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La noche de la humanidad

La noche de la humanidad
27 de enero 2021

Yara Sánchez De La Barquera Vidal

El  fascismo alemán creó un sistema donde no cabía la alteridad y quien se opusiera a la práctica oficial era aplastado por toda la maquinaria de la ideología nazi. Margot y Christoph, alemanes radicados en Querétaro desde 1960, me contaron sobre unos paquetes de alimentación que los estadounidenses enviaban a ciudadanos alemanes que sufrían los estragos de la posguerra: “Se llamaban care, que eran las siglas de Cooperative for Assistance and Relief Everywhere; así teníamos la sensación de importarle a alguien.

A los quince años probamos por primera vez el chocolate y la leche”. Por otro lado, en El proceso de Nuremberg, Heydecker y Leeb citan a Robert H. Jackson, fiscal general americano: “Queremos hacer patente que no tenemos la intención de inculpar al pueblo alemán. Si la amplia masa del pueblo alemán hubiera aceptado voluntariamente el programa del Partido nacionalsocialista, no habrían sido necesarias las SA ni los campos de concentración ni la Gestapo”.

Pareciera que ahora los papeles se invierten: mientras Alemania supera la catástrofe bélica del siglo pasado, en Estados Unidos se fortalece una inclinación fascista. El odio extremo puede morder a cualquiera en todo momento, sólo bajo el amparo de la memoria se puede evitar repetir los errores del pasado.

El premio Nobel de la Paz, Elie Wiesel (1928-2016), logró sobrevivir a una de las atrocidades más grandes del siglo xx: el campo de exterminio en el que se convirtió Europa. Confiesa en su libro, La noche, que no sabe lo que quería lograr con sus palabras al narrar el desgarrador proceso al que sometieron a su familia, su pueblo o su identidad al ser consumidos por la maquinaria de odio de los nazis. Lo que sí sabe es que tenía la obligación moral de dar a conocer su testimonio, para evitar la victoria del enemigo y el olvido.

Los alemanes invadieron Sighetu Marmaţiei, la ciudad donde nació y creció Elie, una población de Transilvania donde crearon una sociedad en la que no cabía ninguna manifestación de la religión judía. Elie perdió a su familia completa en este lugar, al igual que su fe y la razón, que posteriormente recuperó por medio de la escritura.

Me aterra que estos sucesos —llámense locura, maldad u odio—, sobre los que hemos leído, parecen no tener una vacuna que evite que vuelvan a ocurrir, ya que de alguna forma la humanidad logra separarse y caer de la gracia de la unidad del todo. Separados somos frágiles y temerosos, indiferentes. Separados vivimos desgraciados, aislados, con vacíos y con terror. Esa soledad que acoge la zona más oscura de la humanidad: el odio al otro. Elie aseguró que la tragedia sólo generaba preguntas, aunque también le hacía adquirir un sentido de responsabilidad por hacer que su pasado nunca se convirtiera en el futuro de alguien más.

Antes de escribir completa la “Trilogía de la noche”, conformada además por El alba y El día, editó dos versiones del texto original de La noche; la primera de carácter más personal. De su libro rescatamos el siguiente fragmento, que a pesar de su densidad echa suficiente luz al sombrío panorama que vivió el superviviente, Elie Weisel.

Nunca olvidaré esa noche, la primera noche en el campo, que convirtió mi vida en una larga noche, siete veces sellada.

Nunca olvidaré ese humo. Nunca olvidaré las pequeñas caras de los niños, cuyos cuerpos vi transformados en humo bajo un cielo silencioso. 

Nunca olvidaré esas llamas que consumieron mi fe para siempre.

 Nunca olvidaré el silencio nocturno que me privó por toda la eternidad del deseo de vivir.

 Nunca olvidaré esos momentos que asesinaron a mi Dios y mi alma y mis sueños se convirtieron en cenizas.Nunca olvidaré esas cosas, incluso si yo fuera condenado a vivir tanto como Dios mismo.

Nunca.

 Elie Wiesel, Night

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