Los 100 años sin Amado Nervo

Los 100 años sin Amado Nervo
Viernes 24 de mayo de 2019

Hoy hace cien años (1919), el poeta mexicano Amado Nervo, figura del Modernismo Hispanoamericano, murió en Montevideo, Uruguay, a pocos días de haber llegado ahí en misión diplomática como embajador del gobierno de Venustiano Carranza. Tenía 48 años de edad.

Montevideo era entonces una de las capitales de la literatura y la cultura, y el poeta embajador iba con la consigna de calmar la imagen que la Revolución había generado en el exterior.

Nacido en Tepic, Nayarit, el 27 de agosto de 1870, Amado Ruiz de Nervo Ordaz tuvo una vida breve, marcada por tres acontecimientos trágicos: siendo un niño de 9 años, perdió a su padre; años después su hermano Luis se quitó la vida, y la mujer que amó, Ana Cecilia Luisa Daillez, también murió, en Madrid, de modo prematuro. ‘La amada inmóvil’ no fue publicada sino hasta después del fallecimiento de Nervo, pues era un documento íntimo.

Nervo fue sepultado en el Cementerio Central de Montevideo, entre multitudes que acompañaron su féretro hasta esa morada final. El congreso de Uruguay detuvo sus actividades para mencionar su deceso y rendirle homenaje.

Apenas una semana antes, Nervo, junto a su amigo, el poeta uruguayo Juan Zorrilla de San Martín, había presentado sus poemas en el Ateneo de Montevideo.

A pesar de no ser grandilocuente y tan preciosista como se esperaba de un poeta adherido al Modernismo literario que encabezó Rubén Darío, el poeta de Tepic tenía la facultad de retratar, delinear y exponer los sentimientos con una delicadeza y exactitud notables. Se puede decir que, si bien Darío y Nájera eran la mente, Nervo era el corazón que latía al ritmo de las multitudes. Fue un poeta muy popular.

Cobardía

Amado Nervo (1870-1919)

 

Pasó con su madre. ¡Qué rara belleza! 

¡Qué rubios cabellos de trigo garzul! 

¡Qué ritmo en el paso! ¡Qué innata realeza 

de porte! ¡Qué formas bajo el fino tul… 

 

Pasó con su madre. Volvió la cabeza: 

¡me clavó muy hondo su mirada azul! 

 

 

Quedé como en éxtasis… Con febril premura, 

«¡Síguela!», gritaron cuerpo y alma al par. 

 

 

…Pero tuve miedo de amar con locura, 

de abrir mis heridas, que suelen sangrar, 

¡y no obstante toda mi sed de ternura, 

cerrando los ojos, la dejé pasar!

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