La comedia como terapia feminista

La comedia como terapia feminista
10 de agosto de 2020
Julieta Lomelí

Hay dos maneras de ver las tragedias de la vida, la primera es hundiéndose en el profundo mar de la tristeza, naufragando en la tormenta de la autocompasión, y la segunda es tomando distancia frente a esos sucesos negativos y difíciles por los cuales atravesamos. Viendo la tempestad como el marinero sabio, con prudencia y lejanía, e incluso, haciendo de esos “atolladeros” emocionales posibles objetos de comedia. Sé que esta última sugerencia terapéutica, la de afrontar los dramas existenciales con humor, es muy difícil de llevar a la práctica, sobre todo cuando estamos ahí inmersos, en el intento desesperado de salvar el navío. Pero si lo pensamos bien, con una mejor conciencia, ¿no serviría de nada que, en el momento de mayor sufrimiento emocional, haciendo un ejercicio de ligereza, nos proyectemos al futuro riéndonos de nosotros mismos por haber tomado el papel de víctima, del desventurado o la desventurada. ¿No sería menos deprimente que, por ejemplo, tras un desamor, nos miremos a la distancia como esos seres exagerados que estaban a punto de ahogarse en un vaso de agua?

Los infortunios del joven Werther, una de las novelas más emblemáticas de la historia de la literatura alrededor del desamor, del entonces cándido Goethe, nació de ese ejercicio trágico-cómico de un escritor que, antes de naufragar, prefirió sublimar el dolor por medio de la escritura de su obra. Goethe, de espíritu romántico y afanoso de los imposibles, estaba profundamente enamorado de una mujer aristócrata de diecinueve años, quien respetando la tradición de la época se comprometió con un hombre mayor, que sí gozaba de poder adquisitivo y posición social, cosas con las que él entonces escritor alemán no contaba.

La desesperación del autor por la indecisión de su musa —quien parece que sí sentía algo más que amistad por él pero estaba convencida de que en términos materiales no le convenía— tras verla casarse con otro, escribió en un breve tiempo la novela que lo ayudó a salvarse de la tempestad interior, dejándonos espléndidas páginas de un Werther que no es tan trágico como la historia personal de Goethe, sino más bien un Werther melodramático. Recordemos que el melodrama tiende a exacerbar las emociones, volviéndolas exageradas, poniendo un notable acento en el patetismo de los sentimientos. Los payasos de circo utilizan con maestría el melodrama: infantilizados y maquillados con colores vivos, muestran a su público una enorme sonrisa artificial que ilumina su rostro, mientras sollozan a todo vapor alguna anécdota trágica que contradice la alegría que sus caras expresan, y entonces… todos reímos.

La risa, dice Schopenhauer, siempre señala la repentina incongruencia entre lo pensado y lo que realmente sucede en la realidad. Por supuesto, el filósofo está hablando de la comedia teatral, o de cuando contamos un chiste, o vemos una serie o película graciosa. Sin embargo, pienso en la conexión entre el melodrama, la comedia y la risa que, en comparación con la tristeza de nuestras vidas, puede ayudarnos a solventar el desconsuelo. Por ejemplo, cuando siento que el agua me está llegando al cuello porque mi corazón no para de llorar por un hombre, aunque suene paradójico, ¿cómo no va a resultarme gracioso mirarme en el espejo de Werther al leer las frases melodramáticas que dirige con despecho a los nuevos esposos, meses antes de suicidarse por amor: “¡Que Dios los bendiga amigos, y les dé todos los días felices que a mí me negó!”. No, querida, me repito, pocos mueren de amor, no seas ridícula. Vuelvo al mar sin tempestad.

La comedia, el humor, no son meros recursos narrativos que provocan risa, o que nos entretienen por un momento. Me gusta pensarlos como algo realmente más profundo, como una estética existencial que da la posibilidad de construirnos una morada privada, un sólido muro de contención para la tristeza más severa, una protección contra el sufrimiento y la mala costumbre de tomarse a sí mismo y nuestros problemas demasiado en serio. La comedia ayuda a entender que siempre existe una salida, o al menos una libertad indeleble, y es la de la actitud que adoptemos frente a las penas cotidianas. El humor surte su efecto liberador y terapéutico cuando reímos, cuando aligeramos nuestras emociones, dándonos cuenta de que, finalmente, nada es tan importante o grave como creíamos. Kant escribió que la risa es “una emoción que nace de la súbita transformación de una ansiosa espera en nada”. Las expectativas frustradas inevitablemente generan sufrimiento, pero si aceptamos que tales expectativas no se cumplieron en el pasado, entonces no significan algo actualmente, y bien pueden ser reemplazadas por la nada: el dolor y la ansiedad se convierten en algo efímero, en una carcajada. El marinero no naufraga, el viaje puede continuar.

La comedia y el termómetro social

La comedia, al mismo tiempo de poder usarla como una terapia existencial privada, es un buen termómetro social, que también marca qué es lo que puede ser considerado “éticamente” gracioso, o lo que no puede serlo. No es lo mismo pensar en las series televisivas de hace veinte años, a lo expresado más recientemente en plataformas como Netflix o HBO. Porque en épocas recientes hay una guerra entre las generaciones actuales y las que no son tan actuales respecto de la corrección política. Una batalla campal se abre alrededor de ese tópico, o quizá sería mejor adjetivarla como virtual. Por un lado y otro se disparan argumentos sobre qué debería considerarse o no cómico. Los juicios estéticos y éticos se precipitan entre lo “viejo” y lo “nuevo”, mientras los jóvenes se ofenden al ver el tono sexista, machista y clasista de algunas comedias y del humor negro del pasado, los espectadores de mayor edad no dejan de sorprenderse ante lo que ellos creen es ser demasiado hipersensibles frente a lo que no debería evaluarse desde un juicio ético, sino tan sólo estético: el arte.

En este sentido, los más maduros no dejan de pensar en una juventud caracterizada por su “puritanismo moral” y por ser los representantes de una novedosa “dictadura de la censura”. Este cuestionamiento sobre la moral o inmoralidad de la comedia no me parece ocioso, sino la constatación de que las series de humor, ya sea las televisadas en el pasado o las que ahora encontramos 24/7 en portales de internet, no sólo nos entretienen un rato, sino que —si se sabe mirar con cuidado— se han vuelto parte del reloj de la humanidad. Uno que en algún sentido sí camina hacia adelante, y progresa diferenciando entre las horas dedicadas a los roles tradicionales y a nuevos tiempos que han aligerado sus estigmas sociales y de género.

Las series de comedia se han convertido en un termómetro social que mide la calentura de la indignación actual frente a la frialdad de algunos patrones que el pasado no juzgó. Sería un poco hipócrita no pronunciarme algunas veces del lado de esos “sensibles y cándidos moralistas jóvenes”, porque sí creo que, gracias a la corrección política actual, nació un giro irreversible en las tramas de las series de humor. Un cambio crítico que no es del todo negativo o puritano. Uno de los casos que me parece más relevante al respecto es lo que ha sucedido con la representación femenina durante la historia de las series, primero televisivas, y las que actualmente miramos en los portales y plataformas de internet.

Las mujeres en la comedia

Una de las primeras series de la historia, y también de las más exitosas de la época, fue la comedia de situación I Love Lucy, que se transmitió por televisión durante la década de los cincuenta. En un tiempo en que o lo blanco o lo negro era la regla, la serie, a pesar de haber nacido hace siete décadas, no tomó la filosofía del maniqueísmo.

Es interesante señalar este primer intento de dibujar a la mujer cotidiana, a Lucy, quien fue interpretada por la fantástica actriz Lucille Ball. En la serie, ella es una chica ambiciosa e independiente de origen norteamericano que se enamora de un músico cubano. Para la época, representa a una mujer audaz desde el momento en que no tiene dilemas para elegir por pareja a alguien de otra nacionalidad, de ópticas y valores muy distintos a los de ella. El esposo cubano, Ricky (Desi Arnaz), interpreta al marido machista y controlador, al yugo que no permite que su mujer avance dentro del mundo laboral. El meollo de la serie se centra comúnmente en ese conflicto en el cual Lucy, bella, joven y ambiciosa, es un gran impulso moral para el marido, a quien también ayuda en temas prácticos, como en el intento de sumergirlo en el mundo del espectáculo norteamericano; él, por su parte, no permite que su esposa brille de ninguna manera.

Yo amo a Lucy me parece una trama fascinante, no sólo por esa confrontación explícita que la mujer tiene con el marido y con su amiga más cercana, misma que sólo aspira a ser ama de casa, sino porque imagino que ese rompimiento entre las expectativas de muchas mujeres de época, al enfrentarse a una realidad machista, fue mostrado magistralmente en la serie. No dudo que para algunas mujeres de entonces, mirar a Lucy las hacía también mirar su propia situación, la de sentirse mutiladas profesionalmente por una sociedad machista. Sin embargo, el espejo de la ficción siempre vuelve menos pesada la experiencia propia, dándole un tono más ligero y divertido desde la comedia. Aunque en ese tiempo, Lucy no las haya liberado del todo, al menos por momentos pudieron ver con distancia y humor las abrumadoras relaciones de poder que mantenían con sus verdugos y patriarcas. Con sus maridos que solamente las consideraban amas de casa, subyugadas a deseos y modos inmutables de ser. No dudo incluso que finalmente el mensaje de Lucy, de no darse por vencida en sus afanosos intentos de tener los mismos derechos que su esposo, contribuyera paulatinamente a un cambio de mentalidad. Por ejemplo, ahora recuerdo vagamente un episodio en el cual ella y su apática amiga se disfrazan de hombres para poder ser seleccionadas en un empleo, un episodio que sin duda se erigía rebelde, y cómico a la vez, contra la inexistencia del trato igualitario hacia las mujeres.

Recordemos que, en 1949, la filósofa francesa Simone de Beauvoir publica El segundo sexo, una obra emblemática que reivindicaba la libertad identitaria de la mujer; esto significaba que sugería dejar de pensarse como un ser para el otro, como esposa, madre, hija, ama de casa, etcétera, sino como un ser que habrá de tener la fuerza de despegarse de la educación tradicional, de imperativos ajenos. Para configurarse a partir de criterios propios: la mujer que se explica a partir de sí misma. A fines de los cincuenta, cuando Lucy terminaba su último episodio, las mujeres, al menos en Norteamérica, tenían cada vez más contacto con el feminismo francés, lo cual las orilló a sentir un profundo rechazo y malestar frente a las condiciones desiguales que se habían impuesto a su género. Y Lucy es el ejemplo claro de ese malestar, es la mujer que puede volverse un puente para otras mujeres. La actriz representó ese tránsito para otras, entre la decisión de seguir en un estado de sumisión y dependencia por amor al otro, en ese caso al esposo machista, o de arriesgarse de una vez por todas a ser lo que siempre quiso ser, y dejar de ser lo que los demás querían que ella fuera.

Dando un salto cuántico en el tiempo, porque mi interés es sólo ejemplificar cómo la comedia en las series ha representado a la figura femenina, recuerdo con mucho desagrado lo que desde mi —como la llamarían mis padres o abuelos— “corrección política” ha sido una de las series más sexistas y clasistas de la historia de mi generación, La Niñera, (The Nanny). Otra comedia de situación, que tuvo asombrosamente mucho éxito para su época, a pesar de ser los años noventa, ya que comenzó en 1993, y se transmitió durante siete años más. A mi madre le gustaba ver dicha serie, la miramos juntas durante algún tiempo, pero siempre me incomodaba algo de la trama, aunque no tenía conciencia de qué era exactamente. He vuelto a ver “La niñera” en días recientes, y mentiría si les dijera que a mi espíritu de millennial puritana le causó mucha gracia esta vez, porque no fue así. Y es que realmente conozco a pocos de mi generación que disfruten el regreso de esos patrones en los cuales se desprecia a la mujer, o se le juzga desde su apariencia, o estatus socioeconómico, por muy cómico que se intente hacer.

El éxito de la niñera fue larguísimo, y todos seguían con mucha curiosidad cuál sería el destino final de la protagonista. Fran Fine (Fran Drescher), una mujer judía —proveniente de Queens, una de las zonas de New York con mayor número de inmigrantes y barrios populares— que, por accidente, y como si fuera lo mejor que le hubiera sucedido en la vida, se volvió niñera de tres niños en una lujosa zona de la ciudad. La historia cuenta todo lo que ella, sin negarlo, de una manera muy simpática, hace para ganarse la confianza y el amor de toda la familia, pero siempre con la obsesión de conquistar al padre, un exitoso, narcisista, y celópata productor de Broadway. La trama no deja de tener momentos de comedia a costa de chistes que juzgan a la niñera como una mujer vulgar, de mal gusto, sumisa y sin educación, que ha tenido la gran fortuna de ser elegida por un hombre con mucho dinero, quien no deja de gritarle todo el tiempo, de controlarla, y de hacer incluso juicios antisemitas sobre sus tradiciones, que por supuesto son retratados de manera cómica, pero no dejan de ser ofensivos para las costumbres y el origen judío de la niñera, de esa misma mujer que el jefe rico no dejó nunca de ver como su subordinada.

Fran Fine logró finalmente casarse con el exitoso magnate de Broadway un poco antes de que iniciara el nuevo milenio. Porque el 2000 sí que venía cargado con mejores tramas, y no sólo involuciones a esa idea de mujer que sólo se afirma a sí misma a partir de los maltratos de una sociedad y de un hombre.

Mi recorrido acaba en una serie que marcó y dignificó, de una manera más efectiva y que era sumamente necesaria para la época, la representación de una mujer empoderada, fuerte y libre. Malcolm in the Middle (Malcolm el de en medio), fue una comedia protagonizada y relatada por la voz de un niño genio, Malcolm, (Frankie Muniz), el “hijo sándwich”, que por su notable inteligencia tiene una visión impecable y muy consciente de lo que sucede con cada uno de los integrantes de su familia. Las mujeres de la serie cumplen un papel muy importante desde la narrativa de Malcolm. Su mamá, sus amigas y hasta sus maestras, son retratadas como los soles alrededor de los cuales gira la vida del niño. Malcolm tiene una relación complicada con la figura femenina, porque ellas siempre parecen ser el muro de contención que coarta su libertad. A las mujeres no se las puede ni se las debe de omitir.

La madre, Lois (interpretada por Jane Kaczmarek), es una mujer trabajadora, una jefa de familia, una matriarca en el más literal de los términos —casada con un hombre más amoroso que proveedor—, también se da el tiempo para cuidar y educar de manera muy estricta a sus hijos, que no dejan de ser bastante conflictivos. Para Malcolm, su madre a veces es más bien una dictadora, que después se convierte en la figura de poder que lo hace darse cuenta que no todos sus deseos pueden ser cumplidos, porque el límite es ella: la madre, la mujer a la que se debe respetar.

En la serie desfilan muchas figuras femeninas que Malcolm, en una mezcla de confusión y enigma por lo que ellas quieren y esperan de él, termina admirando y reconociendo empáticamente como iguales, o a veces, como más astutas y manipuladoras que la propia inteligencia de él junto a todos sus hermanos.

Como escribí al inicio, el uso de la comedia tiene también dos finalidades más profundas que la de solamente entretenernos. En primer lugar, disolver el sufrimiento individual en la risa que produce ver que nuestros problemas son más comunes de lo que creemos, y que muchos pasan por los mismos dramas que uno mismo en algún momento de su vida. Y en segundo lugar, la comedia es capaz de tomarle la presión y la temperatura al contexto social de las décadas más contemporáneas. La representación de la mujer en la televisión, y en el internet, si bien no ha logrado ser dignificada totalmente, sí que ha cambiado abruptamente en las últimas dos décadas. Lo cual es de agradecerse, al menos para las generaciones de mujeres más jóvenes, de quienes yo sí espero no tengan que verse envueltas en el dilema de ser madres y por ello abandonar todo lo demás, empezando por su trayectoria profesional. O, en un orden inverso, primero volverse exitosas en su carrera, y por ello sentir que están determinadas a la inestabilidad emocional, o a no tener una vida social ni tiempo para formar una familia.

En la actualidad plataformas como Netflix, HBO, FOX, y otras, nos muestran una amplia gama de posibilidades desde las cuales la mujer puede desarrollarse. Las series, y también el cine, ya no retratan un solo patrón de mujer. Y aunque algunas tramas pequen de corrección política, ese “espanto” millennial frente a las relaciones violentas y machistas mostradas en series de televisión del pasado, sí sirvió para dignificar la imagen de la mujer en el mundo público. Como un ser humano igual a los varones, que innegablemente tiene la capacidad y ha de desarrollar su potencial desde una óptica más integral, más libre, más feliz y más compleja: como siempre debió ser. +

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