Pata de mono

Pata de mono

02 de noviembre de 2020

Anthony Kelly 

Jennifer trabajaba en Penny’s. Era un gran trabajo. Siempre estaba ocupada y trabajaba con mucha gente joven. Siempre podía conseguir la mejor ropa y cosas como toallas de algodón egipcio y los últimos jeans. También amaba a los clientes. Venían de Malta o de Finlandia para conseguir sus atuendos, llegaban con maletas vacías y volaban a casa con bolsas de ropa extra.

A veces, la calle Henry podía ser un poco sombría bajo la lluvia, pero estaba surgiendo como tendencia en Instagram. Estilistas y modelos deportivos venían desde México y Taiwán para obtener el estilo de Dublín. Les encantaban los grandes ojos de color azul irlandés y la piel pálida, lo natural y lo auténtica que era la gente. A Jenny también le encantaba ir de compras. Adquiría piezas aquí y allá, en TK MAX, en H&M y Bershka, pero era más común ir a St. Vincent De Paul o en Simon Community.

Vivía en una habitación pequeña con vista a la carretera norte. Justo a la vuelta de la esquina había un aserradero, junto al Parque Phoenix. A ella le encantaba. La efervescencia de Dublín ocurría justo ahí. La gente simplemente vivía y hablaba en voz alta.

Dublin era joven, estaba llena de gente joven y el lenguaje era fluido. No te servían en los bares si usabas pantalones deportivos. Ella nunca tuvo problemas para usar pantalones de yoga, pero tal vez sí con quienes los usaban.

Estaba comprando en la calle Camden ese día, mirando collares y joyas. Buscaba una pieza que le gritara, pero sus ojos se distraían con los dulces de plástico en forma de ojos. Le encantaban los diamantes de imitación, cerca de la estatua de Molly Malone y Jenny Vander’s en la calle Drury. Quería piezas vintage especiales, pero no pudo encontrar nada que le gustara.

Encontró una pieza perfecta en el segundo piso del Powerscourt Center. Ahí había una pequeña tienda de curiosidades y antigüedades dirigida por una encantadora dama china.

La pieza parecía una pequeña mano humana, pensó que era muy extraño. “Es tan pequeño”, dijo, “¿es la mano de un enano?”. “No es una mano humana”, dijo la señora.“Es de un tipo de mono, momificado. Era de una finca de soldados ingleses, encontrada en un ático. Descartada, nadie lo quería.”

Jenny tenía debilidad por las cosas tristes y miró el precio. Vio un hermoso sombrero, parecía un viejo sombrero de terciopelo de asistente de cine, tenía un toque burlesco.

“Te doy un buen precio por los dos”, dijo la señora y Jenny sonrió. Se llevó las dos cosas. La manita era un poco morbosa.

Pero alguien había adjuntado un clip y ella podía adjuntarlo a su teléfono. Se sentía un poco oscura y peculiar, pero completaba su aspecto, su cabello parecía extra rizado y sus ojos más brillantes.

Se sentía tan bien: traviesa pero agradable.

Continuó con su día. Todos parecían sonreírle y estaba teniendo un día encantador.

De repente, un mensajero en bicicleta, probablemente una mula de la droga, cortó el tráfico y se desvió y tiró a Jenny al suelo, se raspó las rodillas y la palma de las manos. Le dolía mucho.

Ella gritó, el mensajero se puso de pie, recogió su bicicleta y le gritó groserías.

Estaba tan adolorida que le contestó de igual manera. “Vete a la mierda, no te escupiría aún si estuvieras en llamas”. Él le escupió y se fue en bicicleta. “¡Qué idiota!”, pensó.

Se arrastró hasta una farmacia donde consiguió toallitas para las manos y algo para sus raspones. Estaba llorando y un par de señoras se acercaron a ayudarle. La chica detrás del mostrador, miró a Jenny. “¿Qué diablos te pasó, bebiendo de nuevo?”. Jenny estaba enojada y le respondió bruscamente: “Tu cara…, la última vez que vi una así tenía un gancho atravesado”. La chica se puso pálida y Jenny pagó al salir.

Se detuvo en la calle St. William y tomó una copa de vino en Alfie’s. Sus rodillas y muñecas estaban en llamas. Le dolían, las lágrimas corrían por su rostro y el delineador de ojos junto con ellas.  “Hola, Jenny” dijo Brian, el chico que le había roto el corazón.

Tenía  el cabello rubio, ojos verdes y cara de cachorro. Habían sido amigos desde la infancia. Él la había ayudado a retocar algunas fotos y se habían acostado un par de veces.

Tomó las fotos, dijo que eran suyas y entró al mundo de la moda, junto con todas sus chicas flacas.

“Ve a jugar con una excavadora y déjame en paz”, dijo arrojándole lo último de su bebida en la cara. La gente se rio y él la maldijo. Ella pidió otra copa.

Luego encendió un cigarrillo y entró a su Instagram. Apenas podía sentir sus manos.

De regreso al trabajo, se detuvo en un puesto de comida india para comprar una Samosa.

Lo dirigía una anciana con una gran sonrisa, tan pronto como vio a Jenny supo que algo andaba mal.

“¿Qué pasó?”, dijo. “Un mal día”, respondió Jenny. La mujer señaló su teléfono, “Malévolo”. “¿Mi Samsung?”, dijo Jenny. “La pata del mono”, respondió la señora. Jennifer caminó de regreso al trabajo, vio al ciclista que la había atropellado antes, estaba encendiendo un cigarrillo. Prendió una y otra vez hasta que se encendió, explotó en su cara incendiando su cabello y ropa de plástico.

Jennifer gritó y cayó. Se sintió enferma.

Vio a la dependiente de la farmacia que había conocido. La chica extendió la mano hacia una chaqueta. En cámara lenta se resbaló y la percha se retorció y giró. El extremo del gancho entró y salió de la cuenca del ojo. Jenny salió corriendo de la tienda.

Llorando vio a Brian junto a las obras viales. “Brian”, gritó. Él la miró por un largo momento, ajeno a la excavadora,mientras su brazo en forma de garra giraba y le arrancaba la cabeza … +

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