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Hijos del desierto

Oriente Medio. Dos palabras bastan para cortar el aire con un cuchillo imaginario. Dos palabras que al pronunciarse hoy suspenden el aliento de un hilo delicado. Dos palabras que, sin embargo, son una confusión.

Como indica Fundéu, la Real Academia Española para referirse a la región que comprenden los países de la Península Arábiga y del golfo Pérsico, además de Israel, Siria, Turquía, Líbano, Jordania, Libia, Sudán, Chipre (y para algunos, Armenia, Azerbaiyán y Georgia, que son el Cáucaso), usa el término Oriente Próximo, conocido también como Cercano Oriente. Pero de unos años para acá, Oriente Medio (que comprendería para la rae, India, Pakistán y Afganistán) se usa como sinónimo de Oriente Próximo (la onu y prácticamente todo el periodismo de habla hispana así se refiere a la región). Así pues, de Arabia Saudita a Egipto y hasta Armenia, el término Oriente Medio se refiere a una región que para nada es homogénea con todo y que comparte rasgos, pasado, símbolos, tradiciones.

La geopolítica actual trazó sus geografías y aglutinó una zona que hoy asumimos como en estado de conflicto perpetuo, y que en el imaginario colectivo “occidental” no tiene singularidades. Éste es quizá el primer gran prejuicio al que los países, grupos étnicos, tribus, personas que la habitan deben enfrentarse en nuestros días. Aunque no el único.

El aparente total desconocimiento de la historia de estos territorios, sus pobladores y ancestros, y nuestra evidente incapacidad de nombrar sus identidades, implica que sobre ellos pese en la actualidad el estigma de “incivilizados”, algo a lo que el tratamiento de lo que se ha dado en llamar “terrorismo islámico” ha contribuido mucho (cuando no lo ha provocado directamente). Cualquier libro de historia alcanzaría para derribar esa barrera en un chasquido de dedos, pero Isaac Asimov lo hace con muchísimo oficio en El Cercano Oriente (Alianza), volumen que forma parte de su colección de historia universal. Descubridores de la agricultura (en las actuales regiones de Irak e Irán), los hijos del desierto domesticaron la tierra, comprendieron los ciclos pluviales, libraron batallas con los ríos, miraron los astros, inventaron dioses cuatro mil años antes de nuestra era. Cuando no había nada, ellos imaginaron casa y la habitaron. Los ziggurats de los sumerios son el antecedente de las pirámides egipcias. Ellos, los sumerios, inventaron —dice Asimov— las matemáticas, y la madre de todas las invenciones culturales: la escritura. Egipto la mejoró, pero la cuna es mesopotámica. Si somos (o fuimos) seres históricos, se lo debemos al Cercano Oriente, sí. “Por ello al periodo que comienza con los registros escritos lo llamamos «historia». Todo lo anterior es «prehistórico». Con la escritura, pues, puede decirse que los sumerios crearon la historia”.

Estos pueblos comparten una tierra por la que pelean desde hace milenios, es verdad, pero no siempre ni solamente (¿existe territorio en el planeta que no haya sido disputado?). Comparten y se jalonean por su topografía, su clima, sus inclemencias, sus recursos. Los primeros sedentarios se protegían de los nómadas, luego esos ejércitos sirvieron para expandirse y conquistar. Los nómadas hicieron poder, derrocaron, crearon nuevos enemigos. La historia humana, vaya.

A esta tierra pertenecen árabes palestinos y judíos israelíes de los pies al temperamento, pasando por la lengua. Le son a la tierra. Le son tan vehementemente que quizá este rasgo los dota de un aura primitiva que las mentes torpes confunden con barbarie; hay tecnologías criminales (¿qué es sino la guerra?), pero no hay esencias criminales, si por barbarie entendemos eso. Cuando digo “aura primitiva” me refiero a la no separación que existe entre ellos y esa tierra. Su modo de ser mundo con la tierra, como el pan, como el olivo. A esa juntura. Esto lo sabe y lo dice David Grossman en su novela La vida entera (DeBolsillo). Ofer, hijo de Ora —la protagonista—, cumple su servicio militar para el ejército de Israel, al terminarlo decide presentarse voluntario. Ora, ex militar ella misma, no puede de miedo, no soporta la idea de que un día llegue la carta que le anuncie que su hijo ha muerto. Para conjurar esa angustia decide caminar. Camina sin parar, pero no sola, va con Abram, también ex militar —torturado durante la Guerra de los Seis Días con Egipto— amigo, compañero de armas, cómplice. Caminan la tierra, el desierto, las fronteras como si ese simple hecho sostuviera la vida. En ese movimiento (que no es trayecto) descubre quiénes son los árabes, quiénes son ellos, qué son. Cuántas guerras han librado. Se narran de principio a fin, a modo de ensalmo: quizá si no dejan de recordar quiénes son, la guerra no se los arrebate. Como si contándose su propia historia ahuyentaran la mucha oscuridad que se les mete a la casa, a la vida, al lenguaje. Qué se juega: la vida entera.

Amos Oz, por su parte, lo sostiene con elocuencia en Contra el fanatismo (Siruela): “Me temo que no hay ningún malentendido esencial entre judíos israelíes y árabes palestinos. Los palestinos quieren la tierra que llaman Palestina. Tienen razones muy poderosas para quererla. Los judíos israelíes quieren exactamente la misma tierra por exactamente las mismas razones, cosa que entraña al tiempo un profundo entendimiento entre las partes y una tragedia terrible”. La tierra es el meollo. En este pequeño ensayo, Oz no se anda por las ramas y atiende de frente el problema del “fanatismo”, que existe en ambos bandos: “Aunque los fanáticos de ambos bandos hagan lo imposible por convertirlo en guerra religiosa. Fundamentalmente, no es más que un conflicto territorial sobre la dolorosa cuestión «¿De quién es la tierra?»”. Y contra el fanatismo, dice Oz, el sentido del humor y la literatura.

Un ejemplo que podría resultar ilustrativo de la fórmula oziana para combatir al fanatismo es Persépolis (Norma), el cómic ya clásico de la escritora y dibujante iraní Marjane Satrapi, y primer cómic salido de Irán en la historia. El título remite desde luego a la vieja capital del Imperio persa, que a golpe de invasiones, conquistas y resistencias adoptó el islam, pero “el islam de los vencidos”, dice David B. en la Introducción: “Vencidos, los persas adoptaron el Islam, pero un Islam de los vencidos, un Islam subterráneo, esotérico y revolucionario: el chiismo”. Dotada de un talento más que conocido en el mundo, la Gran Dama del Cómic logró condensar la virulenta historia de la Revolución Islamista de 1979 que llevó a su país a un régimen totalitario de corte religioso lleno de prohibiciones y mucha sangre, y transmitirla con cargas de emotividad y humor dosificadas a la perfección. Satrapi nos lleva de la risa al llanto y a la conmoción en apenas unos cuantos trazos. La película, por cierto, no desmerece para nada a la versión historieta.

Traer a colación a Marjane Satrapi obliga a pensar en una cosa, en ese otro prejuicio que hace ver a las mujeres del Oriente de mayoría musulmana como completamente carentes de poder personal. Como seres inanimados sobre quienes deciden siempre, invariablemente, perversos varones fanáticos. Persépolis sirve para comprender ese proceso, pero también para conocer historias de mujeres a quienes sus padres ayudaron a eludir la cruel hostilidad del islamismo radical.

O Malala Yousafzai, la adolescente que obtuvo el Premio Nobel de la Paz en 2014 por su labor como promotora y defensora de los derechos de las niñas a estudiar en su natal Pakistán, que casi le cuesta la vida. “La niña que desafió al Talibán” y fue atentada en 2012, no lo desafió sola, junto a ella tuvo siempre a su padre, quien la alentó a explotar sus dotes oratorias y se hizo acompañar de ella a asambleas de varones, tal como lo cuenta ella misma en Yo soy Malala (Patria). Y con quien ahora comparte exilio en Inglaterra. Contrario a lo que muchos quisieran creer, Malala no reniega del islam, no sólo no lo hace, se refiere todo el tiempo al Corán y con enorme respeto. Su autobiografía transpira compasión, una compasión que es religiosa y que es humana.

A esta región se la llamó Oriente Próximo por estar más próxima al Mediterráneo, es decir, a Occidente. ¿Cómo se llaman a sí mismos?, ¿quién es quién y cómo han llegado a serlo? ¿Cuáles son sus singularidades? Historia, literatura, humor: la cura contra el fanatismo, pero también contra la ignorancia. Las cercanías son tramposas: tan cerca, tan lejos.

Por isaura leonardo

MasCultura 16-mar-17

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