Una conversación con Liliana Blum

Una conversación con Liliana Blum

11 de noviembre de 2020

José Luis Trueba Lara

Desde su primer libro, no ha tenido ningún miramiento con los lectores. Su escritura impía nos pone contra la pared y, por más que intentemos huir, nos obliga a observar lo que no queremos mirar, lo que preferimos tener lejos para que no nos roce con su pestilencia. Una palabra suya es suficiente para que el mal nos muerda y trabe su quijada. No por casualidad, Roberto Pliego escribió que “no es posible sustraerse a las mórbidas iniciativas de Liliana Blum, [pues ella es] capaz de ofrecer la fetidez de un cuerpo insepulto y los fulgores de un rostro molido a golpes, la indefensión de un hombre maniatado que orina sus pantalones y la de una niña vejada por sus compañeras de colegio, la descripción médica de la corrupción de la carne, el tránsito de la arrogancia machista a la sumisión por sed y hambre”.

Es cierto, los mundos de Blum son sórdidos, aterradores; un hecho que se confirma en Cara de liebre, la novela que nos adentra en la cárcel del cuerpo y los mecanismos que inútilmente buscamos para tratar de esconder aquello que nos vuelve monstruosos ante los otros: los vestigios de un labio leporino, el miligramo que nos anuncia la báscula, la arruga inclemente o la flacidez que asesina al deseo.

Conversar con Liliana Blum era fundamental para adentrarnos en Cara de liebre y los horrores que se revelan en el cuerpo, en la carne que se transforma en un espacio del poder, de la disciplina y la obediencia o del deseo por aferrarse a lo que está podrido.

Lee+: Cada vez que te leo, tus libros refrendan los hechos que me obligan a seguir adelante: podría decirte que escribes como los ángeles, pero esto sólo sería una mentira por los cuatro costados. Tú escribes como los ángeles, pero cuando están endiablados y sacan sus espadas para transformarse en la ira de Dios. Y, justo por eso, nos enfrentas a una literatura sórdida y brutal. Después de leer Cara de liebre, la primera pregunta que me viene a la cabeza puede ser sobradamente obvia: ¿es difícil sobrellevar nuestro cuerpo?

Liliana Blum: Esta pregunta es tremenda. Sí, es muy difícil sobrellevar nuestro cuerpo, y más para nosotras las mujeres. Él es la carta por la que se nos juzga y la razón por la cual no se nos da la oportunidad de ir un poco más allá. Culturalmente se nos exige belleza, delgadez y juventud. Estos parámetros son profundamente injustos: la belleza es relativa y es resultado de la lotería genética, nada puede impedir el paso del tiempo, y la delgadez —al mirar los estándares que sin palabras nos exigen tener cierto peso— es una consecuencia de lo que nos señalan los medios de comunicación con las imágenes de mujeres que están muy por debajo de su cuerpo y que, además, gozan de la cobertura del maquillaje y de la acción de los filtros y los programas que retocan las fotografías. En el mundo real, ninguna de esas mujeres es como aparece retratada.

Por esta causa, nosotras crecemos con una visión muy distorsionada de nuestro cuerpo y, como nadie nos pregunta qué piensas o cómo te sientes, se genera una silenciosa condena que nos lleva a tratar de cumplir con ciertos estándares que en más de una ocasión resultan inalcanzables. Las mujeres que protagonizan Cara de liebre se enfrentan a esta lucha: se salen de los moldes tan estrictos que tienen las mujeres y, además, una de ellas tiene un “defecto” particular: las huellas que le dejaron el labio leporino y el paladar hendido. Aunque tuvo una cirugía, todavía tiene un pequeño defecto en el rostro, una ligerísima cicatriz en el labio que delata su pasado. Esto es suficiente para desgraciarle la vida y llevarla en una dirección en la que tal vez no quería ir

Lee+: Cada vez que voy a una oficina que presume su modernidad, me doy cuenta de que a las mujeres las tienen en una cámara de rayos x absolutamente permanente. El cristal de sus oficinas las expone a todas las miradas, las obliga a no envejecer, a mantener su cuerpo con ciertas medidas, a jamás tener un cabello fuera de lugar y a que su maquillaje siempre sea impecable. No tienen derecho a vivir ni a ser como quieren…

Liliana Blum: Tienes razón, hay una decisión que cada mujer debe de tomar: si va o no adentrarse en la carrera hacia el abismo de intentar mantenerse en esos estándares. Digo que es una carrera al abismo porque ellas pueden terminar deformadas por tanta cirugía y, al final, sólo muestran ese tristísimo afán de aferrarse a una juventud que ya se fue. Es muy triste ver a las mujeres operadas y operadas, a las que tienen gruesísimas capas de maquillaje; es deprimente pensar en las horas y el dinero que invierten en esta imagen sólo para parecer una mujer muy deformada y excesivamente maquillada. Hagan lo que hagan, los años no se detienen. Sin embargo, si optan por el otro camino se enfrentarán a una desgracia: volverse invisibles para el mundo.

Además, está el problema de que nada tiene que ver el cuerpo real con la manera como lo mira su poseedora. La percepción se ha trastocado por completo; por eso es que muchas veces observamos a jovencitas bellísimas que se alcanzan a ver defectos infinitesimales: la bolita de la nariz está tantito más grande o mínimamente chueca y, justo por eso, no dudan en ir en busca del bisturí para arreglar el defecto que sólo ellas ven. Uno de mis personajes, Irlanda, por ejemplo, es guapa, tiene un cuerpo exuberante y tiene un cabello hermoso, pero ella sólo puede ver la cicatriz que le marca el rostro.

Lee+: A pesar de los horrores que narras, las dos protagonistas de tu novela me llenan de ternura, es más, me provocan algo de lástima. Cuando estabas trabajando en ellas —una profesora y una maquillista experta en depilaciones—, ¿tuviste debilidad por alguna?

Liliana Blum: Me cuesta mucho trabajo decidirme por una de ellas. Las dos me parecen fundamentales. De un tiempo para acá, siempre hago algo con mis personajes femeninos: les doy muchas cosas mías, aunque ninguno de ellos es autobiográfico. Obviamente, las anécdotas que narro son ficciones, pero Irlanda y Tamara tienen mucho de mí.

Tamara, por ejemplo, quiere ser pintora y con esto se parece a mí, yo quiero seguir siendo escritora; lo mismo ocurre con la docencia de Irlanda, pues durante muchos años le di clases a jóvenes de preparatoria. Es más, te confieso que me encanta que me depilen las piernas con cera. Es un dolorcillo placentero. Gracias a esta actividad también me di cuenta de que las peluqueras, las estilistas, las maquilladoras y las depiladoras establecen relaciones muy interesantes: en el momento en que tocan el cuerpo de sus clientas se abre una intimidad muy poderosa y, gracias a ella, les contamos cosas que a veces no le relataríamos a nuestra pareja o a nuestra familia.

Irlanda, además, tiene algo que me gusta: se puede salir con la suya y esto es muy interesante. Aún más, ellas y yo vivimos en un mundo en el que cada vez que salimos de casa no sabemos si vamos a regresar. Todas corremos el riesgo de que nos asesinen. Nuestra existencia transcurre en un ambiente marcado por la impunidad y eso provoca que tengamos sentimientos terribles. Por esta razón, Nick —mi personaje masculino que tanto daño hizo a lo largo de su vida— tiene un desenlace funesto y se enfrenta a una suerte de justicia y revancha.

Lee+: Y tú… ¿andarías con un casi enano que fuera un malvado de tiempo completo? Tú sabes que me refiero a alguien como Nick, pero el chiste es no contar el final de Cara de liebre.

Liliana Blum: Como soy bastante bajita, supongo que los casi enanos —como si el personaje que apenas tiene un metro y medio de altura— no me quedan mal. Sin embargo, confieso que he andado con hombres bastante bajitos y no me ha gustado… pero la vida es una serie de errores y aciertos.

Lee+: ¿Tamara e Irlanda pueden amar a pesar de sus “defectos”?

Liliana Blum: Ellas tienen una gran necesidad de sentirse amadas. Esto que les sucede no es algo extraño, es un sentimiento humano perfectamente comprensible. Sin embargo, creo que en algunas ocasiones las mujeres podemos amar más allá del cuerpo; es decir, Nick es un personaje abominable y manipula a los demás para lograr sus fines, aunque de vez en cuando pueden hacer las cosas correctas para enganchar al otro. Y, por supuesto, también estoy segura de que Tamara e Irlanda alcanzaron a ver en él algo más que les gustó y son presa de su obsesión por aferrarse a algo que no va a funcionar, pero se autoengañan y se convencen de que sí funcionará. +

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