Romeo y Julieta: esto [no] es amor

Romeo y Julieta: esto [no] es amor

R. de la Lanza


Julieta. Romeo. #awww. Con sólo escuchar esos nombres juntos se iluminan los ojos de las chicas y los grandes se enternece con el amor inocente y desbordante de dos adolescentes que desafiaron al mundo para estar juntos. “La historia más romántica y la más intensa”, dicen muchos.

Intensa, sí. Romántica, tal vez: sólo si tomamos la palabra romántico en el sentido de infatuación o limerencia.

Pero toda persona que esté en su sano juicio —¿y cuál enamorado lo está?— sabe que ningún sentimiento desbordante es de verdad inocuo. El enamoramiento siempre acaba por ser peligroso.

Al hablar de Romeo y Julieta (así, sin cursivas, pues hablo de los personajes, no del título de la obra), todos les rendimos homenaje como si su muerte hubiera sido el resultado de un mutuo sacrificio abnegado en favor del ser amado (ja, ja, ja), cuando en realidad ambos suicidios no son otra cosa que rabietas —pueriles, más que juveniles— por saberse cada uno imposibilitado de darse el gusto de estar al lado de su objeto del deseo.

Una muy vieja historia

Adivinaron: vamos a la mitología griega. Dos adolescentes, Píramo y Tisbe, (Ovidio, Metamorfosis, Alianza) se conocen mediante una grieta en la pared que divide sus casas —no: tampoco eso fue inventado en este siglo, hijitos míos—, y así pudieron hablarse, enamorarse y desearse cada vez más intensamente.

Y es que en la realidad el asunto es exactamente así. Uno se enamora primero en un plano inmaterial y luego, sólo luego, le da a uno esa “hambre de carnita”. De no ser así, estaríamos enamorados con frenesí de medio planeta.

No me distraigan. Estábamos con Tisbe y Píramo. Bien, pues una noche los enamorados deciden que no aguantan más las ganas, y que a la noche siguiente, cuando todo esté en silencio, huirán de sus respectivas casas y se encontrarán junto a un monumento, digamos el equivalente a una estatua de Benito Juárez, a la sombra de un árbol de hermosas y dulces moras blancas que hay ahí, junto a una fuente (ya suspiren, chicas, no lo repriman). Como siempre pasa, ella —o sea, Tisbe— llega primero y se pone a esperar a Píramo. En eso se acerca a la fuente una leona. Y Tisbe, ahí al ladito, indefensa. La leona viene de haber comido, y trae las fauces manchadas de la sangre de su presa. Por supuesto, Tisbe corre asustada y se oculta en el hueco de una roca, pero deja caer su velo en el lugar del encuentro acordado. La leona bebe hasta saciar su sed, y luego se pone a juguetear con el velo de Tisbe, y lo deja embarrándolo de sangre.

Cuando Píramo llega, su amada Tisbe aún está escondida. ¿Quién la culpa? Sabiendo que se retrasó se pone a buscar señales de la chica y descubre las huellas que la leona dejó y el velo ensangrentado. ¡Maldita sea! Una fiera ha dado muerte a su amada, #PosMeMatoALV. Saca su puñal y se lo clava en el pecho.

Pasado un rato, cuando ya se siente a salvo, Tisbe sale de su escondite y al llegar al lugar ve a su amado con el puñal en el pecho y todo cubierto de la sangre que aún sale a borbotones de la herida. La muerte es inminente. Lo abraza, desentierra el puñal del pecho de su novio y se lo clava ella misma.

Ese relato data de unos 1,200 años antes de que William Shakespeare tomara, para una de sus obras, un cuentito popular que se usaba en Europa para disuadir a los adolescentes de “andar de novios”. Ya saben: la técnica de las abuelitas de contar la historia de unos conocidos a los que les pasó algo horrible por andar dándose besos en el auto o en el zaguán a horas no cristianas. Pues esa técnica es milenaria. En la Italia del Cinquecento ya era añejo el relato del infortunado amorío de los adolescentes, y remataba con esa contundente advertencia: “Deja de andar de novia o ambos terminarán como Romeo y Julieta”.

¡Qué exagerados!, dirán los posmos. Y los que en este momento están más enamorados que feos. Que dos jovenzuelos terminen muertos por no poderse aguantar las ganas de entregarse al amor es un castigo desorbitado, desproporcionado #dobabes.

¿O no?

Los enamorados de Verona

Ya vimos que, enamorados, no somos racionales. Por tanto, las decisiones que toman Romeo y Julieta no son el resultado de una calmada y sobria meditación. Pero tampoco buscan el bienestar y la felicidad del otro. Ni siquiera piensan en un futuro. No: ellos sólo piensan en la satisfacción inmediata de sus urgentes deseos hormon… emocionales y carnales, que son sentimientos muy nuevos en sus vidas corporales y psicológicas, dado que son adolescentes, y que por lo tanto, tendrían que aprender a manejar.

Así, se enamoran de su belleza física por impulso —y porque la belleza es una cualidad perceptible a través de los sentidos, pues—, se desean desbocadamente y se casan por impulso. Romeo asesina al primo de Julieta, Teobaldo, por impulso. Julieta finge su propia muerte por impulso. Romeo se suicida por impulso y Julieta sigue este mismo patrón. Incluso el fraile Lorenzo, cuya intención final era reconciliar a las familias Capuleto y Montesco mediante la promesa de retoño que implicaba el amor de esos hijos enamorados, tiene que lidiar con la culpa de haber validado con el matrimonio un amor que estaba prohibido por una ley superior: la de obedecer, esa ley que dicta que no se puede adelantar la madurez y que toda precocidad es perniciosa.

“Pero es tan linda su historia…”

Cierto: quizás la historia de Romeo y Julieta nos fascina porque nos recuerda nuestros años de adolescentes, en los que no medíamos las repercusiones de nuestros actos, la mayoría de los cuales estaban destinados únicamente a satisfacer nuestros deseos y caprichos. Todos adoraríamos ser los protagonistas de un amor tan intenso que te mata.

Sin embargo, muchos de nosotros hemos sobrevivido a esos ataques de Cupido. Por desgracia, no todos sobreviven. Y no hablo del plano simbólico, sino del real, de este mundo en el que muchas mujeres (y algunos hombres) han perdido la vida en un ataque de celos y amor posesivo de sus parejas, que no es otra cosa que ese mismo amor de la autocomplacencia, que no se ocupa de nada ni de nadie más que uno mismo. ¿Cómo habría continuado la historia de Romeo y Julieta de no haber acabado en el mausoleo de los Capuleto?

Es una historia extrema que cumple muchas fantasías adolescentes: los jovencitos de Verona desafían los límites impuestos por sus padres y, en complicidad con un fraile —que, dicho sea de paso, también le da la espalda a su Dios al convertirse en un alquimista-hechicero—, se brincan los procesos y evaden la responsabilidad de desarrollar la paciencia que exige conocer, reconocer, aceptar y perdonar a la pareja sentimental; de afirmar el carácter, de ser pacientes y perseverantes, de tener interés por los demás, de cultivar la empatía y el sacrificio, que es más o menos la amplitud de la idea del amor en su expresión más plena.

@rdelalanza

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