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Del amor al odio…

Del amor al odio…

Grandes amistades literarias que pudieron ser o tuvieron mal fin.

Odio y amo.
Quizás preguntes por qué lo hago.
Lo ignoro, pero siento que así pasa
y me atormento. 

CATULO

R. de la Lanza

 

En 1959, Emilio Azcárraga Milmo se reunió con los jugadores del equipo de futbol que acababa de comprarle al industrial refresquero Isaac Besudo y les dijo:

Vamos a hacer del América un gran equipo: si ya existe el Guadalajara, o sea el muchacho lindo de la película, ahora vamos a producir al villano. 

Pasan los años y esta realidad es incontrovertible: el duelo deportivo más popular del país es el que enfrenta al equipo más querido con el más odiado. 

¿Cargaría con tanto prestigio el América de no haberse propuesto ser el retador directo del equipo más fuerte y popular? Obvio, no. Pero ¿cuánta de la popularidad ganada o mantenida por la escuadra tapatía se debe a la presencia de su rival máximo, que se para con aires de grandeza a estorbarle el camino hacia la gloria? Esa respuesta no solamente no es obvia, sino que es inaprensible, improcedente. Nunca lo sabremos, y no importa ya.

La fórmula quedó completa, y un mundo (futbolístico, claro) sin ese binomio es inconcebible.

¿QuéVedo con Góngora?

Sin irle al América, y sin haber leído sobre Batman y el Guasón, el joven poeta Francisco de Quevedo y Villegas (ese de los anteojos que se llaman quevedos) entendió que la única forma en la que podría ingresar pisando fuerte en la sociedad literaria que reinaba en el mundo sería presentar una actitud, un discurso y una obra que antagonizara con el culteranismo del poeta más renombrado y querido del Siglo de Oro. 

Privilegiar la claridad conceptual sobre el esmero ornamental y las florituras exuberantes fue sólo el cimiento de una rivalidad que, después de reventar la plataforma literaria (en sus poemas, Quevedo llegó a insultar a Góngora llamándolo judío), llegó al perjuicio y al daño personal: cuando Góngora tuvo que vender su edificio en Madrid para pagar sus muchas deudas de juego, Quevedo compró el inmueble con la condición de que Góngora siguiera viviendo ahí como inquilino, reportándole una renta. 

En la primera ocasión que el viejo Góngora se atrasó en el pago, Quevedo lo echó a la calle. Ya viejo y con padecimientos de la memoria, Góngora “huyó” a Córdoba, donde murió al poco tiempo. 

Alguien sobreactuó su papel de rival. 

La desilusión musical 

Después de referirse a Richard Wagner como “la ilustración viviente de lo que Schopenhauer llama un genio”, y de haber cultivado una profunda amistad con él, fincando en su ópera las esperanzas de ver resurgir el drama musical de la Antigüedad pagana, y de haberle dedicado su primer libro, El nacimiento de la tragedia en el espíritu de la música, un nervioso y atribulado Friedrich Nietzsche vio con enorme decepción cómo la música de Wagner evolucionaba hacia tratamientos cristianos y moralistas. 

Nunca se levantó de ese sentimiento de traición; incluso escribió un par de opúsculos sobre el caso, en uno de los cuales, Nietzsche contra Wagner, el filósofo de Röcken se sincera enlistando las cualidades admiradas en el músico para luego lamentar el peligro que la cultura alemana sufría por el carácter cristiano y nacionalista de su obra. 

La traición ideológica no es poca cosa, pero también se rumora en las biografías que una de las razones por las que Nietzsche amaba estar junto a Wagner no era el propio Richard, sino Cosima, su joven esposa, quien, a más de ser bella (hay testimonios), era la hija de Franz Liszt, lo que la convertía en toda una Cleopatra de su tiempo. Y las malas lenguas dan cuenta de una anécdota al respecto: En una gran fiesta ofrecida en casa del músico, ya con unas buenas copas encima, Nietzsche va saliendo del baño y se topa en un pasillo con Wagner, quien se le para enfrente y le grita: “¡Onanista!”. Esas mismas malas lenguas dicen que ahí comenzó la enemistad. 

¿Qué te ha dado esa mujer? 

Una intriga de índole semejante se cuenta para explicar la rivalidad entre Albert Camus y Jean Paul Sartre. Y no, no fue por Simone de Beauvoir —aunque la idea ni es descabellada ni carece de gracia—, sino por una amante de ésta, una actriz franco-rusa de nombre Wanda Kosakiewicz. 

Cuando Sartre conoció a Wanda, se enamoró de ella y se la bajó a Simone. Pero en cierto momento, Camus fue visto en París con la misma Wanda viviendo un romance, aunque no duró mucho. 

Los dos exponentes del existencialismo francés habían sido cordiales colegas hasta entonces, pero desde esos días reinó el hielo entre ambos. 

Por supuesto, hay para quienes estas situaciones no explican satisfactoriamente la animadversión, y parece que la Guerra Fría y el entorno político de aquel momento no eran abordados con la misma óptica por ambos filósofos. Todo parece indicar que Sartre tenía una visión más panorámica del mundo que Camus. Estas explicaciones han sido motivo de un interesante libro de Andy Martin, The Boxer and the Goalkeeper: Sartre vs Camus, y yo no dejo de pensar en esa foto donde aparecen Sartre, Simone y el Ché Guevara. 

Amor de poetas málditos, amor máldito 

Cuando Arthur Rimbaud le hizo llegar muestras de su trabajo a Paul Verlaine, éste quedó prendado del talento del joven poeta recién casado y lo invitó a pasar una temporada en su casa. 

El príncipe de los simbolistas ignoraba que aquel jovencito enclenque resultaría su perdición. Rimbaud era adicto al hachís, alcohólico y violento con su esposa y con su hijo recién nacido. Sin embargo, ambos poetas se enamoraron y huyeron de la condena social a Londres, donde sobrevivían dando clases de francés y escribiendo con el papel y la tinta gratuitas de los edificios públicos. 

Pero los vicios de Rimbaud desencadenaban constantes episodios de ira, y un buen día Verlaine ya no lo soportó, y se fue a Bruselas. ¿Pues no fue Rimbaud persiguiéndolo hasta que dio con él? Como es de esperarse, ahí se fueron a las manos, de modo más que literal: por sinécdoque, pues en el forcejeo, Verlaine, ebrio, como también era ya su costumbre, sacó su pistola y le disparó a Rimbaud en una muñeca. 

El incidente fue reportado a las autoridades, y Verlaine fue a dar a prisión dos años. Rimbaud, ya divorciado, se recluyó en la granja de su familia y escribió Una temporada en el infierno

La amistad que pudo ser 

Las escritoras estadounidenses Carson McCullers (1917-1967) y Flannery O’Connor (1925-1964) tenían mucho en común: ambas habían nacido y crecido en Georgia y vivieron una realidad compleja que compartían con otras grandes plumas: la vida a orillas del Mississipi, la esclavitud y el consecuente racismo, y vivir en el lado que habría de perder la Guerra Civil. 

Ambas escribieron sobre el lado oscuro de la gente. Ese género llamado gótico sureño seguía a modelos como Poe, Hawthorne y James, y se inscribían al lado de Mark Twain y Eudora Welty, entre otros. 

Una diferencia sí había: O’Connor era católica, mientras McCullers, de cepa más bien protestante, vivía su espiritualidad a través del cultivo de las artes, como la música y no tanto con el culto religioso. 

No había redes sociales electrónicas, pero los comentarios al calce de las publicaciones ya hacían estragos y arruinaban las relaciones de amistad y, en este caso, de sororidad. En su prólogo a El aliento del cielo, Rodrigo Fresán cuenta que McCullers se la pasaba denunciando a escritores que ella creía que la habían plagiado. La lista incluía a Truman Capote, Harper Lee y Flannery O’Connor: 

Cuando se le preguntó si había leído el último libro de O’Connor, respondió: Bueno… leí lo suficiente como para darme cuenta de cuál es la escuela a la que asistió, y tengo que admitir que ha aprendido muy bien la lección. 

O’Connor no se quedó cruzada de brazos. Había sido expuesta. Cuando tuvo ocasión de hablar de Reloj sin manecillas, de McCullers, dijo: “Absolutamente la peor novela que he leído”. 

¿Cómo habría sido un hilo de Twitter que comenzara así? 

El puñetazo que sonó “boom” 

En Barcelona, al amparo de Carmen Balsells (agente literaria a la que el mundo le debe el boom latinoamericano), Mario Vargas Llosa y Gabriel García Márquez dieron inicio a una amistad entrañable, una hermandad profunda arraigada en la camaradería, el amor a las letras y la mutua comprensión de la realidad latinoamericana. 

Pero en 1976, en el vestíbulo del Palacio de Bellas Artes de la Ciudad de México, mientras esperaban para entrar a la proyección de una película, y ante la distinguida concurrencia, Gabo se aproximó a saludar a Mario, quien, después de decirle “Esto, por lo que le hiciste a Patricia en Barcelona”, le lanzó un puñetazo en el ojo, que lo derribó. 

Nunca se han sabido más detalles: qué le hizo Gabo a Patricia Llosa, la prima y entonces esposa de Mario, váyaselo usté a saber. Sólo se conoce que en los días a los que se refirió el escritor peruano la pareja no andaba muy bien, y Patricia encontró apoyo moral en García Márquez y su esposa, Mercedes Barcha. Hasta ahí lo confirmado, lo demás corre por cuenta de nuestras imaginativas conjeturas. 

Gabo murió en 2014, sin haberse dirimido el asunto. Mario, por su cuenta, aunque presumió a su Patricia en 2010 al recibir el Nobel, se separó de ella cinco años después y se ha dedicado a enemistarse con mucha gente, incluidos sus colegas del PEN Club. 

El peor enemigo… 

La última campaña publicitaria de la magnífica e inigualable estación radiofónica Radioactivo 98.5, es decir, la que acompañó su disolución en 2003, estaba dedicada al “peor enemigo”. El título de la campaña era “Radioactivo vs. Radioactivo”, como sospechando que el cierre de la estación era una decisión que provenía de los dueños de la misma, como suele pasar. 

A propósito de los antagonistas, de los amigos-rivales, quiero rescatar el mensaje de uno de aquellos spots radiofónicos: 

“Puedes seguir creyendo que tu peor enemigo es una entidad del mundo exterior. Sólo basta un poco de honestidad y autocrítica para saber que el peor enemigo no está ahí afuera”. + 

@rdelalanza

Léelo también en nuestro número 121, dedicado a Amigos y Rivales.

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