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El discreto encanto de la estupidez, o de cómo sus enseñanzas nos pueden salvar, a pesar de lo que pretendemos ser

El discreto encanto de la estupidez, o de cómo sus enseñanzas nos pueden salvar, a pesar de lo que pretendemos ser
José Luis Trueba Lara

Durante más de veinte años, las mentes más preclaras de la humanidad han dedicado sus esfuerzos a desentrañar el misterio de los misterios y, por supuesto, han organizado un sinnúmero de congresos, simposios, conferencias y charlas de café para dar sus respuestas y discutir el asunto de una manera bastante más que pormenorizada.

En la Universidad de Miskatonic —en el mismo fondo reservado donde se conserva el ejemplar del Necronomicón— se encuentra la colección más grande de disertaciones sobre este tema esencial para el futuro de la humanidad. Si alguien se toma la molestia de medirlas, de inmediato se dará cuenta de que esas páginas suman exactamente 2.7087 metros lineales en papel biblia. Aunque existen opiniones encontradas, la gran mayoría de los sabios y los investigadores más conspicuos están segurísimos de que su estulticia fue resultado de un accidente que explica el origen misterio de los misterios: cuando era niño, Homero Simpson se zambutió una crayola en la nariz y la punta se le encajó en la sesera para provocarle una estupidez impoluta, ciclópea, absolutamente marmórea. Si bien es cierto que esta opinión aún es polémica, pues no faltan los científicos que señalan como su causa un gen que se activa a cierta edad en los varones de su estirpe, o de plano le echan la culpa a otros factores, de momento me conformaré con esta respuesta, que está documentada en una radiografía.

Lo verdaderamente interesante de este caso es que, a pesar del daño que sufrió en el interior del capacete —que el Dr. Julius M. Hibbert considera como algo absolutamente reversible—, Homero ha logrado cosas que están mucho más allá de los alcances de un mortal común y corriente. Obviamente estoy pensando en alguien que se parece a usted o a mí. El hecho de que él tenga un coeficiente intelectual de ±55 no lo ha detenido para avanzar hasta donde muy pocos han llegado: Simpson —además de chambear en la planta nuclear de Springfield— ha sido astronauta, dueño absoluto del mercado del tomaco, conductor de monorriel, diseñador de automóviles, misionero, vendedor de tónico rejuvenecedor, músico, productor de cine, manager de cantantes y muchísimas cosas más (los expertos en el tema señalan que ha tenido un poco más de cien ocupaciones distintas). A diferencia de Homero —que de pilón ha recorrido casi todo el mundo—, nosotros, los humanos comunes y corrientes y que  resumimos de ser muy inteligentes, tenemos que conformarnos con una vida monótona, absolutamente chata y con un trabajo somnífero. Los estudios más concienzudos señalan que 84.36% de los oficinistas se pintan ojos en los párpados para fingir que están despiertos.

¿Qué podemos hacer para remediar esta tragedia? Algo muy simple: dejemos de renunciar a nuestra estupidez y convirtámosla
en la única brújula de nuestra existencia. Los hechos demuestran que la inteligencia es un adorno que no sirve para nada. Mientras más estúpidos seamos, nuestra vida será más variada, divertida y, en un futuro no muy lejano, podríamos volver la vista atrás y enorgullecernos de haber abandonado el godinato para transformarnos en seres verdaderamente asombrosos que robaron las más distintas actividades.

Si usted quiere ser samurai en Kioto, masajista en un tugurio de Filipinas o bailarín de cancán en un crucero, no se detenga: la estupidez también anula el miedo al ridículo. Si las cosas salen mal, tampoco tenemos por qué preocuparnos: los estúpidos, por alguna ley natural aún no descubierta, siempre despiertan la piedad de los otros y alguien arreglará nuestros desaguisados e incluso —como ocurrió en el caso de Homero— si una persona se atreve a criticarlo y denunciarlo, pagará con su vida esa osadía. Así pues, dejemos de fingir que somos inteligentes, cultos y todas esas cosas que no van a ningún lado: el futuro sólo está alumbrado por el poderosísimo faro de la imbecilidad que nos llevará a lograr todo lo que hemos deseado.

Bienamado lector, piénselo con calma y se dará cuenta de que sus sueños y sus anhelos sólo se convertirán en realidad si se vuelve estúpido y sigue los pasos del gran Homero. En gran cantidad de ocasiones, usted y yo hemos escuchado que los políticos —para tener dinero y poder— tienen que ser unos estúpidos irredentos. Según esta idea, nadie con tres dedos de frente tiene un cargo público. Así pues, si usted quiere tener dinero y poder, vuélvase estúpido.

Es más, recuerde las veces que descubrió a un imbécil manejando el carro que siempre ha querido, o al idiota que se anda sabroseando a la chamacona por la que sele cae la baba y que es el mayor orgullo de su cirujano plástico. Si quiere ese automóvil y si en verdad desea que este mujerón le caliente la cama, deje de hacerse el inteligente, conviértase en un estúpido y logrará sus sueños viales y húmedos.

Y, nomás para completar el cuadro, recuerde al idiota de su jefe. Usted sabe bien que él no llegó al lugar en el que está por ser inteligente ni por ser muy trabajador; por lo tanto, si quiere llegar más lejos que él, tiene que superarlo en estupidez y flojera.
Dos virtudes que caracterizan a nuestro verdadero gurú.

Sé bien que estas competencias no son fáciles de ganar, pero también estoy convencido de que usted puede esforzarse, dar el 110% para dejar de ser el amateur que hasta hoy ha sido y convertirse en un estúpido profesional y proactivo. Un buen principio es que utilice la visualización como herramienta: haga cara de idiota, tómese una foto, péguela en su refri y mírela todos los días mientras piensa: “Ese mero es mi guanabí”.

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Al revisar los documentos de la Universidad de Miskatonic —donde se afirma que la estupidez José Luis Trueba Lara de nuestro gurú se debe a las radiaciones nucleares y al exceso de alcohol— también descubrí que la vida de Homero está marcada por una gran cantidad de reconocimientos.

Piénselo por un instante: ni usted ni yo hemos logrado que nuestro nombre se convierta en parte del diccionario o del habla.
A nosotros —por más inteligentes que parecemos— no nos tocó la suerte de crear voces como “ser un Tartufo”, “hacerle al gatopardismo” o “ser un Quijote con todas las de la ley”. Nuestros nombres pasarán al olvido; en cambio, el de Simpson ya se lee en el Diccionario: “hacer un Homero” significa “triunfar a pesar de la estupidez”. Así pues, si usted quiere pasar a la historia y ganarse un lugar en los libros… ya sabe lo que tiene que hacer. Incluso es posible que usted reciba otros reconocimientos si se vuelve estúpido: Homero tiene un Grammy, y a Maluma —que se pasa de listo— ni siquiera lo consideraron en la lista. De manera que, si usted anhela premios, abandone el camino que ha seguido y adéntrese en una ruta segura.

 

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Leo lo que he escrito y me doy cuenta de que no me queda más remedio que poner el ejemplo. Nomás termino estas notas y voy a convertir mis títulos universitarios en papel higiénico y, de ser posible, donaré mi biblioteca —con todo y sus incunables— a los carniceros del rumbo para que la usen como Dios manda y envuelvan el retazo con hueso con un soneto de Shakespeare. La inteligencia no me ha llevado al lugar que me merezco, la lectura me ha mantenido encerrado y las cavilaciones nomás me llenan de nuevas preguntas. Basta. Hoy tomaré el camino de Homero. +

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