Pronombres andróginos

Pronombres andróginos

18 de noviembre de 2020

Itzel Mar

De pronto, quedé sumergida en la insistencia de sus ojos. Existía un laberinto en ellos. Me miraba como quien somete pero se rinde, como quien acomoda astromelias en el florero, como quien no sabe existir los domingos por la tarde. La distancia entre nuestros cuerpos –quizá unos dos metros y medio– parecía acortarse en la medida en que continuábamos contemplándonos. En un primer momento intentamos disimular, pero fue en vano y, entonces, ya nada nos distrajo de mirarnos: ni el estruendo de la gente que entraba y salía del vagón donde viajábamos, ni el pitido dando aviso del cierre de puertas.

Su rostro, un óvalo perfecto. Tenía la piel blanca, lozana. Bajo unas cejas abundantes y perfectas, la redondez de los ojos. El cabello, castaño, muy corto. Me inquietaron sus manos: demasiado grandes para pertenecer a una mujer, pero poseedoras de gran sutileza en el movimiento de las falanges como para ser de un hombre. El atuendo: pantalones de mezclilla deslavada, tenis, camisa ancha de lino negro y una bolsa cangurera apenas sostenida por los ilíacos. En ese momento me sorprendí agitada, emotiva.

Unos segundos después, ese ser de de complexión delgada, edad incalculable y belleza al estilo David Bowie o Tilda Swinton, desapareció entre el alboroto de las personas en tránsito. Por la noche recordé el suceso. Me sentí atractiva ante la mirada de ese varón, complacida por haber seducido a una mujer, agitada y emotiva ante esa única presencia: la de ambos. El calor me galopaba en el cuerpo entero. En el entero cuerpo.

La belleza de los andróginos es inmaterial. Proviene de la aspiración a los estados sublimes, trascendentes. Sí, belleza como forma de la nostalgia. En El banquete, Platón asevera que, “en otro tiempo, muy diferente a lo que es hoy”, los dioses dotaron al hombre con un cuerpo esférico, incluyente, constituido por los dos sexos.

Dicha redondez confería cualidades superiores, como vigor y poder. La insolencia de ese andrógino perfecto provocó el castigo divino. Entonces, esos seres plenos fueron partidos por la mitad y mezclados. Desde ese momento, insistentemente, buscan al otro que les falta. En diferentes culturas, el pensamiento humano ha configurado la existencia en torno a la dualidad: día-noche, razón-impulso, cielotierra, activo-pasivo, masculino-femenino. El principio filosófico chino yin-yang afirma la existencia de dos fuerzas opuestas, pero complementarias y esenciales que conforman el universo. En algunos monumentos egipcios aparecen divinidades hermafroditas relacionadas con el mito del nacimiento, como en el pedestal de uno de los colosos de Memnón.

En ciertas doctrinas hinduistas, las naturalezas masculina y femenina se representan unidas en la divinidad; como es el caso de Ardha Naríswara, encarnación hermafrodita de Shiva, una escultura resguardada por las grutas de la isla Elefanta, cerca de Bombay, en el mar de Omán. En Mesoamérica, el dios Quetzalcóatl o Serpiente Emplumada, también conocido como Gucumatz para los quichés de Guatemala, Kukulkán para los mayas y Ehécatl para los huastecos de la costa del Golfo, es considerado el creador del mundo y de la humanidad, de los vientos, la lluvia y el aprendizaje; también representa la dualidad.

David Bowie

Tilda Swinton

La androginia es una propuesta estética, corporal, que enaltece la reivindicación de la diversidad. En el siglo XIX, bajo el yugo victoriano, se instaura como una forma de resistencia y utopía, como una manera de crear. Y la literatura, por supuesto, incursiona en esta revolución. Destacadas escritoras decimonónicas decidieron vestirse como hombres para acceder a los espacios reservados a lo masculino, como los clubes y las bibliotecas. La biología comenzó a ya no determinar el destino en lo que a identidad se refería.

Firmaba como George Sand. Su nombre verdadero fue Aurore Dupin. Nació en París en 1804. Fumaba, vestía pantalones, escribía novelas y artículos periodísticos. La acusaron de “agitadora cultural”. Vivió apasionadas relaciones amorosas con importantes personajes como Fréderic Chopin, la actriz Marie Dorval y el poeta Alfred de Musset. Escribió más de cien novelas. Entre sus obras destacan Indiana, Historia de mi vida, Mauprat y Valentine.

En todo viaje se cumple también un recorrido interior. Isabelle Eberhardt lo sabía y dedicó su vida al asombro de explorar el norte de África. Vestida como hombre y haciéndose llamar Si Mahmoud Essadi, logró adentrarse con libertad en la cultura árabe y vivir como nómada. Se convirtió al Islam y se unió a una hermandad sufí que llevaba a cabo acciones humanitarias y luchaba contra los colonizadores franceses. Se casó con Slimane Ehnni, un soldado argelino. Escribió reportajes y los libros Novelas argelinas, Diarios de una nómada apasionada y A la sombra del Islam. Murió en una inundación a los 27 años, en Argelia. Y fue enterrada con su nombre árabe, según el rito islámico. Apuntó alguna vez: “Un nómada seguiré siendo, enamorado de lugares distantes e inexplorados”.

Ya en los inicios del siglo XX, Virginia Woolf, alimentada por las teorías de Freud y Havelock Ellis –quienes postulan la latencia hermafrodita en ambos sexos–, planteó la potencialidad de una “inteligencia andrógina”. En sus obras Orlando y Una habitación propia, proclama la libertad indivisible e incandescente de una conciencia global. Únicamente desde ese territorio es conquistable la totalidad de lo que puede atestiguar lo humano. +

George Sand

Marie Dorval

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