Púlsares del confinamiento: dos poemas de Gabriela Cantú Westendarp

Púlsares del confinamiento: dos poemas de Gabriela Cantú Westendarp

06 de enero de 2021

El cuerpo como espacio donde se expresan y manifiestan las percepciones y las emociones, dicho a través de ciertos ejes vitales: el erotismo, el dolor, los afectos, el insomnio, el paso del tiempo y la constante búsqueda de sentido, es el magma de la poesía de Gabriela Cantú Westendarp.

Es decir, hablamos del cuerpo como reflejo de un mundo interior, de una mirada introspectiva donde lo emotivo se traslada a una reflexión filosófica y donde la realidad física se encuentra con la posibilidad existencial. Por ejemplo, la materia que se deteriora en el tiempo desata una meditación en torno a nuestra finitud. Estos aspectos se encuentran presentes en los poemas que aquí mostramos. Un mal invisible, pero real, nos recuerda mayormente nuestra condición efímera y agudiza la angustia del ser y la conciencia del tiempo. Asimismo, el cuerpo confinado, el aislamiento, casi como única arma frente a este mal, trae como consecuencia la puesta en vilo de nuestra razón, de nuestros quehaceres e incluso de nuestros afectos ante la imposibilidad de acercarse a los seres amados.

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Taquicardia

Gabriela Cantú Westendarp

En algunos lugares dictaron toque de queda,

pero lo inmediato no son los misiles ni las armas ni los chalecos antibala

lo que urge son las caretas, el jabón, el alejamiento.

Nos instan a vivir como viven los topos, encerrados

bajo tierra, o como los osos en la Antártida que no buscan

mayor compañía que la propia.

Después de semanas de aislamiento

comienza la confusión,

vemos una silueta humana encarnando en la lámpara

o un rostro en el cojín sobre la cama.

La realidad nos lleva a diversos estados:

realizamos viajes de reconocimiento sobre el terreno más íntimo,

sentimos temor de las criaturas microscópicas

y nos quedamos más tiempo quietos como haciendo homenaje a las estatuas.

Algunos días rodamos como carretas antiguas y pensadas,

vamos de una ciudad imaginaria a otra en medio de la sala, la recámara o la cocina.

Los espacios se encogieron,

Los medios informativos dicen que todas las ciudades están aquí,

dentro de casa, Wuhan, New York, toda Lombardía, Ciudad de México.

El mundo en su gran futilidad se muestra

frágil como una telaraña que quitamos de un escobazo.

Los planes fuera de casa no tienen ahora cauce,

volvemos a nuestro ser más primitivo,

a nuestras necesidades primeras

a nuestras esquinas más oscuras,

volvemos a las lanzas, las piedras, las cuevas como nuestros antepasados.

Vamos en fragatas pero sin movernos, halando pero sin avanzar,

trabajamos músculos que no sabíamos,

músculos que pasaban inadvertidos en alguna parte del terreno.

Parece que retrocedemos

revisamos el mapa una y otra vez, los planos, los croquis, las imágenes

nuestra propiedad, toda ella, nuestra casa

nuestro espacio que se reduce a un cuerpo frágil como el mundo

como la esfera azul que se ve desde el espacio

según los programas sobre el cosmos

una nada que corre en la vía láctea

y que sin embargo nos contiene y la contemos dentro

yo la siento en el pecho

azul, roja, la esfera en el centro del torso

en el centro del pecho

en el corazón donde una serie de taquicardias leves pero persistentes,

piquetes que insisten en recordarme algo:

un vida pasada o una por venir.

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Un pájaro asustado

Se percibe cierta tristeza esta mañana,

los padres no besan a los hijos, los hijos no besan a sus padres

la gente decidió sellar sus labios dentro y fuera de casa

con la ilusión de que no le entre las partículas venenosas

que posiblemente anidan en el cuerpo del vecino, del compañero de

oficina, del extraño que va a su lado en el transporte

o incluso dentro de sus seres amados.

Ante esta realidad mi corazón es un pájaro pequeño y asustado

pero que no cesa de buscar la dulce luz

que tarde o temprano alumbrará su casa.        

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Gabriela Cantú Westendarp (Monterrey, Nuevo León, México, 1972).

Ha obtenido, entre otros, el Premio a las Artes UANL 2020 en Artes Literarias y el Premio Nacional de Poesía Ramón López Velarde en 2012. Es Máster en Ciencias con Especialidad en Lengua y Literatura por la UANL. Fue Directora General Adjunta del Instituto Nacional de Estudios Históricos de las Revoluciones de México y Directora de Difusión Cultural de la Universidad Metropolitana de Monterrey. Entre sus libros de poesía se mencionan El Efecto (2006), El filo de la playa (2007), Naturaleza muerta (2011), Una flama de seda como la nada (2018), y la antología Un niño albino cruza la calle (2109). Su libro Material peligroso (Hiperión, 2015; Uniediciones-Casa de Poesía Silva, Colombia, 2019), ha sido traducido al inglés por Lawrence Schimel (Dangerous Matter  –UANL-Literal Publishing–, 2019). +


Curaduría y presentación de textos por Claudia Posadas.

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