El aprendizaje amoroso

Hay la idea equivocada de que los álbumes ilustrados orientados en pequeños lectores presentan una versión edulcorada del mundo. No necesariamente, del mismo modo que una novela de amor “para adultos” no es cursi por fuerza. Esa idea falaz quizá sea en parte la razón por la que cuando un autor “para adultos” escribe el texto para un álbum ilustrado, el resultado en ocasiones peca de ingenuo. Es el caso de Fonchito en la luna, de Mario Vargas Llosa, lo mismo que de El pequeño hoplita, de Arturo Pérez Reverte. En el primer caso, la historia derrocha miel en exceso y asume que los niños carecen de toda malicia; en el segundo, el relato propone un heroísmo de estatuas más que de seres humanos. En ambos casos, los autores han subestimado a sus potenciales lectores únicamente por el hecho de ser niños.

Pero los alcances de los álbumes ilustrados son mucho más amplios de lo que esos libros parecen sugerir. Está, por ejemplo, Rey y rey, de las autoras holandesas Linda de Hann y Stern Nijland. El álbum cuenta la historia de un rey que es incapaz de enamorarse de las princesas que suspiran por su amor. Con el tiempo, el soberano descubre que quienes le gustan son los príncipes y se casa con uno. Está también El pequeño pipí, de los franceses Stephane Poulin y Thierry Lenain. La narración del álbum discute si el tamaño del pene es importante o no. Está también El oso que no lo era, del norteamericano Frank Tashlin, cuyo relato es protagonizado por un oso con problemas de identidad: ¿es un oso en realidad o un hombre tonto y con un abrigo de pieles, como afirman los demás? Y está también El aprendizaje amoroso, de las francesas Laëtitia Bourget y Emmanuelle Houdart.

Este álbum inicia como muchos cuentos terminan: luego de pasar por diversas dificultades, un príncipe y una princesa se casan. El lector podría pensar que ya no hay nada después sino el consabido “vivieron felices para siempre”. Pero resulta que estamos ante una obra a la que no le interesa mitificar el amor, sino más bien mostrarlo a sus pequeños lectores de una forma más parecida a como se experimenta en el mundo real, en el que la perfección y la felicidad absoluta no existen. Los príncipes se casan, pues, y descubren que el amor no es como lo escucharon. No es, para nada, miel sobre hojuelas, sino todo lo contrario. Con curiosidad descubren el mundo del sexo. Pero no es la curiosidad la que guía todos sus descubrimientos, sino el desconcierto y en ocasiones también la cólera y el aburrimiento.

Descubren, por ejemplo, las discusiones interminables. Descubren las diversas imperfecciones del otro, como granos, flatulencias y malas costumbres. Descubren la soledad, la indiferencia, los celos, las burlas. Pese a todo ello, ¿es amor lo que los une? ¿Está el amor compuesto solo de experiencias sublimes o más bien la madurez consiste en asimilar que se trata de un sentimiento mucho más complejo?

De todo ello habla este modesto álbum para niños. Y habla de ello porque las autoras han tenido fe en sus lectores; han tenido confianza en que serán capaces de entender que no todo en la vida es blanco y negro, malo y bueno, bonito y feo; han escrito y dibujado pensando que se enfrentan a seres inteligentes y receptivos, y no a muñecos de cartón sin interacción con el mundo.

Por si los aciertos descritos fueran poco, las imágenes que acompañan el texto no se limitan a ilustrar lo que este cuenta, sino que hacen uso de una imaginación muy libre que no tiene reparos en dar vida a almohadas con boca, bolsas con rostro, niñas con alas y helados sonrientes que desadormecen nuestra percepción y captan la atención de inmediato. Hay, pues, varios y muy buenos motivos para recomendar este libro.

El aprendizaje amoroso, texto de Laëtitia Bourget, ilustraciones de Emmanuelle Houdart, traducción de Eliana Pasarán, México, Fondo de Cultura Económica, 2010

Por Javier Munguía

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