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ANATOMÍA DE LA INFLUENCIA, de Harold Bloom: Un libro para no perder de vista el papel de la crítica

Ya lo sabíamos. Harold Bloom es como uno de esos viejitos que te topas en la fila del súper y no deja de refunfuñar acerca de lo difícil que es encontrar buena fruta en estos tiempos aciagos. Y si le echas un vistazo a tu propia canasta de compras, te darás cuenta de que tiene razón. Bloom puede parecerte abrumador, un señor que va a decirte lo mal que te ves con ese bestséller en la mano, pero, vamos, suena tan convincente y apasionado en su defensa del canon occidental, que un día de estos te sorprenderás a ti mismo diciendo que Shakespeare, ay, no debió de morir, no debió de morir.

Y es este adorable quejoso, quien a los 80 años nos entrega una de esas enormes lecciones de quehacer crítico: Anatomía de la influencia, en donde habla del tema que ha consumido más de la mitad de su vida (la mayoría de nosotros a esa edad, andará dedicado a cosas por las que no habrá que hacer reseñas, se los aseguro).

Este libro trata la forma en cómo opera la influencia literaria, que es la íntima relación de odio y amor de los escritores con quienes los anteceden. Sí, los grandes, se entiende, no tus amigos que se plagian tuits unos a otros. Bloom no se regodea en las ligas menores, busca la presencia de los grandes libros en otros grandes libros, no siempre en forma de admiración sino también en la de alejamiento. Cómo Shakespeare se separa de Marlowe, cómo Milton se aparta de Shakespeare, cómo los autores del Alto Romanticismo tuvieron que desarrollar una relación de su poesía entre Shakespeare y Milton. En fin, cómo Joyce logra apropiarse absolutamente de ambos. Y de este lado del Atlántico, la figura enorme de Whitman como una respuesta a Shakespeare y a la vieja Europa. Hay una batalla continua entre los autores y sus experiencias como lectores. A Bloom le interesan esas luchas y esas treguas en su intento por entender la anatomía de un fenómeno que, como el amor, suele manifestarse en un amplio espectro (de hecho, la definición que nuestro crítico proporciona de la influencia es la de “amor literario, atenuado por la defensa*”).

Bloom es de los que no temen a las palabras mayores, es decir, a aquellos conceptos que pocos usan a fin de evitar los problemas: lo “sublime” o el “canon”, por poner dos de sus ejemplos más representativos. El canon, como sabemos, es la Sala VIP de la Literatura, a donde casi nadie puede entrar y por ello, nunca faltan miles de escritores alentando la destrucción de cualquier cosa que dé la impresión de ser un “canon”. Bloom está consciente de que la experiencia de lo sublime (y el ensanchamiento de la conciencia a través del arte) no puede provenir de cualquier libro y por eso se centra en listar los nombres que sí importan. De ese modo, Anatomía de la influencia rastrea la lucha que existe en el estante más alto de las letras universales: “El triunfo sin precedentes de Shakespeare sobre Marlowe; la humillante derrota de Milton por parte de Hamlet; el misterioso poder de Lucrecio, un escéptico epicúreo, sobre generaciones de poetas fieles e infieles por igual […]; el impacto todavía escasamente acreditado de Whitman en dos estadounidenses anglófilos: Henry James y TS Eliot; la milagrosa apropiación que hace Giacomo Leopardi de Dante y Petrarca”… y mejor ahí le paramos.

Recurriendo a una nómina impresionante, Bloom nos entrega un libro para no perder de vista el papel de la crítica (“leer, releer, describir, evaluar, apreciar”) y al mismo tiempo revelarnos a qué sabe toda una vida dedicada a la gran literatura.

*Defensa es el arsenal de cosas que haces cuando te enamoras perdidamente y con el tiempo desarrollas formas de no entregarte del todo.

Por Eduardo Huchín

Imagen 1: Harold Bloom autor de Anatomía de la influencia.
Imagen 2: Portada del libro Anatomía de la influencia de Harold Bloom.
Mascultura 30-Abril-12

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