soltaba sin pudor reflexiones sobre el entorno, opiniones sobre el trabajo de otros autores y del propio o detalles de su vida personal. Lanzaba revelaciones como que alguna vez tuvo un ‘atraque’ con la hija de Efraín Huerta; que en los días del golpe de Estado, en Chile, él no dejaba de visitar las librerías de Santiago; que robaba libros impunemente en México; que detestaba a Octavio Paz o que Mario Santiago parecía haber bajado de un OVNI hace un par de días. Tenía cosas tan extrañas como meterse en la ducha y seguir leyendo. Se metía en la ducha y sostenía el libro afuera. Y lo peor es que eran mis libros.”

Pasa algo singular en torno a Bolaño: la ruptura que propuso y llevó a cabo fue tan precisa, tan a bisturí, que a mucha gente le parece irritante y sobrevalorado, mientras que otros, cada vez que queremos asombrarnos, abrimos al azar uno de sus libros, seguros de que encon- traremos un dulce azote. O, en palabras de Domínguez Michael:

Habremos de morir quienes fuimos sacudidos por el fenómeno Bolaño para que otras generaciones lo juzguen más allá del temor y del temblor, rectificando o corrigiendo nuestra admiración, limando de ella cuanto sea exagerado o contingente.

Si yo hubiera entrevistado a Roberto Bolaño, lo habría hecho fatal, como muchos lo hicieron, pero aún estaría paladeando cada una de sus palabras, como muchos lo siguen haciendo.


Este texto se publicó originalmente en Revista Lee+ número 110. Disfrútala en la versión digital.

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