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Enjoy the Silence: la progresión de Depeche Mode

Enjoy the Silence: la progresión de Depeche Mode
12 de junio de 2020
Gilberto Díaz

Una banda destinada al fracaso glorioso de los one hit wonders, sin proponérselo pasó de depender de un genio del pop, como lo es Vince Clarke, a construir toda una iconografía audiovisual cargada de erotismo y un existencialismo orientado a la redención de la mano de Anton Corbijn. La trayectoria de Depeche Mode encierra todas las pulsiones y claroscuros que nos caracterizan como humanos; sus letras, metáforas de la esperanza tras el infortunio, están vestidas con la escalofriante vibración de los sonidos que solo puede procesar una máquina que intenta tener sentimientos.

Una agrupación que nació por accidente, sin proponerse más que ser el entretenimiento pasajero de un grupo de muchachos ingleses que jugaban con sintetizadores entre los ensayos de sus múltiples intentos de crear una banda. Atrapados en el declive de la ola del punk y la novedad del nuevo juguete musical, en una era sin rumbo definido, marcada por esa resaca de los años setenta ingleses que fue Margaret Thatcher durante la década siguiente, vivieron una inercia que los llevaría rápidamente a hacerse de un nombre. Tomado de una revista de modas francesa, decidieron ponerse a sí mismos Dépêche Mode, como si se mofaran de su rápido ascenso, al pasar de estar tocando para audiencias en bares y pequeños salones de baile a tener en menos de un año de su formación un contrato discográfico independiente, como una “moda pasajera”.

Y, a decir verdad, todo el mérito hasta ese punto era de Vince. Él era el genio que los convenció de acercarse a esos aparatos musicales de sonidos fríos y abstractos, de dejar los instrumentos “análogos” y acercarse a la nueva curiosidad que ya estaba dándole frutos a bandas como Orchestral Maneuvers in the Dark o Ultravox. En el visionario de Clarke recaía toda la responsabilidad creativa: de él nació el primer éxito “Just can’t get enough”. Los tímidos Fletcher, Gahan y Gore no hacían más que aprender… o quizá más bien su timidez era consecuencia de la abrumadora presencia de Clarke, quien no miraba a la banda como su trabajo principal —no les veía futuro—, por lo que tras el primer disco la abandonó, dejándola a la deriva y sin rumbo.

Pero esa orfandad creativa, antes que desintegrar a la banda, la hizo probarse a sí misma y asumir la responsabilidad de continuar con lo aprendido para descubrirse. Entonces comenzaron a explorar su lado oscuro y dejaron de lado la ingenuidad adolescente para asomarse a posibilidades más cercanas al cuero y los estoperoles que a los colores pastel y el lino del pop dominante. Sería entonces la oportunidad de Martin Gore de asumirse al frente de las composiciones. El reclutamiento de un nuevo miembro, para compensar el vacío musical en la figura de Alan Wilder, los terminaría acercando a la contundencia de los ritmos industriales de la música electrónica que tomaba fuerza desde Alemania.

Con reminiscencias a David Bowie, la voz profunda de Dave Gahan —quien finalmente se quedó como vocalista tras interpretar “Heroes” en su audición— marcaba la posibilidad de ese acercamiento y cambio de tono mucho más industrial. “Everything Counts” y “People are people” eran muestras de ese cambio de actitud. También vino la decoloración del pelo y una energía sexual mucho más presente en cada interpretación, afianzándolos como una de las bandas más importantes de Europa.

El aura de misterio y profundidad se hacía más notoria en cada álbum, pero la fuerza y contundencia de su sonido aún no se podían ver reflejadas con claridad en la nueva dinámica mediática. La radio, a pesar de ser el medio efectivo para divulgar la música vanguardista del momento, se estaba anquilosando en una dinámica propia de los receptores de bulbos, mientras que la televisión se convertía en el nuevo medio para afianzar la presencia de nuevos actos, sonidos y propuestas, por lo que no bastaba una producción sonora cada vez más refinada y profesional si no se podía reflejar en un nuevo lenguaje visual que la acompañara. Hasta ese momento, los videos musicales de Depeche Mode no eran más que un ejercicio de fundidos y sobreposición de imágenes random: faltaba algo que diera a entender claramente la idea visual de la banda. Así llegarían a mitad de la década de 1980, el camino de cinco años ya demandaba una nueva evolución.

El éxito de Some Great Reward dejó de manifiesto que los cuatro músicos de Basildon habían superado al maestro. Después de sobrevivir al abandono de su principal figura para conquistar su identidad y mediante la exploración de pulsiones que le dieron forma a un sonido inconfundible, el sonido estéril de los sintetizadores finalmente se hizo de un alma capaz de expresar, sentir y tocar, algo complicado para una banda electrónica. Pero alcanzar una cima solo hace más visible la siguiente.

Hacer Black Celebration llevó tiempo. Un año de descanso —o, más bien, un año para reflexionar el siguiente paso—, con un ensamble sonoro que los acercó a los circuitos underground, donde extrañamente se encontraban sus más fieles seguidores. Se permitieron romper el ciclo de los últimos discos para experimentar algo que pareció más un ejercicio de introspección. Mientras Alan tenía la ingeniería bajo control, Martin comenzaba a explorar su gusto por el blues. Todo esto se notaba en sus melodías. A pesar de utilizar sintetizadores, sus acordes adquirieron un tono mucho más guitarrero, pausado y emocional. Pero la mayor innovación de Depeche Mode llegó por el lado audiovisual: el fotógrafo neerlandés Anton Corbijn les aportó el aspecto visual que tanta falta les hacía.

Una discreta gira por Estados Unidos, una escala en el desierto, una cámara lista para grabar, una motocicleta con sidecar, un piloto recorriendo terracería y autopistas con un bebé que entrega a la banda, en una composición de claroscuros y ese característico uso del contraste perfecto construyeron una narrativa visual abstracta, que al mismo tiempo anunció el nacimiento de un nuevo ciclo. El video de “A question of time” es apenas un atisbo de lo que vendría. Pareciera que Corbijn comprendió mejor que nadie que Depeche Mode necesitaba una estética visual que amalgamara el cuerpo sonoro que creaban Wilder y Fletcher para las líricas oscuras, emocionales y crípticas que escribía Gore y que Gahan interpretaba a la perfección de sus intenciones.

La mancuerna con Corbijn proyectó a la banda hacia otras dimensiones, aprovechando la influencia que MTV ejercía como un espacio creativo con mínimas restricciones. Se permitieron construir un concepto visual que acompañaría a la banda en su conquista americana, haciendo que Music for the Masses tuviera una fuerte presencia estética. Por su parte, el álbum condensó las pulsiones bluseras cada vez más comunes en la composición de Martin Gore. La búsqueda de redención se convirtió en un tema con mayor presencia en las canciones, al tiempo que el desamparo y el erotismo también adquirieron mayor protagonismo. “Strangelove” fue el punto de partida, en el que coexisten el dolor y el deseo para llevarnos a un imaginario, donde lo permisivo es un ciclo sin final en el que la banda sucumbe ante la presencia de figuras femeninas de mayor poder.

La historia continúa en “Never let me down again” y “Behind the Wheel”, con un Dave Gahan cada vez más adentrado en su personaje de dandy decadente, aunque en los conciertos —como contraposición— se mantenía como un carismático frontman dispuesto a complacer a las masas (como la que asistió al cierre de su gira en el Rose Bowl de Pasadena, el día que finalmente conquistaron a los Estados Unidos de América).

El cambio hacia la última década del siglo xx se convirtió en una aduana impredecible para las bandas nacidas en los años ochenta: tras el éxito de The Joshua Tree y su álbum/documental Rattle and Hum, U2 se habían mudado a Alemania para hacer un cambio radical en su estilo; Tears for Fears coqueteaba con el jazz y la world music; con la irrupción de los raves, el house y el techno como los nuevos géneros de música electrónica en boga, quedaba claro que Depeche Mode debía apuntar a otra dirección para sobrevivir el cambio de los tiempos. Antes que apuntar hacia la innovación meramente tecnológica, el camino de la banda estaba marcado por un lento regreso a instrumentaciones ortodoxas, sin dejar de lado esa oscura progresión que los hizo romper paradigmas.

Depeche Mode había perfeccionado su proceso de producción bajo un metódico programa de organización y preselección con el que construían las canciones, como si los instrumentos electrónicos se hubieran integrado en su sistema creativo. Llegar a la década de los noventa requirió un cambio en la naturaleza de su propia creatividad, que los hizo apuntar hacia la imperfección. Los demos de Violator eran piezas inacabadas, algunas veces hechas a capella, otras solo con un riff de piano o de guitarra —para dejar mayor espacio a la improvisación y permitir una colaboración mucho más libre—, en contraste con los demos casi hechos en línea de producción de trabajos anteriores.

El resultado fue un álbum que refleja el cambio de era y que recogía lo mejor de los trabajos previos, pero improvisaba en el uso de instrumentos convencionales, ese sonido que abre con la agudeza del slide en “Personal Jesus” y que cierra “Clean” con pasividad etérea y con reminiscencias instrumentales de Pink Floyd. En esa progresión oscura de la búsqueda de redención queda manifiesta la más profunda de las sombras, acompañada de un imaginario más allá de lo sensual, una búsqueda y un cuestionamiento interiores, envuelta en una melancolía satinada en technicolor, es donde se puede encontrar la última respuesta… mientras se disfruta el silencio en el horizonte. +

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