La vida después de… “El nombre de la rosa”

La vida después de… “El nombre de la rosa”

05 de enero 2021

Rodrigo Coronel

Los libros cambian vidas y sociedades. Operan en el delicado equilibrio de los destinos. “La vida después de…” no es una columna cualquiera, o mejor sería decir que no sólo es una columna: es una columna-homenaje, breve como se verá, a aquellos libros que trastornaron su entorno.

Comenzamos.

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Cada cierto tiempo Umberto Eco vuelve a morir. Su habitual resurrección viene acompañada con algunas de las muchas declaraciones que dio en vida; aunque no falten, como en toda aparición espectral, afirmaciones que harían palidecer a Eco por su franca torpeza o, de plano, estupidez. A él, por cierto, que tanto bregó contra la tontería, que se le achaquen semejantes traspiés sólo podría ser obra de un humor siniestro, casi como el que tuvo en vida… Pero al margen de las Fake News sobre sus más recientes muertes, los deudos de su legado ―sus lectores― lo reviven a cada tanto, tal vez sólo para recordar que un día, hace muchos años, escribió El nombre de la rosa.

Pocas veces, pero muy pocas veces, el entusiasmo de la crítica especializada coincide con el de los lectores que llamamos, seguramente de forma injusta, de “a pie”. El nombre de la rosa lo hizo posible. Ambientada en el tremebundo siglo XIV, la novela toca con maestría ciertas cuerdas sensibles a los amantes de la literatura. Con guiños a clásicos como Arthur Conan Doyle, Jorge Luis Borges o Guillermo de Ockham, el libro de Eco reivindica el papel de la novela como un mundo sobre sí mismo; y en este particular caso, ese mundo contiene otros muchos mundos.

¿Novela negra?, ¿novela histórica?, ¿ambas cosas? Difícil afirmarlo con seguridad. Como potencial clásico, cualquier etiqueta le queda pequeña. La premisa parece sencilla: una serie de asesinatos ha perturbado la aparente paz de una abadía lejana. Fray Guillermo de Baskerville ―si el nombre le recordó a un personaje de pipa y capa, acertó― es el encargado de resolver el misterio junto con Adso de Melk, su disícipulo. Esos son los ingredientes principales de una historia llena de trampas, libros malditos, disputas palaciegas, reflexiones escolásticas y una cierta racionalidad “sherlockholmisiana”.

Muchos escritores y escritoras se han ido. Pero pocos regresan de sus tumbas. Eco pertenece a ese reducidísimo club. Quizá es que todos esperamos otro libro igual, uno tan excepcional que hasta su película fue un éxito. Amén. +

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