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Éste es el mejor libro que he quemado

Éste es el mejor libro que he quemado

08 de febrero de 2021

José Luis Trueba Lara

En 1964, cuatro años antes de que se transformara en una de las villanas de la prensa de espectáculos tras su matrimonio con John Lennon, Yoko Ono publicó Grapefruit, en Tokio. La propuesta que se hacía en este libro era extraña y parecía casi estrambótica. Se trataba de una serie de instrucciones que, gracias una contemplación cercana a lo zen, invitaba a los lectores a desvincularse del mundo marcado por el consumo y la producción frenética de información y de mercancías que anulaban lo humano. Cada una de esas posibilidades —que pueden transformarse en realidad o en una suerte de ejercicio mental— permite descubrir hechos fundamentales: la vida y el arte están entrelazados; el arte no es un asunto de museos ni de galerías, sino una manera de existir que no necesita nada más allá de su mismidad y el vacío. No por casualidad, ella le pedía a sus lectores: “Queme este libro después de leerlo”. La experiencia de llevar a cabo los proyectos de Grapefruit era única y cercana al tipo de revelación que no puede pronunciarse.

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Grapefruit, más que un libro, es una propuesta para la creación y el performance, una apuesta para subvertir la realidad gracias al viaje interno. Algunos años después de la primera edición, que corrió por cuenta de Wunternaum Press, esta pieza —permítanme llamarla así por sus características— fue traducida en Argentina por Ediciones de la Flor con un título criollo: Pomelo. La versión en español estuvo a cargo de Pirí Lugones, quien en 1977 se transformó en una cifra más de las desaparecidas por la dictadura militar. Han pasado poco más de 50 años desde aquella edición, y la obra de Yoko Ono se convirtió en una rareza apenas accesible para los coleccionistas y sólo legible en algunas bibliotecas especializadas.

Tener un ejemplar era difícil. Ante este hecho, Alias —el proyecto editorial de Damián Ortega— publicó el facsímil de la edición argentina de 1970. “Ella tuvo un tiraje relativamente bajo, pero es muy querida”, me dice Daniela Gil, la directora operativa de Alias. Pomelo es una pieza más del rompecabezas que Alias arma con sus publicaciones: de lo que se trata es de ofrecer las obras que casi han desparecido —por ejemplo, los libros de los estridentistas o Sátira, de Salvador Novo— así como los ejemplares que nos muestran el mapa de las tierras ignotas del arte contemporáneo. —Editamos Pomelo tal cual, como lo hacemos en Alias cuando de revivir obras se trata —me cuenta Daniela—. Casi es como una fotocopia que adaptamos al tamaño de nuestros libros. En sus páginas están los textos y los dibujos de Yoko Ono. Este libro es una obra emblemática tanto de un momento preciso de la historia del arte como de la vida de Yoko: Fluxus, una de las últimas grandes vanguardias del siglo pasado. Ellos buscaban transformar las reglas del juego del arte asimilando las experiencias de Marcel Duchamp y John Cage. Para los integrantes de Fluxus —y, por supuesto, para Yoko Ono—, el arte y la vida eran la misma cosa. Por esta razón, el trabajo artístico está en potencia en todos lados.

—Justo como sucede con las instrucciones de Pomelo. —Efectivamente, Pomelo es una suerte de proyecto curatorial; un libro hecho con distintas piezas que pueden ejecutarse en la imaginación o en la realidad. El libro está dividido por disciplinas, empieza con piezas para orquesta, y de ahí va a la pintura, al objeto, al cine, y recorre los grandes intereses de Fluxus. Su propuesta, permíteme ser más o menos reiterativa, es que el arte es un estado de la mente y, por lo tanto, te invita a pensar la realidad de una manera distinta a la convencional.

—En Pomelo vemos a otra Yoko Ono, a alguien absolutamente distinto del personaje que llenaba los periódicos dedicados al espectáculo. —Es cierto, la relación de Yoko con Lennon oscureció una parte de su trabajo. Los reflectores no la apuntaban a ella, sino a los chismes y las calumnias. Era la loca que había separado a los Beatles. Eso generó muchos malentendidos y una serie de opiniones muy pobres, casi miserables. En este sentido, editar Pomelo también es una invitación a mirarla de otra manera, desde una perspectiva que la separa de esa narrativa.

—Tengo la impresión de que algunas de las cosas que hizo con Lennon eran parte de su obra creativa. Justo como sucedió con el hecho de acostarse hasta que se terminara la guerra, que era una suerte de performance, aunque por muchos sólo fue visto como una ocurrencia.

—Es cierto, esa obra es preciosa, pero no fue comprendida en toda su magnitud. La atención que tenían los Beatles no necesariamente implicaba que su público estuviera familiarizado con las propuestas artísticas de vanguardia. Esa obra comparte muchas cosas con Pomelo y muestra la postura de Yoko frente a la guerra. Ella apuesta por la atención a un mundo interior, el mundo del individuo, como una manera de arreglar el mundo exterior. Estar en cama, estar quietos, contemplar, intimar… algo común a todos, donde no hay espacio para la violencia. Su mensaje era claro, preciso: sean humanos.

—¿Cómo podemos leer Pomelo casi medio siglo después de su primera edición?

—Nos podemos acercar a él como una obra fundamental de Fluxus, como una pieza que te permite descubrir a la verdadera Yoko Ono, como un libro poético y, por supuesto, como una obra seminal del arte conceptual, en el cual las ideas son mucho más importantes que el objeto. También podríamos leerlo como una invitación a vivir y experimentar la realidad de una manera distinta, a reinventar lo que significa estar en el mundo. En este sentido, Pomelo no expira; sigue absolutamente vigente. Te leo una de sus piezas: “Esconderse hasta que todos se vayan a sus casas. Esconderse hasta que todos se olviden de uno. Esconderse hasta que todos mueran”. 

—Pareciera que esas palabras se escribieron hoy; pareciera que forman parte del gran confinamiento que comenzó hace casi un año. La publicación de Pomelo se presenta de una forma doblemente atinada: como una obra en sí y como un libro urgente en este momento.

—Mientras trabajábamos en la edición, no lo anticipábamos de esta manera; pero sí, es dos veces atinada si pensamos en este contexto, en el que la ansiedad, provocada por el aislamiento y por el peligro, está a flor de piel. La actitud frente a la realidad que Pomelo propone resulta una gran aliada. +

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