La culpa como perversión. Entrevista a Ray Loriga

La culpa como perversión. Entrevista a Ray Loriga

El nublado y borroso recuerdo de un fatídico sábado se convierte en una tortura infernal un inopinado domingo 25 años después, en la nueva novela de Ray Loriga, quien nos compartió en entrevista lo que se propuso explorar en Sábado, domingo.

Jueves 4 de abril de 2019
R. de la Lanza

Federico es un adolescente inseguro, tímido y quizás excesivamente normal. Vive a la sombra de Chino, su amigo popular, ligador y tramposo, con el que suele salir de fiesta los fines de semana. Pero este sábado el plan cambia un poco; antes de ir a la fiesta de despedida de Virginia, la prima de Federico, que parte a estudiar en La Sorbonne, los chicos hacen parada en un Vips, donde conocen a una mesera descomunalmente hermosa, que acepta irse con ellos al final de su turno.

Así, después de la fiesta de despedida, Chino y Federico recogen a la mesera, y entonces todo se vuelve extraño en la mente de Federico quien, molesto por ver a Chino emprender una más de sus conquistas —a expensas de la billetera de Federico—, y traicionado por un blackout causado por su epilepsia, apenas alcanza a ver y escuchar los elementos de una escena criminal: gritos de la mesera pidiendo ayuda mientras está encerrada con Chino, el ruido de un disparo y sangre en el piso.

Pasan 25 años y Federico ha logrado vivir lejos de Chino y esconderse de su responsabilidad en aquella noche fatídica. Pero entonces, en un domingo casi normal, al llevar a su hija a una fiesta, Federico se topa con rostros que había dejado en el lejano pasado, y que lo ponen de cara a su culpa. ¿Es el pasado exigiéndole cuentas después de tantos años?

Tal es el argumento de Sábado, domingo, la más reciente novela de Ray Loriga, publicada por Alfaguara. El ya ganador del Premio Alfaguara de Novela en 2017 por Rendición nos concedió la oportunidad de platicar con él sobre este nuevo título y las peculiaridades de su temática: la culpa y la incertidumbre.

“Es una narración a dos voces, diferenciadas con más de 25 años entre ese sábado y ese domingo —nos dice Ray Loriga—. Me interesaba como experimento literario, pero también como novela, contar la misma historia con dos voces distintas, que son del mismo sujeto, pero que el tiempo ha transformado, y lo ha transformado tanto como a la propia narración”.

¿Qué pasó ayer hace 25 años?

A pesar de que Federico no sabe qué pasó aquella noche de su adolescencia, lo que sí sabe es que fue terrible, y que él tuvo un papel importante. Pero todo queda ahí, porque su inconciencia epiléptica han puesto un velo entre él y la realidad. La intención de esta novela es claramente “que el lector pase por el mismo viaje que pasa el narrador —como explica Loriga—, es decir, toda esa angustia que lo arrastra hasta descubrir la gran duda que le infunde la culpa. El protagonista se sabe culpable, por principio, de no haber querido saber qué sucedió en ese maldito sábado, por miedo a estar involucrado, incluso por omisión, que es también la culpa de no haber evitado que sucediera algo muy escabroso, un crimen. Entonces él, durante muchos años pretende estar ajeno a esa investigación y, al final, ese domingo maldito tiene que encararse con la verdad”.

La narración en primera persona, aderezada del monólogo interior en ambas partes, muy diferenciadas en estilo y en intensidad, logran hacer que el lector se sienta muy involucrado. Es imposible ignorar que las culpas que uno lleva tienen ese efecto destructivo que, por muy inocente que sea, al menos nos alejan de circunstancias lindas o al menos favorables en la vida:

“La novela es una indagación sobre el peso de la culpa —explica el autor—, sobre la duda no resuelta, sobre la huida como método ¡falible!, porque uno no puede, por mucho que lo intente, engañarse a sí mismo. Como dice el narrador, llega a necesitar saber, sea para mal o para hallar una posible absolución, pero necesita solucionar ese nudo que ha marcado toda su vida”.

Además de la epilepsia, como trastorno neurológico, en la novela aparece el elemento de la enfermedad mental haciendo sombra sobre todo el actuar y el pensamiento de Federico, pues su hermano padece esquizofrenia, y ello aporta un ingrediente peculiarmente interesante en la narración.

“La epilepsia es una enfermedad neurológica crónica —se sincera Loriga—, pero no mortal ni degenerativa. Yo la sufro y aunque no te afecta mentalmente, como algo psicológico, están esos blackouts, momentos borrados de tu cabeza, y eso genera un gran desconcierto, como al protagonista. Pero, en efecto, el asunto de la esquizofrenia de su hermano es algo que sí ha marcado su infancia y su miedo a las enfermedades mentales, que afectan virulentamente a la personalidad, aunque no tiene nada que ver con la que él padece”. 

El amor verdadero… y perverso

Y es que Federico, además de todas las circunstancias que lo atormentan, está perdidamente enamorado de su prima, con lo que se termina de reconocer como extraño, solitario y destinado a lo peor.

Este motivo freudiano, casi arquetípico, reflejo quizás de cierta pulsión de incesto, de endogamia, aparece también como un potente detonador de sentimientos culposos, por si acaso hicieran falta en la atormentada alma del protagonista:

“Él va descubriendo hasta qué punto está enamorado de ella —explica—. Al principio es una confianza absoluta, es su única amiga, es la única persona que le cae bien, con la que hay buena onda. Y conforme van pasando los años, con esa elipsis en medio, su situación no ha cambiado. Cuando tiene necesidad de saber algo de sí mismo acude a su prima y se da cuenta de que está profundamente enamorado de ella”.

Una voz traída del pasado

Con Federico, Loriga revivió la voz de un personaje de su primera novela, Lo peor de todo (Alfaguara), es decir, volvió la vista hacia el pasado tal como lo hace Federico al tener que recordar un sábado de su adolescencia, desde su mediana edad.

“Volví a esa voz porque me gustaba —se exculpa Loriga—, y la necesitaba para contar esta historia a dos tiempos, y siendo otro personaje y otra historia, pero tiene elementos comunes con esa voz de aquel adolescente de Lo peor de todo. Y no sabía si me resultaría natural volver a ella casi 30 años después, y lo cierto es que sí funcionó. Era como si la voz estuviese esperando para ser otra vez utilizada”.

Porque si bien es cierto que la creación se desprende de su autor para llevar una vida que ya no depende de él, también lo es que esa creación será siempre suya y, en muchos sentidos, el autor siempre será su autor: será aquella fuerza demiúrgica gracias a la cual existe la obra, será responsable de ella, será culpable de ella.

La perversa culpa

Y la culpa es, pues, un elemento de la condición humana. “Sí. En gran medida, sí —aquí, lejos de pontificar, el Ray Loriga de a pie, uno no tan elevado como el escritor al que acompaña su renombre, comparte lo que parece tener tintes de hallazgo casi trágico—, uno podría pensar que la culpa era propia de nuestra formación judeocristiana, para hablar de aquellos que somos de países que, aunque no necesariamente practicantes de religión, sí son pueblos que participan de la idea de que la culpa nos persigue. Pero me di cuenta de que está en prácticamente todos los seres humanos esa idea de tener de enfrentar responsabilidades entre causa y efecto y, a veces, al no ser capaces de hacerlo, algo, un retén de la mente nos obliga a solucionar esas supuestas culpas que podemos arrastrar”.

Ray Loriga está en el inicio de su gira de promoción de Sábado, domingo, y espera venir pronto a México, aunque ya lo acompañan la ideas para una nueva novela: “Estoy todo el día de viaje y aún no tengo muy claro por dónde voy a tirar [la nueva historia], aunque sí tengo ya una idea. Espero que nos veamos pronto allá”.+

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