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Ucronías: Este mundo se convierte en otros mundos

Ucronías: Este mundo se convierte en otros mundos

¿Qué habría pasado si los indios americanos hubieran conquistado Europa? ¿O si Hitler hubiera ganado la Segunda Guerra Mundial? La literatura, una vez más, nos recuerda que en el poder, como en muchos ámbitos de la vida, el hubiera sí existe.

Lunes 4 de marzo de 2019
Alberto Chimal

Una palabra de moda en nuestra época es distopía. Se usa para nombrar a las narraciones sobre sociedades opresivas e injustas que se crean como modelo de lo que no queremos para el futuro de la humanidad (o que anticipamos, con miedo o con cinismo, como parte de ese futuro). Este tipo de historias se considera opuesto al de las llamadas utopías, que intentan describir sociedades mejores que las realmente existentes.

Pero hay otro término, distinto de los dos anteriores, que también sirve para pensar y representar las transformaciones de las sociedades humanas. Se le puede encontrar en todas las variedades de la ficción —en novelas y cuentos, películas y series, videojuegos, cómics y más allá—, y es ucronía.

Utopía, que viene del griego, significa literalmente no-lugar y sugiere que los entornos descritos en ese tipo de historias no están en ningún lado: que sólo existen en la imaginación. Ucronía, que se construye de igual manera, pero significa no-tiempo, tiene un matiz diferente: insiste de entrada en que lo narrado no tiene cabida en la Historia, es decir, que no sucedió. Esta diferencia es crucial: las ucronías no son historias de lo bueno o malo por venir, sino del hubiera: de lo que podría haber pasado. En todas se describe cómo hubiera podido ser tal o cual parte de la Historia humana, de los hechos documentados por los historiadores, de sus causas y consecuencias, si algo que sucedió de cierta manerahubiera sucedido de otro modo.

Una ucronía clásica es la novela El hombre en el castillo, de Philip K. Dick. Publicada en 1962, es una narración costumbrista, en la que no pasa nada fuera de lo ordinario: la gente se enamora y se separa, trabaja y le va bien (o mal), se enfrenta con la autoridad, se pregunta por el sentido de su existencia, come y duerme…, pero todo sucede en un mundo imposible: el nuestro, como hubiera podido ser si las naciones del Eje Berlín-Roma-Tokio hubieran ganado la Segunda Guerra Mundial, es decir, si el resultado de ese acontecimiento histórico tan enorme y terrible hubiera sido el opuesto del que conocemos.

Sabemos que no fue así: sabemos que en 1945, tras seis años de conflicto, las naciones conocidas como los Aliados (Estados Unidos, la Unión Soviética, Inglaterra, Francia, etcétera) ganaron la guerra. Sabemos que Japón se rindió luego de que Estados Unidos atacara dos de sus ciudades, Hiroshima y Nagasaki, con bombas atómicas; sabemos que una turba mató al dictador italiano Benito Mussolini y que Adolf Hitler se suicidó en un búnker de Berlín, para no ser capturado por tropas soviéticas que se acercaban a él, tras haber sido responsable del asesinato sistemático de millones de personas.

Pero ¿y si las cosas hubieran sido diferentes?

A quienes inventan ucronías les gusta imaginar sus historias alternativas, sus mundos paralelos, como si fueran bifurcaciones de un camino: desviaciones que parten de la gran carretera que sería la Historia que conocemos y que siguen rutas diferentes. Casi siempre se busca un solo acontecimiento crucial que provoque el cambio de rumbo. En la novela de Dick, se menciona de pasada que en 1933, Franklin Delano Roosevelt, que entonces era presidente recién electo de los Estados Unidos, fue víctima de un atentado cuando un tal Joe (o Giuseppe) Zangara disparó contra él y otros asistentes a un mitin. En nuestro mundo, Roosevelt salió ileso y Zangara fue sentenciado a la silla eléctrica, pero en el de El hombre en el castillo, Zangara tiene éxito en su intento y Roosevelt, a quien se atribuye el impulso de involucrar a los Estados Unidos en la guerra, no está allí para ejercer esa influencia. Su país no apoya la lucha contra el Eje, éste se fortalece y vence a sus adversarios, Hitler se impone a sus propios aliados y por fin conquista el mundo, etcétera.

Una premisa similar está en otra novela estadounidense muy celebrada: La conjura contra América de Philip Roth, en la que Roosevelt desaparece de la escena porque pierde una elección contra Charles Lindbergh, el famoso piloto, quien como presidente se alía con la Alemania nazi. Se sabe que Lindbergh simpatizaba realmente con el fascismo y en algún momento especuló con la posibilidad de dedicarse a la política: Roth, como Dick, explora las consecuencias imaginables de una sola “modificación” en los hechos históricos.

Las ucronías son populares en la actualidad: por un lado, satisfacen el gusto de la fantasía —de lo que habitualmente se considera una distracción inocua de las realidades de la vida— y por el otro se refieren directamente a lo real, lo que les da la misma apariencia extraña de seriedad que tienen una nota de periódico o una crónica indignante en internet. Muchas son reconfortantes porque se concentran en lo peor de lo que nunca pasó. Por ejemplo, actualmente se transmite una serie televisiva basada en El hombre en el castillo, y una escena de ésta muestra a los ciudadanos del Gran Reich americano acostumbrados a ver lluvias de cenizas caer sobre ciudades y campos: restos humanos quemados en campos de exterminio que, en ese mundo alterado, están por todas partes. A pesar de todo lo malo que pasa hoy, pueden decir los espectadores, no hemos llegado todavía a eso.

Sin embargo, algo más interesante de las ucronías es lo que reflejan de nuestro pensamiento sobre el mundo que conocemos: la existencia que, para bien o mal, tenemos que llamar “real”.

Además del tema de los nazis victoriosos, que debe ser por mucho el más popular de las ucronías, hay muchos otros argumentos similares, en los que una potencia establecida de nuestro presente es vencida, conquistada o borrada de plano. Y, curiosamente, la mayoría de esos argumentos son escritos por habitantes de esas potencias (de hecho, la mayoría de ellos son estadounidenses como Dick y Roth). ¿Qué significa esto?

No es necesariamente, creo, una especie de postura victimista, como la que se ve hoy en los países desarrollados con el ascenso actual de las nuevas formas del ultraderechismo, según las cuales las poblaciones privilegiadas son “amenazadas” por quienes son, o somos, distintos de ellos (incluyendo a los pobres, los migrantes, las mujeres, las personas de color, etcétera). Por el contrario, en ocasiones lo que anima a las ucronías es una conciencia de la fragilidad del poder: de que quienes están “en la cima” no lo están por ningún destino inevitable ni derecho divino, sino por casualidad, porque ciertas circunstancias de la Historia real se dieron a su favor y no en su contra. En algunos casos, por lo menos, no quieren invitarnos a estar contentos de que las cosas como son, sino ofrecernos una lección de humildad. Las cosas podrían ser diferentes. Tal vez, incluso, puedan serlo todavía.

Por esta razón, las ucronías más llamativas, aunque no sean las más abundantes, son las que se cuentan no desde un país o un grupo humano privilegiado, sino desde uno oprimido. Así sucede en la ucronía clásica mexicana, que es un cuento de ciencia ficción underground: “Crónica del Gran Reformador” de Héctor Chavarría (1985). El cuento se desarrolla en 1521, y el cambio que propone es que, en vez de ser vencidos por Hernán Cortés y su ejército, los aztecas lo repelen, cruzan el Atlántico y —con la ayuda por un grupo de mexicanos que ha viajado en el tiempo desde el siglo xx, y que se alía con los pueblos originarios— conquistan Europa. Puede parecer un chiste, pero se debe recordar que la Historia nacional está marcada de muchas formas por la conquista de México, y por cómo dio paso a siglos de explotación y discriminación que aún no terminan. ¿Qué pasa cuando quien imagina otras realidades posibles es quien tiene más razones para no estar conforme con la que vive? +

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