Historias para sentirse menos triste: entrevista con Etgar Keret

Historias para sentirse menos triste: entrevista con Etgar Keret
18 de marzo de 2020
Gilberto Díaz

“Un escritor brillante, completamente diferente a cualquier escritor que conozco”. Esto es lo que dice Salman Rushdie acerca de Etgar Keret (Tel Aviv, 1967), el prolífico autor israelí cuyos cuentos se han traducido a 42 idiomas. Sus relatos más famosos pasaron de la celulosa hacia el celuloide en forma de cortometrajes, pero Keret también ha incursionado en el cine como guionista y director. La penúltima vez que fui hombre bala es su más reciente libro, del cual nos habla en la siguiente entrevista.

La temática de tus cuentos no sólo es una invitación a despertar la curiosidad del lector; también proyecta un imaginario que se graba en la mente. En tu último libro, La penúltima vez que fui hombre bala, quedan muy claras las imágenes que describes en cada historia; sin decir mucho, todo se entiende con claridad, como si pudiéramos verlo en imágenes. ¿Cómo logras esto? ¿Tiene algo que ver tu entendimiento del lenguaje audiovisual?

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¡Sí! Por ejemplo, en “No lo haga”, el primer cuento de la colección, trato de capturar la imagen de un padre y un niño mirando algo que está fuera de su vista. El adulto se ve muy estresado y ansioso, mientras que el niño parece feliz y esperanzado. Supongo que esto tiene que ver con mi experiencia como padre ya que, cargando mis cicatrices, temo el futuro y siempre pienso en lo que podría salir mal, mientras mi hijo lo acepta felizmente con el optimismo que solo un niño podría tener. En el pasado, podría haber tratado de explicar mis sentimientos, pero mi experiencia en el cine me ha enseñado que, en lugar de explicarlo, sólo puedo mostrar la imagen en sí.

En los cuentos de este libro los finales son abruptos y, sin embargo, son satisfactorios, al contrario del recurso del cliffhanger que predomina en finales abiertos de otras historias cortas. ¿Qué es lo que permite sentir ese tipo de satisfacción en estas historias?

Por lo general, no creo en los finales dramáticos. En la vida real, los pequeños dramas se mantienen goteando en nuestras vidas sin principios ni finales claros. Al final trato de dejar a los lectores con una sensación clara, mucho más que con una sensación de cierre o de una segunda temporada al acecho en algún lugar por ahí.

Es bastante conocida tu afinidad por los finales felices; genera curiosidad que, en estas historias, algunos de los personajes vienen de un pasado difícil y terminan encontrando una “recompensa”, mientras que aquellos que vienen de una vida sin tantas complicaciones, poco a poco van encontrando más y más dificultades.

La vida nunca es una lineal y los altibajos siempre son relativos con su punto de partida. Si tu vida pasa por una fase triste y solitaria, necesitarás muy poco para conseguir consuelo: una sonrisa, un abrazo o cualquier otro reconocimiento empático de tu existencia. Mientras que cuando estás eufórico, es posible que un pequeño pensamiento pueda reventar tu burbuja de felicidad.

Leyendo cuento tras cuento, se percibe un hilo conductor entre el final de uno y el inicio de otro, aunque cada historia no tenga nada que ver entre sí. Esto podría ser aleatorio, pero se siente como una continuación episódica dentro de un mismo universo, donde cada cosa va dando pie a otra ¿qué opinas sobre esto?

De todas las colecciones de historias que he escrito, La penúltima vez que me dispararon de un cañón se siente como la que retrata un universo más consistente. Y, paradójicamente, lo que es consistente es que el mundo sigue cambiando alrededor de sus personajes, confundiéndolos y dejándolos en un estado de desorientación. Este es básicamente el sentimiento que tengo con este mundo en este momento. Con líderes políticos como Trump y Putin rompiendo todas las reglas de la diplomacia que hemos conocido, y con una tecnología que sigue desafiando y cambiando nuestra estructura social, el mundo me parece menos predecible y más enigmático de lo que había sentido hace diez o veinte años, y el libro trata sobre eso.

Has venido ya muchas veces a México y a otras partes de Latinoamérica. A donde quiera que vas siempre estás interactuando con tus lectores. ¿Qué clase de retroalimentación encuentras en ello? ¿Cómo percibes a tus lectores?

Los lectores mexicanos son, probablemente, los lectores más cálidos y comprensivos que he conocido, y ésa es una de las razones por las que sigo regresando. Como cineasta, puedo colarme fácilmente en una función y ver cómo reacciona el público a mis películas, pero como escritor nunca se sabe, y en la mayoría de los países los encuentros con lectores pueden ser muy educados y reservados. En México siempre encuentro lectores que me cuentan cómo mis historias los ayudaron a sentirse menos solos o menos tristes. Debo decir que estas visitas siempre me llenan con un sentimiento de propósito y, la próxima vez que me siente frente a una página en blanco para forcejear con una historia, me imagino a alguien que podría haber conocido en una firma de libros o en una lectura en la Ciudad de México, o en Puebla, o en la FIL, y esto puede hacer que mis extraños esfuerzos artísticos sean más significativos y por lo que vale la pena esforzarse.+

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