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“El corazón de las tinieblas”: el olor a hipopótamo muerto

“El corazón de las tinieblas”: el olor a hipopótamo muerto

16 de octubre de 2020

Jesús Pérez Gaona

«El horror, el horror». Frase célebre como no hay otra en la historia de la literatura. Siempre me ha intrigado cómo Joseph Conrad tuvo la capacidad de retratar el alma humana sin desear quitarse la vida, más allá de las interpretaciones que los lectores hacen de El corazón de las tinieblas (1902): las masacres del colonialismo en África, las expediciones de los conquistadores en el mundo, lo inhóspito de la jungla, la disentería en medio de la nada. Para Francis Ford Coppola la historia va de la Guerra de Vietnam, o sea de todo lo anterior pero en la cabeza de un yanqui en Asia.

El relato, como en Apocalypse Now, fluye en medio de una atmósfera viciada. La bruma agobiante de un río. El descubrimiento de las entrañas de la vida silvestre por el «preciado marfil». Pese a que Charlie Marlow aparece en otras novelas de Conrad, es en esta obra en la que el escritor polaco declara elegantemente la inocencia del optimismo. La esencia miserable de la humanidad bajo las órdenes de «la Compañía». La llamada de lo oscuro y la adhesión a los «abominables placeres», como se lee en El corazón de las tinieblas.

¿Qué fue lo que hizo el señor Kurtz al adentrarse en la selva del Congo durante largas temporadas que por pudor Marlow evita compartir en su narración? ¿Cuán jodido debió estar el capitán Benjamin Willard para sentir pena por simpatizar con el despiadado coronel Walter E. Kurtz al grado de sustituirlo en el trono? La respuesta no habita en un lugar tan lejano como un laberinto ecuatorial. La respuesta está frente al espejo. En tiempos como el nuestro que aterrarían al Leviatán de Hobbes, quizá el horror sea asomar a nuestro interior y que nos guste lo que vemos.

La jungla lo había capturado muy pronto y había llevado a cabo en él su terrible venganza por aquella fantástica invasión. Creo que le había susurrado cosas acerca de sí mismo que él no sabía, cosas de las que no tenía una concepción clara hasta que prestó oídos a esa inmensa soledad. Y el susurro demostró ser irresistible y fascinante. Retumbó con fuerza en su interior porque en el fondo estaba vacío”.

Como un Travis Bickle o un Arthur Fleck, los monstruos entre nosotros son aquellos que no pueden quitarse de encima la peste a “hipopótamo muerto” en la despiadada selva de concreto. “El miedo siempre permanece. Un hombre puede destruir todo lo que tiene dentro de sí mismo, el amor, el odio, las creencias e incluso la duda, pero mientras se aferra a la vida no puede destruir el miedo”, escribió Conrad en el cuento “Una avanzada del progreso”, publicado un año antes que El corazón de las tinieblas. Ambientado en el mismo río africano, pero cuyo final  no es ni la mitad de estremecedor como el diálogo entre Marlow y la esposa de Kurtz.

Borges, en cambio, no fue seducido por la maldad descrita por Conrad sino por su poderosa narración. “En ociosas canoas, de cara a las estrellas,/ el hombre mide el vago tiempo con el cigarro”, escribió en Luna de enfrente. “El humo desdibuja gris las constelaciones/ remotas. Lo inmediato pierde prehistoria y nombre./ El mundo es unas cuantas tiernas imprecisiones”. Ojalá, me gustaría creer, deseo que aún haya a quienes la oscuridad no ahogue su luz y que la ternura a veces sea más grave que el horror. Yo, con “La cabalgata de las valquirias” de Wagner en la cabeza, sigo recolectando marfil. +

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