La frágil mente de los lectores

La frágil mente de los lectores
24 de junio de 2020
José Luis Trueba Lara

Las razones para mantenerlos cerrados o condenarlos a la hoguera son viejas. Algo hay en las páginas de esos libros puede llevarnos al Infierno o provocar acciones espeluznantes. Vista desde esta perspectiva, la mente de los lectores es fragilísima y ellos, en menos de lo que cuento, se pueden creer las historias que pasan delante de sus ojos. La lectura —tenemos que estar de acuerdo— pone en suspenso nuestra incredulidad mientras nos tiene atrapados y los libros, si nos descuidamos tantito, terminan atrapándonos sin que podamos resistirnos. Los ejemplos de la actitud que miraba moros con tranchete son legión, por eso mismo vale la pena que nos detengamos en algunos de ellos: en 1841, en un asustado y sesudísimo artículo publicado por el Semanario de las Señoritas Mexicanas, un tal Isidro Gondra nos cuenta de lo que le sucedió a Cecilia, una joven de quince años que cayó en poder de los peores libros que podían tenerse. Nomás para apantallar a más de tres, va algo de lo que escribió don Isidro:

[…] la lectura de los romances —es decir, de las novelas— exaltaba diariamente la imaginación de la pobre Cecilia, que deseaba vivamente llegar a ser una heroína semejante a aquellas cuyo retrato leía con tanta frecuencia. […] Su espíritu se abatía a medida que aumentaban sus ilusiones… nada, en una palabra, podía distraerla de esa especie de languidez a la que la había conducido el furor de sus lecturas.

El desenlace de esta historia es casi predecible: en un arrebato de locura —según afirma el señor Gondra— la pobre Cecilia intentó suicidarse mientras leía La nueva Eloísa de Rousseau. Una romántica con todas las de la ley no podía actuar de otra manera. Pero, en contra todo lo que pueda pensarse, el suicidio no era el único de los males que asechaban a las mujeres de malas costumbres, Pantaleón Tovar —en Ironías de la vida— estaba convencidísimo que la lectura de novelas era una de las causas que provocaban “la fogocidad y la despreocupación” entre las mujeres que estaban a un pelín de dejar de ser los ángeles del hogar.

Evidentemente, la lectoras que caían en manos de las palabras malditas no sólo eran mexicanas, pues este mal casi era intergaláctico. A finales del siglo xviii, Johann Georg Heinzmann, un librero suizo que era de lo más decente, llegó a las conclusión de que sólo la Revolución Francesa había provocado más desgracias que las novelas y, de pilón, los científicos estaban convencidos de que esos males tenían una clara explicación fisiológica que —entre otros sabios— corrió por cuenta del pedagogo Karl G. Bauer: la “falta total de movimiento” que caracterizaba a las lectoras era la causante de una violentísma erupción de “ideas y de sensaciones”.

Ante estos peligros no había más remedio que meter orden y, a como diera lugar, censurar estas obras perniciosas para las señoritas y las damas que podían terminar arrastrando el apellido por andar leyendo cosas indebidas. Que quede claro, “la lectura [sólo era] una labor benéfica si tenía la meta correcta y se realizaba con el espíritu adecuado”. Las mujeres que leían novelas en vez de misales, libros de cocina y vidas de santos —por sólo dar tres ejemplos de una lista que podría ser casi larga—, eran peligrosísimas para ellas, sus hombres y sus familias.

Por esta misma razón, si las débiles féminas debían ser protegidas de los malos influjos que provocaban algunos libros, los niños también merecerían una especial atención. Sus tiernas mentes —por donde quiera que se le vea— eran tan frágiles y escuálidas como las de las mujeres. Estamos ante un asunto que, en algunas ocasiones, ha provocado acciones donde pocos lo sospecharían. Un ejemplo de ellas es

el odio sagrado

que la literatura infantil ha provocado en varios países. Sus inquisidores, sin ningún asombro de pudor, seguramente podían pronunciar las mismas palabras de Jospeh Goebbels en una de las quemas de libros que ocurrieron en la Alemania nazi: “Esta noche hacéis bien en tirar al fuego estas obscenidades […] [pues] de estas cenizas surgirá el fénix de un nuevo espíritu”.

Los libros para chamacos que se han ganado duras persecusiones y censuras no son pocos: algunas de las novelas de Twain eran vistas de pésima manera, mientras que, en los años ochenta del siglo pasado, los cuentos de la Cenicienta y Ricitos de Oro —aunados a El Mago de Oz— fueron objeto de un juicio en el estado de Tennessee. Los preocupadísimos padres de sus posibles lectores exigían que de inmediato los retiraran de todas las escuelas en medida que ponían en riesgo la formación religiosa de sus hijos. Aunque estos librines tuvieron sus censores, hay uno que hace pocos años llevó las cosas casi al extremo: Harry Potter.

Tras el brutal éxito de las novelas de J. K. Rowling, las persecuciones se soltaron de a deveras: en Nueva Zelanda, Canadá y Estados Unidos, muchos profes retiraron esas obras de los salones. Las quejas de los padres en contra de los libros que hacían una apología de la brujería no podían ser ignoradas y, justo por eso, se limitó su acceso. Por propia voluntad, ningún chamaco podía acercarse a esas páginas azufrosas. Ellos sólo los podrían leer los que presentaran una autorización por escrito firmada y requete validada por sus padres o sus tutores. Sin embargo, lo que pasaba en territorio gringo apenas era una probadita del anatema de a deveras. En 2003, el cardenal Joseph Ratzinger —que en ese entonces chambeaba como Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, es decir, de la institución religiosa que sustituyó al Santo Oficio— le mandó una carta a la socióloga Gabriele Kuby en la cual la felicitaba por las acciones que había emprendido en contra de la señora Rowling: “es bueno que usted —se lee en ese documento— esté arrojando luz sobre Harry Potter, porque éstas son sutiles seducciones que surten efecto imperceptiblemente […] y minas la cristiandad”.

De no ser porque el Index librorum prohibitorum se había dejado de publicar en 1966, seguramente el cardenal Ratzinger lo habría apuntado de la flamígera lista. Si las cosas habían cambiado desde 1564 era un asunto que no valía la pena considerar: eso de andar promoviendo la brujería era algo que sólo merecía las llamas. En realidad,

los niños sólo deberían leer otras cosas,

libros que los llevaran por el buen camino y que no los convencieran de que la magia y el mal podían triunfar en este mundo. Lo curioso de estas censuras es que —en la mayoría de las ocasiones— no se dirigieron en contra de los varones: los clérigos más sesudos podían leer las obras que estaban en el Index librorum prohibitorum, los hombres del siglo xix podían entrarle a las novelas francesas y soñar que se encontraban con la señora Bovary que estaba más que dispuesta a darle vuelo a la hilacha. Es obvio, los hombres —según esto— podían distinguir entre la realidad y la ficción y. obviamente, su capacidad para dejar en suspenso su incredulidad era limitadísima o casi inexistente. Su mentes eran fuertes y no se doblegaban ante el canto de las sirenas que botaba de las páginas.

A lo mejor todo esto es cierto, pero la mera verdad es que yo no tengo una mente tan fuerte: las novelas me obligan a apagar la incredulidad, mi cuerpo se mantiene quieto mientras mis ojos recorren las páginas y, por supuesto, cuando estoy quieto y leo, soy presa de una violentísma erupción de “ideas y de sensaciones”. Quién quita y en un descuido los censores estaban equivocados y lo que les pasaba a las mujeres y los niños también nos pasa a los varones que peinamos canas.+

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