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La progresión creativa de Kate Bush

La progresión creativa de Kate Bush

28 de septiembre de 2020

Gilberto Díaz

Resulta complicado hablar de las aportaciones de las mujeres en un subgénero tan intrincadamente masculino como el rock progresivo. Esto ocurre por el simple hecho de que en la etapa de mayor auge y expansión artística de este estilo musical —los años setenta— se relegaba a las mujeres a un protagonismo mucho más enfocado a la superficialidad de la música pop, repleta de baladas y temas bailables. Sin embargo, no podemos negar la presencia de voces como la de Ann Haslam en la banda Renaissance o la de Sonja Kristina en Curved Air, pero solo eso; y siendo el rock progresivo un subgénero que se centra en el desarrollo conceptual, interpretativo y experimental de la música pop, la figura a la que nos debemos remitir es Kate Bush.

Una introducción a Kate Bush

Comienzo diciendo que Kate Bush es una artista conceptual antes que una compositora de canciones. Dicho de otra manera, detrás de cada composición suya existe una compleja construcción de ideas que toman prestados aspectos de la narrativa, la danza contemporánea y la experimentación musical.

Se puede decir que su talento y creatividad vanguardista están a la misma altura que la de David Bowie y Peter Gabriel, y que a partir de ella o de su éxito, fue posible que otras mujeres se apropiaran del control creativo de sus carreras, alejándose del marketing que antepone “el atractivo visual”, antes que al creador de arte; incluso, alguna vez ella declararía: “La gente ni siquiera estaba consciente de que yo escribía mis canciones o tocaba el piano. Los medios me promocionaban solo como un cuerpo femenino. Era como si siempre tuviera que demostrar que yo soy un artista en un cuerpo de mujer”.

El camino de la artista

El caso de Kate Bush es peculiar. Se trata de un talento prodigioso desde su infancia. A los once años comenzó a tocar el piano de manera autodidacta y a los 16 ya tenía un amplio catálogo de composiciones que no pasarían desapercibidas para su familia, lo que devendría en un demo casero que llegaría por casualidad a manos del guitarrista y compositor de Pink Floyd, David Gilmour.

La misma casualidad la llevaría a ser contratada por la disquera EMI, garantizándole dos años de preparación artística que aprovecharía para aprender expresión corporal con el afamado mimo y coreógrafo Lindsay Kemp ─quien también tuteló a David Bowie─, lo que al final sería fundamental para construir uno de sus sellos más característicos en la naciente era de los videos musicales.

Kate Bush en concierto

La cantante en sus comienzos

La artista en acción

Pero nuestra atención no sólo debe centrarse en cómo Kate Bush comenzó a construir su exitosa carrera, sino en la fuerza creativa que vive en cada uno de sus álbumes, siempre eclécticos y líricos, pues muestran muchas influencias cinematográficas y literarias. Sus referencias a Emily Brontë, a Henry James, a Gurdjieff, y el cine de horror británico de los cincuenta y sesenta, son un ejemplo de las canciones en las que se asume como una narradora que encarna al personaje que las canta.

Por eso mismo a veces resulta complicado descifrar el concepto detrás de algunos de sus temas, en los cuales siempre aborda asuntos oscuros y esotéricos que se combinan con cuestionamientos existenciales. Son producciones que mantienen la fuerza de una idea más allá de su fragmentación críptica, tal vez producto de su conocido gusto por el Ulises de Joyce, y que se volvería mucho más notorio al adaptar el soliloquio de Molly Bloom en una de sus canciones, pero siempre con esa perspectiva que pasa por el filtro de una feminidad honesta y pulverizadora de las convenciones de un marketing sexualizador.

Una industria machista, una artista que no lo es

En una entrevista concedida a la extinta Melody Maker en 1977, Kate dejaba clara la manera de verse a sí misma como artista al afirmar que: “Todas las mujeres tras un piano terminan siendo como Lynsey de Paul o Carole King. Y la mayoría de la música hecha por hombres (no toda, pero si la buena), realmente se prenda de ti. Te pone contra la pared y eso es lo que me gusta hacer. Me gustaría que mi música imponga. No muchas mujeres tienen éxito con eso.”

Los trabajos más significativos de Kate Bush son producto de su complicada relación con una industria musical que muchas veces trató de dominarla, pero que jamás lo logró. Su debut fue con The Kick Inside —un collage de historias que se centran en los claroscuros de las emociones en el despertar de la sexualidad—; Never for Ever, donde comienza a tomar el control de la producción para sentirlo más personal, es el más “progresivo” de sus discos. Ello debido a la correlación que existe entre las canciones y el diseño del arte ─una ilustración realizada por el artista gráfico Nick Price─,  además de la colocación y sentido de cada tema musical interconectado a manera de capítulos.

Álbum “Never for Ever”

Álbum “The Kick Inside”

Never for Ever es una alusión a los conflictos de emociones encontradas, buenas y malas, pero que no permanecen, una idea ilustrada en la portada por una multitud de animales y monstruos que emergen por debajo de la falda de Kate, como una representación de que tanto las cosas positivas como las negativas provienen de uno mismo.

Se podría decir que este trabajo es el resultado de una autocrítica por las decisiones en sus dos discos anteriores, y la madurez resultante de ello como un compromiso con su arte. Bush declararía en alguna entrevista por esas fechas: “A los artistas no deberían hacerlos famosos. Les conceden un aura enorme de cualidad casi divina solo porque su oficio genera mucho dinero. Y al mismo tiempo es una importancia forzada… hecha artificialmente sólo por para que la prensa pueda alimentarse de ellos”.

Reflejo de esta toma de conciencia de sí misma, Bush se referiría a su siguiente producción como el álbum donde “ella se vuelve loca”; The Dreaming sería su trabajo de mayor libertad y experimentación, por la abrumadora presencia de elementos de la naciente música electrónica, y porque plantea un desafío contra las expectativas de la fama. Es en este disco donde profundiza en el tema de la frustración existencial, la búsqueda de conocimiento y la ansiedad que lo acompaña, siendo hasta la fecha la más ecléctica de sus realizaciones.

Podría enfocarme en hablar del éxito masivo que fue Hounds of Love, pero la verdadera razón para hablar de este álbum es el conjunto de siete temas que funcionan a manera de una suite titulada como The Ninth Wave, en referencia al libro Los Idilios del rey del poeta británico Alfred Tennyson, del que Bush explica que trata evocativamente sobre una persona que pasa la noche sola en el agua, de cómo su pasado, presente y futuro vienen a mantenerse despiertos, evitar que se ahoguen, y no se duerman hasta que llegue la mañana siguiente.

Una obra sublime y estremecedora que equilibra los dos aspectos en un punto crítico del éxito del artista: el camino recorrido y el rumbo por recorrer en la encrucijada donde ambos se unen. Después de Hounds of Love el nombre de Kate Bush figuraría junto al de los grandes artistas conceptuales de la música popular del siglo XX. Porque eso es lo que hace un artista: deja su obra para la posteridad.+

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