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Mary Shelley: la mujer que creó la ciencia ficción

Mary Shelley: la mujer que creó la ciencia ficción
Jueves 7 de marzo de 2018
Itzel Mar

La realidad es el límite de lo permisible; excederla es perturbador: desasosiego exquisito, el inicio de los asombros. De eso se trata crear. Poner en riesgo la mirada, extenderla más allá de sus posibilidades, hasta que se rompa. Dice la autora de Frankenstein (Akal), Mary Shelley:

La invención, tenemos que admitirlo humildemente, no consiste en generar de la nada, sino del caos.

Qué atrevimiento ser mujer en un universo tramado por los hombres, tener diecinueve años en la Inglaterra puritana del siglo XIX y convertir en palabras lo que no tiene nombre. El mundo al revés: la voz de una adolescente osada horroriza las buenas conciencias. Su narración fantástica conduce al lector por sendas prohibidas y afanes tenebrosos; lo lleva a experimentar una entrañable simpatía por el personaje principal de la novela: una criatura deforme, de dos metros y medio de estatura, tez amarillenta y ojos casi sin color; engendrada con restos de cadáveres y descargas eléctricas. Lo desconocido, ensamblado con pedazos de realidad.

Más aún, Mary Shelley escribe un extraordinario relato, por excelencia polisémico, que tiene tantas lecturas como lectores. En el plano literario, acierta al utilizar una narrativa mixta (cartas, testimonios, monólogos), de tono gótico: alucinante e imaginativo; con una construcción certera de sus personajes. El argumento es rítmico y de una enorme seducción, debido a esa fuerza oculta que surge del dolor y le impide al lector distraerse o abandonar el texto. En un segundo plano, aparece la reflexión existencial llevada a sus últimas consecuencias. Mirándose al espejo, nos pregunta la criatura del doctor Frankenstein: ¿debe imponerse límites a la ciencia?, ¿qué es lo intrínsecamente humano? Apunta Guillermo del Toro:

La parábola se usa para iluminar la mente, para alumbrar el conocimiento, pero Shelley la emplea para medir la profundidad de nuestra desesperación cósmica: la soledad esencial de nuestra existencia.

Y en un plano más profundo, la autora apunta hacia el inconsciente del lector y logra que éste participe como otro protagonista de la historia. Irremediablemente, al leer las páginas del libro, uno puede sentir la piel quemada por el frío sobre el frío, y se apropia del miedo y la marginación del protagonista, que evocan, por supuesto, los propios. Imposible no ser empático con el magnífico monstruo sin nombre; imposible no acompañarlo y no convertirse en él y en su furia. Fraternal y catártica alteridad que surge de la textura de la trama.


El cuerpo del monstruo es transfiguración y, por lo tanto, su razón de existir también lo es. De esta forma surge la primera obra de la ciencia ficción contemporánea.


Mary Shelley nació el 30 de agosto de 1797, en Londres, y murió en la misma ciudad en 1851. Hija del filósofo William Godwin y de la feminista y escritora Mary Wollstonecraft, fue criada por su padre, debido a que su madre falleció por una fiebre puerperal, poco tiempo después de nacer ella. Vivió una infancia solitaria por el trato distante que tuvo con su padre. La cercanía con el dolor, el rechazo y la pérdida influyó intensamente el desarrollo de su obra.

Así, en el feroz destino que le reserva Shelley a la criatura de su más exitosa novela, se percibe un discurso íntimo, nacido de la experiencia propia, de la relación entre su cuerpo y el mundo:

Vi cómo se marchitaba y acababa la belleza; cómo la corrupción de la muerte reemplazaba la mejilla encendida; cómo los prodigios del ojo y del cerebro eran la herencia del gusano.

El escenario histórico en el que fue concebido Frankenstein provoca, inevitablemente, una inagotable admiración por su autora. A finales del siglo XVIII y principios del XIX surgió un movimiento ideológico que pretendía contrarrestar el racionalismo y su densa estela: la industrialización. Así nació el Romanticismo, como una filosofía de lo sensible en contra de la arrogancia de la ciencia y la simetría del mundo mecanizado. El auge de las maquinarias que multiplican el trabajo y la producción cambió por completo el concepto de persona: el ser necesitaba revelaciones y reivindicar la emoción. El deseo, las pasiones y la melancolía inundan de sentido la música y la literatura. La frase de Descartes, “pienso, luego existo”, es desacreditada, y en su lugar surge: “Siento, luego existo”. Los románticos polarizan las creencias: la razón ya no alcanza para proclamar lo humano.

Con su fantástica novela, Mary Shelley nos impone una abrupta ruptura con lo cotidiano, un quiebre en nuestra noción de proporciones. El cuerpo del monstruo es transfiguración y, por lo tanto, su razón de existir también lo es. De esta forma surge la primera obra de la ciencia ficción contemporánea.

Este nuevo género literario propone ya no solo representaciones del mundo sino su transformación. Lo trascendental ya no es lo existente sino lo creado; y la palabra, probablemente, el margen mayor de creación que posee el hombre, como sugiere Roberto Juarroz.

Cursaba el segundo grado de secundaria cuando leí por primera vez Frankenstein. Recuerdo, perfectamente, haber sentido una profunda tristeza al llegar a las líneas finales: “Saltó desde la ventana del camarote sobre la balsa de hielo que había cerca del barco. Las olas no tardaron en arrastrarlo y se perdió en la oscuridad y en la distancia”. Lloré por esa criatura —que extrañamente me parecía bella de tan familiar—. Lloré porque nos despedíamos y porque, al igual que el monstruo, me supe construida de pedazos. Antonio Porchia afirma: “Herir al corazón es crearlo”. +

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