50 años de Woodstock

50 años de Woodstock

El festival que no volverá a ser

El Verano del Amor fue una explosión de amor y música a escala mundial que detonó en un predio de Bethel, Nueva York.

Gilberto Díaz

El último año de la década de los 60 resultó fundamental para dar forma a la cultura del entretenimiento tal como la conocemos hoy en día. Tras la convulsión política que significó el año previo, 1969 fue una catarsis de creatividad en el arte, el cine, la literatura y la música estadounidenses, que tendría su impacto alrededor del mundo.

Fue el año en que Andy Warhol presentó la segunda de sus series de obras visuales basadas en la icónica lata de sopa Campbell’s; Kenneth Tynan montó el controvertido musical erótico-vanguardista Oh! Calcutta!, en el circuito off-Broadway de Nueva York. Por su parte, Philip Roth publicaba El mal de Portnoy (Debolsillo), mientras Margaret Atwood hacia lo propio con La mujer comestible (Ediciones B). Al mismo tiempo cintas como Easy Rider, The Rain People, Bob & Carol & Ted & Alice y Midnight Cowboy, se atrevían a explorar los tabúes de la violencia y la sexualidad mediante el filtro de la contracultura. 

Ese mismo año, entre el 15 y el 17 de agosto, se celebró el evento cumbre del llamado Verano del Amor, originalmente llamado “Feria de música y artes de Woodstock” en la localidad de Bethel, Nueva York. Concebido inicialmente como un instrumento de promoción para unos estudios de grabación instalados en las cercanías y que pretendía únicamente llamar la atención de sus potenciales clientes, artistas residentes en la zona, como lo eran en ese entonces Bob Dylan y The Band, creció hasta convertirse en el mito detrás de una generación que pretendía cambiar al mundo mediante el amor y la paz, con el rock como su arma más poderosa, alejándose de la superficialidad materialista que ofrecía el paisaje suburbano de la posguerra y el vacío existencial que lo acompañaba. 

La lucha por los derechos civiles, las protestas contra la guerra de Vietnam, la revolución sexual, eran los sentimientos que, como en distintas manifestaciones de la época, encontraron su punto de convergencia en la abrumadora afluencia de asistentes durante ese fin de semana; el evento estaba planeado para no más de 200,000 personas (aunque los organizadores le dijeron a las autoridades que no serían más de 50,000), y que al final terminaron por ser casi medio millón, entre mujeres, hombres, afroamericanos, latinos, todos homogeneizados en un espíritu de comunidad en torno a la música como pretexto, todos iguales y hermanados bajo el ideal de un mundo distinto, coexistente y desjerarquizado. Efectivamente, el movimiento hippie y el Verano del Amor se encontraban en su momento más alto.

Sweetwater, que fue entretenida por la policía camino al concierto, junto con otros participantes, hasta la imposibilidad de algunas bandas de llegar por tierra de algunas bandas debido a la afluencia de gente. Las constantes fallas en la energía eléctrica y el clima formaron parte de las intermitencias del festival, que incluso bajo la lluvia siguió adelante. Todo esto quedó registrado en un documental dirigido por Michael Wadleigh y editado por Thelma Shoonmaker y Martin Scorsese. 

Se puede decir que hubo un antes y un después de Woodstock: tan solo quince días más tarde se llevó a cabo en el Reino Unido el segundo festival de música de la Isla de Wight, que se promocionó bajo la inercia del megafestival hippie, y que pondría las bases para la organización del primer festival de Glastonbury, y también propiciaría la realización del trágico festival de Altamont en California, que para muchos representó el final del Verano del Amor. 

Los ecos de Woodstock dieron la vuelta al planeta para generar manifestaciones como las de Avándaro, Piedra Roja y Buenos Aires Rock, en México, Chile y Argentina, respectivamente; Pinkpop en Holanda, Roskilde en Alemania o Vilar de Mouros en Portugal, por mencionar algunos otros que siguen vigentes fuera del espectro anglosajón. Aunque ya sin el mismo espíritu comunitario, los festivales de música siguen convocando cada verano a miles de personas alrededor del mundo cada verano. 

Con el paso del tiempo se han realizado distintas conmemoraciones del festival de Woodstock, convirtiéndolo en un producto para quienes intentan seguir viviendo de su legado. Para el 50 aniversario se intentó realizar un evento, incorporando actos musicales de gran popularidad, pero opuestos a ese espíritu que dio origen al festival, y que finalmente no se llevará a cabo. Es triste, pero justificable: el cambio generacional ya no le iba a hacer justicia en una era con demasiado pop, con una cultura del consumo arraigada en la que las causas de justicia social terminan siendo objeto de estrategias de mercado, y con el rock (rebelde y crítico por naturaleza) en su punto más bajo de apreciación, sería un contrasentido de lo que una vez significó Woodstock: “una exposición acuariana en tres días de paz y música”. +

@GilbertoDiazF

Woodstock es el mito fundacional de una generación que pretendía cambiar al mundo mediante el amor y la paz, con el rock como su arma más poderosa.

Léelo también en nuestro número 123, dedicado a Música y Letras

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