¿Por qué no leo todos los libros que tengo?

¿Por qué no leo todos los libros que tengo?
Lunes 12 de agosto de 2019
R. de la Lanza

Tengo un libro del antiguo escritor romano Lucano, titulado Farsalia. Es una esperada reimpresión de una formidable edición bilingüe de aquel magnífico poema épico. Aún recuerdo cuando salí de la librería universitaria cargando orgulloso mi enorme tomo. Lo había esperado y amo la épica. Es el tipo de libro que compro, hojeo con ansiedad y cuando llego a casa lo pongo en el estante para no leerlo nunca.

¿No hace esto todo bibliófilo: comprar libros que nunca lee? Pues no. Resulta que sí he llegado a conocer a personas obsesivo-compulsivas que sí leen de cabo a rabo cada libro que les cae en las manos, sea porque se los regalaron o porque lo eligieron en la tienda. No han sido muchos los especímenes así, pero de que los hay, los hay.

Para ellos, sus lecturas trazan una historia directa de su vida, como una biografía intelectual. Pero si miro mi librero, lo que obtengo es una gran lista de intenciones extraviadas, de sueños juveniles y de intereses que o caducaron o se ahogaron en la tempestad de una nueva aventura. Y así he acumulado muchas novelas, ensayos, antologías y poemarios sin leer.

Pero no es porque no me gusten. Al contrario. Como aún no soy de esos famosos escritores-reseñistas ni periodista-opinador para que las editoriales o las tiendas me envíen cajas y cajas de libros —aquí el adjetivo a destacar es «famoso»—, es importante resaltar que la mayoría de mis libros los he traído yo mismo. O sea, que los he elegido, deseado, anhelado yo. Y hasta los he pagado.

Quizás en algunos casos, como el de la Farsalia —y mis libros de Jo Nesbø, Karl-Ove Knausgård, Thomas Pynchon, Stefan Zweig, Stephen King, Dante, Aristóteles…—, realmente significó más para mí poseer un libro que leerlo, porque mientras su contenido permanezca desconocido para mí, conserva su misterio. El libro no leído es una provocación, una promesa de algo que podría disiparse si me abro paso por el texto.

En cuanto al poema de Lucano, siempre tengo en mi mente y mis apuntes de Literatura Latina la lectura y traducción “al pelo” que nos dirigía mi queridísimo amigo y maestro, el dr. Raúl Torres, quien nos puso a revisar los pasajes de mayor acción en aquella Batalla de Farsalo, que enfrentó a César y a Pompeyo, y que fue la fuente de Goethe para cuando la bruja Erictón (que presenció la lucha en vivo en el siglo I a.C.) describe la fantasmagoria de aquella refriega en la Walpirgisnacht del Fausto.

A medida que crezco, la vida y el espacio limitado me han obligado a comprar menos libros. Pero la sección “para leer más adelante” compuesta por volúmenes retractilados o recién destapados ha ido cediendo paso a mi lista de “Want-to-read” en Goodreads. Lo cual me dice sólo una cosa: el hambre por adquirir los libros no disminuye en forma proporcionalmente compensatoria de lo que me falta por leer, sino que crece exponencialmente sumando lo ya leído con lo mucho por leer.

Y sí: justo ahora estoy saboreándome al menos cinco títulos que traeré en mi próxima visita a la librería, y que de seguro voy a leer “ahí cuando pueda”. +

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