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La cuarentena y El último en morir, entrevista a Xavier Velasco

La cuarentena y El último en morir, entrevista a Xavier Velasco

09 de febrero de 2021

Cuando decidí encerrarme, me entró el pánico: “¿Qué voy a hacer con tantas horas y tanta incertidumbre?”. Entonces me inventé un trabajo. Llamé a Arturo PérezReverte, que tiene un sitio web, y le dije que quería hacer un diario de cuarentena y publicarlo con él. Hablamos. Le gustó la idea. Nos pusimos de acuerdo, y comencé a escribir todos los días, lo cual era una temeridad porque estaba terminando El último en morir. Me faltaban como 50 páginas y no tenía ningún motivo para hacer otra cosa, pero no quería dejar ir esta oportunidad. Prefiero estar saturado a estar mirando el cielo y volviéndome loco: mirando los noticieros, checando Twitter y peleándome con gente. No quería desperdiciar la cuarentena de esa manera. Entonces decidí comprometerme con un trabajo los siete días de la semana, trabajando domingos, trabajando todo el tiempo. Y, aparte de todo, el libro que estaba terminando tenía que ver con el quehacer de novelista. En él hablo de lo poco que creo en la superstición, de lo mal que me cae la superstición. No iba a imponerme la superstición de que sólo podía trabajar en un proyecto.

 El asunto es que yo tenía trabajo a las tres de la mañana, mientras que la gente dizque descansaba con la cuarentena. Yo seguía escribiendo: mi esposa a un lado roncando, y yo en la cama del perro escribiendo. Así me pasé una parte de la pandemia. Cuando terminé El último en morir, no pude seguir con el diario: tenía que corregir y tenía que entender qué diablos había escrito. Eso es lo que te digo que pasa cuando terminas una novela: no sabes qué escribiste. No sabes dónde están las partes, qué quitaste, qué añadiste. Tienes mucho miedo. Sientes que por todos lados metiste la pata. Dejé el cuarentenario y ya me dediqué a este libro.

Siempre que termino un manuscrito tengo una enorme inseguridad. Yo terminé el 24 de junio. Empecé a revisar y corregir para poder conciliar el sueño. Cuando corrijo 40 o 50 páginas, digo: “Mira, no está tan mal”, y me duermo. Al día siguiente, despierto con la inquietud de “todo es un caos, nada va a quedar bien, esto es una porquería”, y otra vez a corregir. Es decir, lo veo con los peores ojos posibles, y poco a poco me voy tranquilizando conforme corrijo, arreglo y voy viendo los acabados. Soy muy paranoico, muy neurótico, porque me da mucho miedo dejar un cabo suelto. Por eso le hablo a mi editor a medianoche para decirle: “Tengo que cambiar algo”.

El último en morir es el más personal de mis libros. Es donde todos los demás pasan lista. En ningún otro hablo de mis demás libros; en éste sí. Yo escribí dos novelas de inspiración autobiográfica —Éste que ves y La edad de la punzada—, pero ahí hablaba de mi infancia o adolescencia. Hablar de tu madurez, y hacer una confesión de madurez, es hablar con la inmediatez de ti mismo. Sabes que tienes que mostrarlo todo: que te la tienes que jugar. Y cada página se siente sosa, pues tienes la obligación de darle fuerza. ¿Cómo le darás fuerza? Desnudándote, sobre todo en una novela autobiográfica. Ésta fue una experiencia completamente nueva. Además, cuento la historia en dos tiempos: de 2009 a 2020, y de la mitad de los ochenta para adelante.

Estos planos van dibujando una semblanza, un homenaje, una declaración de amor al oficio de la escritura. Pero al mismo tiempo se cuenta la aventura desde que dices “voy a ser novelista”, y no sabes en la que te metes, y la cantidad de fracasos, golpes y obstáculos con los que te encuentras. El primer capítulo comienza diciendo: “¿Por dónde empieza uno a narrar? Por donde más le duele”. Me di cuenta de que tenía que empezar en uno de los momentos más dolorosos de mi vida; son los últimos dos días de la vida de mi abuela. Por eso también el libro dice: “Tengo veinte años y a mi mayor aliada tendida en una cama de hospital”.

Empiezo con algo que me duele, algo terrible; por perder toda mi infancia. Es como si dijera que la única forma de recuperar lo que ahora estoy perdiendo es cumpliendo con el destino de novelista. Sólo mi abuela sabía que yo iba a dejar la carrera de ciencias políticas para ser escritor. Para mí, escribir es una buena manera de no perder a la gente que pierdo en la realidad: he perdido a mi abuela, he perdido a mi madre; escribiendo las traje de vuelta.

En El último en morir, los lectores van a entender muchas cosas y supongo que van a armar el rompecabezas. Como escritor, lo que uno no quisiera es que encuentren de dónde vienen tus obsesiones, pero, en este caso, me quité la ropa y me saqué las tripas. No sé qué tan bueno o malo sea para mis lectores, pero eso fue lo que hice. +

Las confesiones pandémicas de Xavier Velasco

 Cuando decidí encerrarme, me entró el pánico: “¿Qué voy a hacer con tantas horas y tanta incertidumbre?”. Entonces me inventé un trabajo. Llamé a Arturo Pérez-Reverte, que tiene un sitio web, y le dije que quería hacer un diario de cuarentena y publicarlo con él. Hablamos. Le gustó la idea. Nos pusimos de acuerdo, y comencé a escribir todos los días, lo cual era una temeridad porque estaba terminando El último en morir. Me faltaban como 50 páginas y no tenía ningún motivo para hacer otra cosa, pero no quería dejar ir esta oportunidad. Prefiero estar saturado a estar mirando el cielo y volviéndome loco: mirando los noticieros, checando Twitter y peleándome con gente.

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