Se escribe ajeno

Se escribe ajeno
13 de julio de 2020
José Luis Trueba Lara

La mera verdad es que no tiene mucho caso ocultar nuestros secretos; por más vergüenza que nos den, terminarán por mostrarse en algún momento. En un futuro que tal vez nos alcanzará, alguien tendrá la curiosidad de descubrir los nombres que se agazaparon tras los seudónimos o, en un descuido, podrá indagar en los archivos de las editoriales hasta toparse con los recibos que, bajo el honroso epíteto de “colaboración editorial”, esconden el apelativo del verdadero autor de una obra. Es cierto, muchos libros tienen un creador distinto del que se anuncia en su portada, y los escritores fantasmas —o los negros— que los hurdieron aceptaron esta chamba con tal de ganarse una plata. Escribir ajeno es una de las características de mi gremio y, el que no haya pecado, puede lanzar la primera piedra.

Como todo en la vida, hay de negros a negros. Obviamente no faltan los que tienen sobrada prosapia y a los que no les pesa confesar sus pecados de juventud. La primera obra en conjunto que emprendieron Borges y Bioy Casares era una chamba de este tipo. La familia de Bioy era dueña de una cadena de lecherías que promocionaban “la cuajada de la Martona” y para ello publicarían un folleto de veinte páginas que “tenía cierta apariencia científica”. A cambio de 16 pesos por página, ellos le entraron gustosos a la obra a cuatro manos. Poco tiempo después, Adolfo se consiguió otros dos trabajos de escritor fantasma y, por supuesto, invitó a Borges. Lamentablemente, Jorge Luis rechazó escribir los folletos dedicados a los beneficios que aportaban el huevo y la leche a la alimentación.

Pero la mera verdad es que la gran mayoría de

los negros no son como Borges y Bioy,

pues ellos solo son dueños de un oficio que ponen a disposición de quien quiera comprar sus servicios. Algunos, los más afortunados, tienen la suerte de recibir un sueldo que generalmente corre por cuenta del gobierno en turno. Estos fantasmas son los creadores de los discursos que leerán los políticos que anhelan que sus palabras queden grabadas en letras de oro en el Libro de la Historia (con mayúsculas y toda la cosa) y, debido a este afán de trascender, más de uno de esos personajes ha perpetrado la edición de los papeles que leyó mientras estaba en tal o cual cargo. Sus esfuerzos en favor de la Patria merecen la dignidad de transformarse en un libro que nadie leerá con gusto o, si lo hace, las razones de su actuar solo pueden explicarse por un afán investigativo o una escalofriante parafilia que requiere atención urgente. Vale la pena aclarar que, en ciertas ocasiones —sobre todo cuando el empleador es un mandamás de a deveras— los discurseros deben tener alguna especialidad: el fantasma que es experto en economía y el que sabe de cultura tienen a su cargo las sabias palabras sobre esos temas.

Evidentemente, los fantasmas de los poderosos no son los únicos. Algunos que no tienen la suerte de un sueldo, son los escritores de los libros que firman muchas celebridades. Ellas tienen ganas de darle vuelo a la pluma, pero carecen del tiempo que se necesita para hacerlo; por eso le cuentan a un negro su libro, y él lo escribe de corridito. Otros más son los autores de librines de autoayuda o de esoterismo que pueden llegar a tener muy buena suerte. Un examigo mío —cuyo nombre me voy a guardar— vendió más ejemplares de su obra dedicada a la magia con velas que de todas sus novelas juntas. Y, por supuesto, no faltan los ricachones que no se pueden morir en paz si no han plantado un árbol, tenido un hijo y escrito un libro. Incluso, en varias ocasiones, son capaces de asumir que son unos analfabetos químicamente puros, pero que se les queman las habas con tal de ver su nombre en una portada.

Cuando el negro que aceptó la chamba se reúne con estas personas, la posibilidad de sorprenderse está total y absolutamente anulada. Por regla general, el futuro autor del libro que no escribirá abre la conversación diciendo: “Mi vida es una novela”. Y, de pilón, no se tienta el alma para decirle a su fantasma que le han ocurrido cosas extraordinarias, que ha conocido a gente sin par, y que, para cerrar con broche de oro, bien podría hacerse una película con su vida. Mientras esto ocurre, el negro soporta estoicamente la andanada, pues espera que —al final de la plática— el autor analfabeto firme el cheque que le prometió. Lo que resulta claro es que ese alud de vanalidades nunca da para mucho, pues los hechos del ricachón están muy lejos de ser los de D’Artagnan o de Edmond Dantès.

Todos los que hemos escrito ajeno tenemos historias de lo que nos ha sucedido con nuestros clientes; sin embargo, tengo la impresión de que ellas

se repiten a la menor provocación

y, por supuesto, el fantasma se ve obligado a atestiguarlas en más ocasiones de las que quisiera. Las más frecuentes ocurren el día de la presentación del libro. El autor analfabeto —o la autora analfabeta— llegan al lugar con sus mejores galas y revisan con todo cuidado que la escenografía esté dispuesta. Si es un político, un asunto que reclama su mayor atención es que los muchachos de la prensa hayan llegado y estén listos y dispuestos para cubrirlo de flores; con algunos invitados —como su jefe y otros grillos de buen calado— ocurre casi lo mismo. Alguien tiene que esperarlos en la puerta y acompañarlos al lugar reservado en la primera fila o en la mesa de los presentadores.

Cuando empieza el numerito, el negro —que está sentado en la última fila o que se disfrazó de macetero— no tiene más remedio que asumir que solo pasará lo que tiene que pasar: el autor del libro no leyó lo que supuestamente escribió, y en un arrebato de inspiración se puso a contar una obra que se trataba de lo que mejor le convenía. Si el fantasma ya tiene experiencia en estas labores, la preocupación no lo embarga: los presentadores que están junto al autor tampoco lo leyeron y los periodistas se conformaron con ojear la cuarta de forros. Para acabar pronto: ese libro no fue escrito para ser leído, sino para ser presumido y para que su autor se retrate con él.

Lo más sorprendente ocurre cuando todos los integrantes del presidium terminan de hablar; a todo el público le queda clarísimo que, desde los tiempos de Homero hasta ese momento, ninguna obra había sido tan importante para la literatura, la filosofía, el análisis político o lo que sea. Y, después de que se escucharon los aplausos y el público (que tampoco había leído el libro) hizo sesudísimas preguntas sobre la obra, varios se forman para que el autor se los firme. La razón de esto también es fácil de comprender: ni modo de no comprar las páginas del tío Gumaro, las que creó el jefe en los escasísimos momentos que le deja el trabajo fecundo y creador o las que el líder impoluto pergeñó para pasar a la historia o aspirar a un cargo.

Y, mientras todo esto sucede, el negro abandona el lugar con una sonrisa casi resignada. Él, quizá, leyó la autobiografía de uno de sus pares y comprende a la perfección sus palabras: “Parece evidente que si escribo este tipo de cosas es para ganarme la vida. Mis manuscritos ya no lo son […]. En [mi] literatura ya solo hay un tipo de manuscrito: el del [cliente] firmando un cheque”.+

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