El librero de David Cortés

El librero de David Cortés
04 de septiembre de 2020
José Luis Trueba Lara

A veces es difícil seguir las tradiciones a pie juntillas. En un número dedicado al rock progresivo era necesario asomarnos al librero de alguien vinculado con este género, aunque corriéramos el riesgo de que la música y la literatura se fundieran irremediablemente. La entrevista a David Cortés casi era obligada: él es uno de los mejores críticos musicales y, además, es autor de varios libros entre los que se encuentra El otro rock mexicano, la primera historia del progresivo en nuestro país. Así pues, adentrémonos en el librero/disquero de David y veamos qué hallamos y, por supuesto, miremos de qué manera se entrelazan la música y la lectura en sus paredes.

Lee+: Me late que, para que te sientas como un político en el banquillo, deberíamos empezar con un cuestionamiento verdaderamente gandalla: ¿qué prefieres, discos o libros?

David Cortés: No, pues discos. Aunque la verdad es que, si lo pienso un poco, es una pregunta muy difícil porque discos y libros se combinan. Robert Fripp, el guitarrista de King Crimson, decía que tomar un café era una fiesta, y que si al café le agregaba un libro ya era una orgía. Por lo tanto, yo puedo decir que, como el café no me deja dormir, un disco es una fiesta, pero si le agrego un libro la fiesta se convierte en una orgía.

Lee+: Tu colección de discos es apantallante, ¿cómo la fuiste creando?

David Cortés: A mí se me hace que las pasiones no pueden explicarse. La verdad es que difícilmente se puede saber cómo es que se inoculan ciertos virus que se te quedan en el cuerpo para toda la vida. Algo te empieza a gustar y lo guardas, pues en ese objeto hay algo de ti. Y, con el paso de los años, el pequeño tesoro que tienes se transformó por completo: las primeras monedas se volvieron alforjas llenas, y así sigues hasta que se convierte en algo muy grande, y descubres que ya eres un coleccionista sin redención.

Evidentemente, el asunto del coleccionismo es sui generis y cada persona decide lo que va a reunir. A mí, por ejemplo, lo que más me interesa es el progre y algunos de sus derivados. Por eso mismo ando rastreando esos discos por todo el mundo, mientras que mis libros (además de los que me interesan por sí mismos) son resultado de mis pasiones musicales. A mucha gente esta conducta puede resultarle inexplicable, absolutamente incomprensible.

Algunos me preguntan, ¿para qué quieres tantos discos si no los puedes oír al mismo tiempo y tampoco tienes tiempo para volver a escucharlos todos? Esto, obviamente, es algo que también sucede con los libros que poco a poco se transforman en grandes bibliotecas.

A estas personas, lo único que se me ocurre responderles es que son míos, que en ellos están depositadas muchas cuestiones simbólicas, que ahí están mis vivencias y que, ahora, son una de las fuentes de información más importantes para mi trabajo. Sin embargo, a veces, esta información me lleva al enojo. No es raro descubrir que el disco de un grupo mexicano fue reseñado primero en Inglaterra que aquí.

Lee+: ¿Guardas tus viniles?

David Cortés: Claro, de hecho he comprado algunos recientemente. El más viejo que tengo es uno de Javier Bátiz de los años setenta. No es el primero que compré, pero sí es el más lejano que conservo. Te confieso que, si por alguna razón no hubiera tenido que deshacerme de algunos discos, hoy estaría metido en graves problemas: necesitaría una casa para ellos y otra para mí.

 Lee+: Perdón que haga una pregunta que quizá suene tonta por la facilidad que hoy tenemos para comprar música en cualquier lugar del mundo. La red casi es una novedad, y antes conseguir un disco no era tan simple. ¿Dónde comprabas los tuyos?, ¿cómo le hacías para conseguirlos?

David Cortés: Los años setenta no eran una buena época para comprar discos que no fueran mainstream. Esos los podías conseguir en un súper sin esforzarte mucho. Pero el problema es que yo ya no quería comprar de esos discos, quería los importados, los que estaban muy lejos de lo que se oía en la radio. Yo iba mucho a Hip 70, lo cual era una aventura que reclamaba los talentos de un boy scout. En esos años, vivía cerca de La Villa y la tienda de discos estaba en San Ángel… ¡casi me tenía que llevar viandas para llegar tan lejos!

Lo bueno es que también existían pequeñas tiendas, sobre todo en la Zona Rosa, pero la verdad es que yo iba a donde el disco estuviera, sin importar la distancia. Esto cambió mucho cuando se inició el Tianguis del Chopo, ahí era mucho más fácil encontrar lo que uno buscaba.

Lee+: ¿Te clavaste algunos?

David Cortés: Eso nunca lo pude hacer: los discos eran muy grandes y el asunto era muy complicado. Yo estaba muy flaco y no tenía manera de esconder algo que medía treinta por treinta centímetros. Si lo hubiera intentado de inmediato se habrían dado cuenta, pues me parecería al Hombre de hojalata del Mago de Oz. En cambio, un amigo sí tenía esa virtud: él era obeso, muy obeso, y siempre traía puesta una gabardina, aunque hubiera un sol africano. Sus pantalones eran como de metro y medio de ancho. Como lo veían muy seguido en las tiendas de discos, terminaba por convertirse en cuate del encargado. Y, cuando él le decía “voy al baño”, mi amigo se metía en la parte de atrás del pantalón un demonial de discos.

Lee+: Y, sólo por metiche, ¿como cuántos tienes?

David Cortés: En estos días de pandemia los he estado contando y todavía no termino. Entre casettes, acetatos y cd’s originales llevo 18 mil, y eso sin contar las cosas raras que no circularon o no se editaron. A muchas personas, cuando los miran, les parece que tengo muchos repetidos, pero no se dan cuenta de que entre ellos existen diferencias: unos tienen un track adicional o distinto de los que aparecen en una cierta edición y, en más de un caso, tengo las versiones en vinil y en cd. Es más, aunque parezca extrañísimo, yo llegué a tener algunos materiales antes de que la banda los recibiera o, en algunos casos, sin que se hubiera enterado de que ese disco existía.

Lee+: Una colección de este tamaño puede meterte en problemas… ¿cuál es su futuro?, ¿qué ocurrirá con ella cuando tu película se acabe?

David Cortés: Yo creo que la voy a repartir entre mis hijos. Ellos ya sabrán si quieren conservarla o venderla; lo único que les pediría es que no se la entregaran a la Fonoteca Nacional. Ya tuve suficientes problemas con esa institución como para hacerles un regalo. Quizá la vendan a una universidad en la que sí estén interesados en sus peculiaridades, en este tipo de música y en el impacto que el progre y sus derivados han tenido en México.

Lee+: Oír música te obligaba a leer y eso también era un problema. En los años setenta apenas se publicaban unas pocas cosas sobre música en México (como sucedía con la revista Conecte Musical). ¿Cómo fue que la música y los libros se mezclaron para comenzar la orgía de a deveras?

David Cortés: Si tú escuchabas un rock manistremmaistream, leer y conseguir información era más sencillo. Bastaba con que te adentraras en las páginas de Conecte, la cual podía tener todos los defectos del mundo, pero tenía una virtud fundamental: era la única que existía. Mal que bien, esa revista fue la que nos formó o nos deformó con sus artículos hasta que aparecieron Sonido y otras revistas que eran mucho mejores. En realidad, las más de las veces te enterabas de las novedades por un amigo o por lo que te decían en la tienda de discos. A veces descubrías una dirección a la que podías escribir. Entonces les mandabas tu carta, te metías en el brete de enviarles un giro bancario y, después de quién sabe cuánto tiempo, te llegaba algo que casi era un fanzine.

Esas eran las únicas maneras como medio podíamos enterarnos de lo que ocurría en el mundo. Los primeros libros que leí sobre rock fueron varios, no recuerdo si la lista se abrió con Tiempo transcurrido de Juan Villoro. Es curioso, entre estas lecturas iniciáticas no están los Guaraches de ante azul que todos debemos leer en algún momento de nuestras vidas. Pero, tal vez lo que sí vale la pena decir, es que gracias al rock descubrí la literatura: los artículos que aparecían en Conecte, en México Canta y en otras revistas me obligaron a entrar en los libros.

Recuerdo que en una entrevista Peter Gabriel decía que una de sus influencias era Alicia en el país de las maravillas y, justo por eso, comencé a leer dicha obra; otras veces me enteraba que cierto músico se había basado en un cuento de Wilde o en El retrato de Dorian Gray y ocurría exactamente lo mismo. Un caso especial fue el de Rick Wakeman quien me llevó a interesarme en las esposas de Enrique VIII o a las leyendas artúricas.

Una vez que la música y la literatura se habían unido, pues todo era cosa de seguir el camino y comenzar a adentrarse en otros rumbos. También hubo algunos maestros que me ayudaron sin darme cuenta Uno de ellos —del que no aprendí ni madres— era Andrés de Luna.

Es más, me acuerdo que llegaba a las clases y, sin más ni más, nos soltaba una pregunta que nos dejaba bastante alelados: “¿qué es el tiempo?”, nos decía y yo sólo podía pensar que era lo que estaba perdiendo en ese momento. Nunca supe bien a bien qué nos quería enseñar, pero él nos abría mundos, nos hablaba de todos los libros que jamás habían pasado por nuestras manos. En sus debrayes salían un montón de autores que comencé a leer y que me han acompañado hasta ahora, tal es el caso de Roland Barthes o Michel Foucault. Yo soy fan de hueso colorado de ellos.

Así, gracias a la música, la literatura y a Andrés de Luna empecé a escribir y a publicar. A veces me pasaban cosas extrañas: un día, uno de los correctores de El Nacional no se aguantó las ganas y se acercó para preguntarme: “¿De verdad existen las bandas de las que escribes?”. Es más, cuando apareció una plaquette que se llamaba Pasos de la vanguardia, una de las personas que la reseñó decía que mi estilo era muy curioso y que en él se notaba la influencia de Borges, pues hasta dan ganas de que los grupos de los que hablaba verdaderamente existieran. En fin, escribir sobre progre no era un asunto que sonara creíble. Este es mi karma, todavía hay cosas que se han grabado en México y que nadie, o casi nadie ha oído. +

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